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El barco de los grandes pesares

Электронная книга - «El barco de los grandes pesares». Краткое содержание книги:

Vlado Petric, un ex policía en el Sarajevo desgarrado por la guerra, tiene que dejar su tierra para reunirse con su esposa y su hija en Alemania, donde se gana modestamente el sustento como trabajador de la construcción en las obras del nuevo Berlín.
Una tarde, al volver a casa después de la jornada laboral, un enigmático investigador estadounidense le está esperando en el pequeño apartamento familiar. El investigador, Calvin Pine, enviado por el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra en la ex Yugoslavia, solicita a Petric que viaje a La Haya. Petric acepta sin titubear cuando Pine le dice que están siguiendo a un pez gordo: uno de los hombres a los que consideran responsables de la terrible matanza de Srebrenica.
Lo que Petric no sabe es que lo están utilizando como cebo para descubrir a un asesino de la generación anterior, un hombre cuyas actividades en la Segunda Guerra Mundial hacen que los asesinos de ésta parezcan aficionados.
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– Ese testigo, Bobinac. ¿Está vivo todavía?

– Vive en Novi Sad, creo. Está dispuesto a testificar en el juicio de Matek.

Al cabo de unos minutos de silencio, Pine reanudó con cautela su improvisada sesión informativa.

– El Skorpio está en una calle ancha -dijo-, y no hay forma de salir por la parte trasera sin pasar por la cocina. La puerta de la cocina está cerrada con candado. Es una trampa en caso de incendio, pero perfecta para nosotros porque tiene que salir por delante aunque decida echar a correr. Intenta que lo del Skorpio sea idea suya. Pero si empieza a hablar de otra reunión en la casa, insiste en que tu jefe nunca se reúne con la gente de la zona en su propio terreno, en que la reunión tiene que ser en la ciudad. Eso lo conducirá adonde queremos que vaya.

– Aparte de que soy el hijo de su viejo amigo, y su nuevo socio en el delito. ¿Cómo va a decir que no?

– Sí, eso también.

Vlado no quería soltarlo. Todavía no.

– Pero dime. ¿Qué habríais hecho si no me hubierais encontrado? ¿O si yo no hubiera existido? ¿Se habría concertado este trato a pesar de todo? Y no me vengas con todo eso del plan B.

– Probablemente. Sólo que habría resultado más difícil. Podríamos haber esperado hasta que hubiera ido al café por su propia voluntad, y entonces intervenir. Pero a la SFOR no le gusta hacer las cosas así. Hay que involucrar a confidentes a sueldo, y una vez hecho eso todo el asunto tiende a hacer agua como un viejo barco pirata. Así que buscábamos a alguien para simplificar eso, y entonces fue cuando te encontramos.

– ¿Cómo apareció mi nombre?

– Por Harkness o Leblanc, al parecer.

Aquellos nombres lo dejaron helado, sobre todo el de Harkness, al recordar el rostro del hombre en la oscuridad mientras farfullaba acerca de Popovic. Por lo que sabía, Leblanc también había andado husmeando en sus asuntos. Cualquiera de los dos podía ser el hombre que apareció en la puerta de Haris en Berlín. Leblanc era demasiado listo para preguntarle directamente por Popovic, de la manera en que lo había hecho Harkness. Pero nada de eso debía importar para aquella operación.

– He oído que encontraron tu nombre mientras investigaban a Matek -continuó Pine-. Supongo que a través del expediente de tu padre. Examinamos documentación en busca de familiares vivos de cualquiera de los dos. No podíamos creer la suerte que habíamos tenido. Una semana después me metieron en un tren con destino a Berlín. Contreras quería moverse rápido. Los franceses también. No sabían durante cuánto tiempo podrían mantener el impulso político en los ministerios de Exteriores y Defensa. Fue cosa de Leblanc. A los franceses sigue sin entusiasmarles la idea de agarrar a Andric. Será la primera detención en su sector desde el Acuerdo de Dayton. Pero la razón principal de que hicieras encajar las piezas es que a la SFOR le encantó la idea. No hay nada que les guste más que ordenar una hora, una fecha y un lugar seguro para atraer a un sospechoso. Ni siquiera estoy seguro de que hubiéramos podido hablarles de éste sin una garantía como la que tú ofreces. Si puedes ofrecerla.

– ¿Y si no puedo? ¿Y si Matek dice que cerramos el trato en su casa o en ningún otro sitio?

– No puedo imaginar que lo haga, teniendo en cuenta lo que está en juego. Lleva mucho tiempo deseando este contrato.

– Pero supongamos que lo hace.

Pine se volvió hacia él por primera vez, mientras los neumáticos repiqueteaban en la carretera.

– No lo sé. Dímelo tú. En realidad nos dejamos llevar por el instinto.

– Tal como dijiste, chapucero.

– Hay veces en que eso es lo mejor que se puede hacer aquí abajo.

Vlado deseaba que Pine dejara de decir aquí abajo, como si se tratara de un pintoresco rincón del Infierno.

– ¿Cuánta gente de la SFOR participará?

– ¿Soldados? Es difícil saberlo. Nunca tenemos ese tipo de información. Yo diría que por lo menos veinte. Dos vehículos blindados para el transporte de tropas y tal vez un todoterreno Humvee con una gran ametralladora instalada en la parte trasera. Cuando se pongan en marcha parecerá que van en busca de Gengis Khan.

– ¿No será un poco…?

– ¿Idiota? ¿Ridículo? ¿Ruidoso? ¿Suficiente para infundir pánico a todo aquel que esté en los alrededores y puede que a él también? Desde luego. ¿Has visto alguna vez a policías o soldados que actúen de cualquier otra manera?

Vlado sonrió arrepentido.

– Supongo que no.

Se preguntó cuántas personas más en La Haya sabrían lo de su padre cuando lo conocieron. Harkness y Leblanc, desde luego. Era de suponer que Contreras y Spratt también, mientras sonreían y departían como si no supieran nada. Quizá Janet Ecker también. Todos ellos lo habían mirado a los ojos sin titubear lo más mínimo. Y aquéllos eran los buenos. No era de extrañar que Pine se hubiera molestado tanto cuando Leblanc hizo el comentario socarrón sobre las «sorpresas» que lo esperaban en Sarajevo. Tal vez el francés había intentado avisarlo de alguna manera indirecta, aunque más bien le había parecido un chiste torpe, algo para sacar de quicio a Pine.

Todos lo habían engañado, y ahora él estaba a punto de engañar a Matek, todo en nombre de la familia. Se preguntó cómo se sentiría cuando llegara el momento de la verdad, y el anciano -el amigo de su padre, para bien o para mal- lo mirase a los ojos, cuando se diese cuenta de lo que estaba sucediendo. Precisamente lo que Vlado necesitaba esa mañana. Otra razón para sentirse podrido. Al menos a partir de mañana podría llamar a Jasmina. ¿Quién sabe lo que pensarían en ese momento ella y Sonja? Más de dos días sin una palabra, excepto de la secretaria del Tribunal. Y tantas cosas que contarle, tantas cosas que resultarían difíciles y embarazosas. Ella no había conocido a su padre, sólo había visto su fotografía.

– Ahí está la salida a Travnik -dijo Pine-. Las nueve y veinte. Vamos bien.

La mejor época de Travnik había pasado hacía mucho tiempo, arrasado por incendios catastróficos, y en épocas más recientes por las agotadoras corrientes de refugiados. Un siglo atrás era un centro de los visires otomanos que gobernaban Bosnia para el sultán. Los diplomáticos europeos iban y venían, observados por el joven novelista bosnio Ivo Andric, que registró con escepticismo sus actividades en Crónica de Travnik. Su casa en la ciudad, en otros tiempos un popular museo, era ahora ignorada en gran medida. No importaba su premio Nobel. Era el serbio que había descrito a los turcos y a sus conversos islámicos locales como tiranos sedientos de sangre, que merecían venganza.

Lo único que ahora quedaba de aquella época eran unas pocas mezquitas antiguas, como la de Suleimán, y el castillo del siglo xv que dominaba la ciudad desde el monte Vlasic, el antiguo baluarte de los reyes de Bosnia.

Zigzaguearon por las calles estrechas y abarrotadas hasta que encontraron el pequeño hotel. Vlado dejó su bolsa al cuidado de Pine en el vestíbulo y cogió las llaves del coche. Pine le deseó suerte. Ahora estaba solo, podía internarse con el Volvo entre las colinas y no volver si no quería. Pero Matek lo esperaba en su montaña, el único que quedaba que podía acompañarlo hasta el pasado. Por muy difícil e incómoda que prometiera ser la reunión, no había forma de que Vlado pudiera rechazar la invitación.

Encontró sin dificultad la desviación hacia el monte Vlasic y subió durante varios kilómetros dando volantazos por un camino de tierra donde los bajos del Volvo golpeaban en las roderas más profundas. Más arriba los árboles pelados estaban cubiertos de hielo. En algunas curvas, Vlado miró hacia la ciudad de Travnik y recordó que Pine había mencionado que Matek podía ver gran parte de! camino desde su casa, y que siempre sabía cuándo se acercaba un visitante. Vlado creyó alcanzar a ver un tejado rojo que surgía más arriba, pero el camino era demasiado sinuoso y estrecho para permitirse el lujo de mirar más tiempo. Mientras tanto, alguna cámara de la parte posterior de su cerebro seguía revisando todos los recuerdos recuperables de su padre, buscando indicios perdidos, atando cabos sueltos del pasado para ver si componían algo significativo. Su padre se había hecho pasar por un musulmán que nunca acudió a la mezquita, un musulmán que bebía. Ninguna de aquellas características era insólita allí abajo, como habría dicho Pine, pero Vlado recordaba que su padre también había asistido a misa de vez en cuando con su esposa y su hijo, y aquellos domingos parecían cobrar sentido en ese momento. Además, había puesto a su hijo un buen nombre cristiano, Vladimir. Debía de haber salido a hurtadillas en ocasiones a confesarse, suponía Vlado, si era más o menos católico. El párroco había tenido probablemente la suerte de conspirar con él, de oír sus pequeños pecados, pero es probable que nunca los grandes.

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