El barco de los grandes pesares
- Автор: Феспермен Дэн
- Серия: Vlado Petric #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El barco de los grandes pesares». Краткое содержание книги:
Una tarde, al volver a casa después de la jornada laboral, un enigmático investigador estadounidense le está esperando en el pequeño apartamento familiar. El investigador, Calvin Pine, enviado por el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra en la ex Yugoslavia, solicita a Petric que viaje a La Haya. Petric acepta sin titubear cuando Pine le dice que están siguiendo a un pez gordo: uno de los hombres a los que consideran responsables de la terrible matanza de Srebrenica.
Lo que Petric no sabe es que lo están utilizando como cebo para descubrir a un asesino de la generación anterior, un hombre cuyas actividades en la Segunda Guerra Mundial hacen que los asesinos de ésta parezcan aficionados.
Matek decidió que necesitaba dar un paseo para pensarlo. Se puso por encima un abrigo y salió de la casa, pasando por delante del observador Azudin sin decir palabra. Pasó por donde estaban las cabras y siguió en dirección a una alta loma rocosa entre los árboles, desde donde las vistas del valle eran las mejores. Escuchó los pocos pájaros que se habían quedado a pasar el invierno, ruidos apenas perceptibles entre la maleza gris helada.
Lo que de verdad no podía tragarse era aquello del tío Tomislav. ¿Cuándo coño habría revelado el padre de Vlado a Tomislav su nuevo apellido, Matek? ¿Y por qué habría corrido el riesgo? Era posible, supuso. Pero Enver era un hombre cuidadoso, conocía como cualquiera las consecuencias de filtrar datos delicados. El chico tenía que haberlo sabido por alguien, sin embargo, y si no era Tomislav, ¿quién entonces?
Matek interrumpió su paseo y regresó a su despacho. Marcó el número del Skorpio.
– ¿Sí?
– Soy Matek. ¿Está Osman por ahí?
– ¿Acaso no está siempre?
– ¿Está sobrio todavía?
– Como siempre a esta hora del día. No estará completamente inservible hasta dentro de unas horas.
– Ponme con él.
Hubo una pausa, luego el sonido de una silla raspando el suelo, un repicar de vasos, seguido de otra voz.
– Osman.
– Soy Matek. Escucha con atención porque tengo un trabajo para ti. Hay un hombre alojado en el Hotel Orijent al que me gustaría que controlases. Con discreción, por favor. Se llama Vlado Petric, y me gustaría saber qué está haciendo. Si viaja en compañía de alguien. En ese caso, cómo están registrados, quién paga las facturas. A qué se dedican. Síguelo y pregunta por ahí. Entérate de todo lo que puedas. Pero no tienes que acercarte a él, ni hablar con él. ¿Lo has entendido?
– Claro.
– Y no hables de esto con nadie si quieres seguir bebiendo en esta ciudad.
– Entendido.
Osman era un borracho, pero no era un imbécil, y hasta entonces siempre había tenido la boca cerrada.
– Quiero saber de ti antes de que termine el día. A las seis como muy tarde, y antes de que vuelvas a beber algo. Si lo haces bien, tendrás pagada la cuenta del bar para una semana.
– Sí, señor.
Matek no necesitó añadir que sus instrucciones eran una orden. Las órdenes eran su única manera de tratar con la gente, pues era bien conocido que a menudo a la desobediencia le seguían de cerca accidentes terribles.
Osman no perdió tiempo. El personal del Hotel Orijent era siempre un blanco fácil, y unas cuantas llamadas telefónicas hicieron el resto. A las cinco de la tarde estaba sediento y de nuevo al teléfono.
Matek acababa de volver de otro paseo cuando recibió la llamada. No había trabajado mucho, había estado demasiado inquieto. En esa ocasión fue directamente por el camino de las cabras hasta la cima, motivado por los acontecimientos del día a echar un vistazo a un lugar que no visitaba desde hacía años.
Azudin apareció en la puerta principal, sin aliento.
– El teléfono, señor.
Seguía sonando.
– ¡Pues contesta, imbécil!
– Pensaba que como ya había vuelto… Sí, señor.
Desapareció en el vestíbulo mientras Matek se sacudía el barro de las botas, recordando su primer paseo hasta la colina tiempo atrás, una noche de verano con luciérnagas y el ladrido lejano de los perros de las granjas. Era 1961. La casa sólo tenía una planta entonces, y había hecho el recorrido de casi dos kilómetros en plena noche, descalzo en medio del rocío y un poco borracho, la serenata de los grillos al raspar la hierba alta con sus pantalones. Entonces el paseo le había resultado fácil, incluso para alguien lo bastante idiota para atravesar una colina pedregosa sin zapatos. Había bebido mucho solo en aquellos tiempos, había pasado demasiado tiempo revisando sus papeles y sus pasaportes, preguntándose dónde esconderlo todo, sabiendo que eran una especie de dinamita pero también una especie de seguro, incluso un plan de jubilación. Había resuelto el asunto subiendo a la colina con una pala en una mano y una caja en la otra, y dentro de la caja había una bolsa de cuero engrasado. Ahora el cuero estaba probablemente mohoso y tieso; puede que lo supiera con certeza muy pronto, dependiendo de lo que Osman tuviera que decirle.
Llegó a su despacho, gritando por el vestíbulo a Azudin:
– Cogeré la llamada aquí dentro. Vete a casa temprano. Me ocuparé de los cabos que queden sueltos.
Levantó el auricular, escuchó con atención durante unos instantes, habló poco. La noticia era inesperada, pero trató de no revelar su conmoción a Osman. No tenía sentido que el borracho del pueblo supiera que estaba afectado, o no tardaría en saberlo todo el mundo. Así que mantuvo la voz firme, pero al colgar, Matek se dio cuenta de que le temblaban las manos. En parte era por la cólera, en parte también por el miedo, miedo a lo desconocido. Porque por primera vez en más años de los que Matek podía recordar, su futuro era incierto, y esta vez no funcionaría ninguno de los remedios habituales. Se imponían medidas extraordinarias. ¿Pero cuáles? En este punto zozobró, de nuevo inseguro, hasta que cayó en la cuenta de que la respuesta podía estar tan cerca como otro paseo hasta la colina, de vuelta a aquel lugar donde había enterrado un jirón íntimo de su vida. Si el camino hacia el futuro se bloqueaba, caviló, ¿quién iba a decir que no se podía huir hacia el pasado? Después de librarse de unos pocos impedimentos, desde luego. Pero esa parte sería la más fácil. Esa clase de asunto siempre lo había sido.
12
En otra ladera, a unos trescientos kilómetros hacia el este, otro ex soldado respondía a una llamada telefónica. Era general, serbio, y estaba en un búnker. Él también acababa de salir a dar un paseo, y se disponía a dar otro. Reconoció en el acto a su interlocutor, que hablaba bosnio acentuado con un tono de conspiración habitual. Aquella vez, al menos, el tono estaba justificado.
Andric contestó en voz baja. Siempre tenía una ventana abierta, y nunca se sabía si había algún centinela cerca. Un hombre aburrido puede ser un peligroso escucha.
– Comienza mañana -dijo el interlocutor.
– Y esta vez va en serio.
– Sí. Y será temprano.
– ¿A qué hora?
– A las seis. Tal vez a las seis treinta. Más o menos una hora antes de la salida del sol. ¿Sigues teniendo tus planos?
– Desde luego. ¿Y tú estás seguro del camino?
– Sí. Pero evita el pueblo. Nada de polvos de despedida con la camarera. Ni siquiera esta noche. Y no te muevas demasiado pronto. Tienen que estar prácticamente en tu puerta. Es arriesgado, lo sé, pero tranquilo.
– No soy de ésos.
El interlocutor se rió ligeramente.
– Esperemos que sea así.
– ¿Estás seguro de la hora?
– Más que seguro. Si hay algún cambio se te notificará. Pero no olvides nuestras condiciones. Ni nuestro calendario.
– Tal como se habló. Pero podría haber retrasos. No es un trabajo al que esté acostumbrado.
– Entendido. Pero he dejado un margen amplio. Y recuerda el nombre del lugar, desde luego.
– Desde luego.
Los dos sabían que no debían pronunciar nombres, al menos mientras existiera la posibilidad de que otros interceptasen o escuchasen su conversación.
– Bien. Mientras sepa dónde encontrarte, ninguno de los dos debe tener problemas. Buena suerte.
– Sí. Para los dos.
Colgaron sin decir una palabra más. Andric miró por la ventana. El centinela estaba a seis metros, sentado en un tonel, exhalando aros de humo y leyendo una revista pornográfica. El pobre e imbécil desgraciado tenía que haberse quedado en el ejército, pero Andric pagó a tiempo, y con divisas fuertes. Tampoco es que obtuviera gran cosa a cambio de su dinero. Qué derroche de tiempo y de dinero había sido todo aquello, tres años de sueldos para aquellos muchachos ignorantes que sólo hablaban de deportes, mujeres y alcohol. No quedaba ninguna otra cosa de la que hablar en aquella tierra arruinada que sólo producía cigarrillos, pan y cualquier cosa que se pudiera criar con las manos.