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El barco de los grandes pesares

Электронная книга - «El barco de los grandes pesares». Краткое содержание книги:

Vlado Petric, un ex policía en el Sarajevo desgarrado por la guerra, tiene que dejar su tierra para reunirse con su esposa y su hija en Alemania, donde se gana modestamente el sustento como trabajador de la construcción en las obras del nuevo Berlín.
Una tarde, al volver a casa después de la jornada laboral, un enigmático investigador estadounidense le está esperando en el pequeño apartamento familiar. El investigador, Calvin Pine, enviado por el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra en la ex Yugoslavia, solicita a Petric que viaje a La Haya. Petric acepta sin titubear cuando Pine le dice que están siguiendo a un pez gordo: uno de los hombres a los que consideran responsables de la terrible matanza de Srebrenica.
Lo que Petric no sabe es que lo están utilizando como cebo para descubrir a un asesino de la generación anterior, un hombre cuyas actividades en la Segunda Guerra Mundial hacen que los asesinos de ésta parezcan aficionados.
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– ¿Lo mantengo en espera, señor?

Azudin seguía esperando una respuesta, con aspecto demasiado curioso para el gusto de Matek.

– No. Pásame la llamada. ¿Y por qué no bajas a ver a Silovic y recoges la comisión de esta semana? Si refunfuña por hacerlo con un día de antelación, dile que es una prueba. Que estoy asegurándome de que no está limpiando la registradora y amañando los libros en el último instante, ni tomando préstamos de media semana a mi costa. Dile que es un concurso popular. Lo que quieras. Y llévate el móvil por si te necesito.

Asunto arreglado, pensó Matek. Azudin detestaba aquella clase de tareas. Le impediría pensar en aquella llamada. No tenía sentido despertar el interés de Azudin por alguien llamado Petric.

– Vete ya. Y pásame la llamada.

– Sí, señor -dijo Azudin, saliendo con la expresión de impotencia del conductor de un coche pequeño que está a punto de ser aplastado entre dos camiones que van a toda velocidad.

Matek se reclinó en su silla, preparándose y, tenía que admitirlo, con la sensación de estar ante un trato inminente. Si el hijo de un viejo compañero era el responsable de un nuevo contrato de remoción de minas, aquello era una buena noticia en un frente en el que intentaba obtener beneficios desde hacía meses. Pero el hecho mismo de que el nombre de Enver se hubiera pronunciado en su teléfono era alarmante. Aunque, ¿por qué preocuparse? Azudin no tenía la costumbre de leer los panfletos antiustashi que divulgaban los nombres y sacaban a la luz viejas historias. Tenía veintiséis años y la historia le interesaba tanto como a cualquier hombre joven que intentaba sacar tajada, es decir, nada en absoluto. Y aunque así fuera, los relatos más pormenorizados que se habían publicado y que estaban disponibles nunca mencionaban a jóvenes oficiales que habían estado tan abajo en la jerarquía. Matek había consultado los libros y los folletos, buscando siempre los apellidos Rudec e Iskric, por si acaso, escudriñando con un frenético latido en el corazón que al final siempre se calmaba.

Era probable que al día siguiente pudiera volver a usar su antiguo apellido sin llamar la atención, si así lo deseaba. O tal vez no. Siempre había que tener en cuenta a los maduros, las mujeres grises de las calles o a los hombres apoyados en sus bastones. Era divertido pensar en ellos como viejos cuando eran de su misma edad, y un par de veces en sus viajes por el país creyó percibir que algunos lo observaban de forma extraña, probablemente sólo por pura curiosidad, pero nunca se podía saber a ciencia cierta. Recordó aquella película americana sobre los viejos judíos recorriendo las calles de Nueva York, con los dedos huesudos extendidos, pronunciando el nombre de un nazi avejentado que intentaba escapar. Un horror tener que terminar así, y ésa era una de las razones por las que nunca se arriesgaba a salir de su región, y casi nunca viajaba a lugares donde vivían muchos serbios. La guerra se lo había puesto más fácil, gracias a Dios, al enviar en tropel a su propio gueto y enclave, las medias lunas y las cruces una vez más encerradas en sus propios cantones. Ahora podía recorrer kilómetros sin miedo a encontrarse con un rostro inoportuno llegado de su pasado.

Azudin le pasó la llamada. Matek levantó el auricular, preguntándose si comenzaría a temblar, por preocupación o por anticipación. Pero su pulso era firme, su voz sosegada.

– Matek -dijo.

Su interlocutor era el que estaba tembloroso, por la cólera, los nervios, la consternación. Vlado había marcado rápidamente, en cuanto Pine y él hubieron analizado el enfoque que debía adoptar, pero al oír la voz de Matek se dio cuenta de que tenía que haber esperado, aunque sólo fuera una hora, para dar tiempo a que sus emociones se calmaran.

Al oír al hombre pronunciar su nombre le entraron ganas de gritar «¿Quién es usted?», aunque sólo fuera para calmar el revuelo del estómago, la presión en las yemas de los dedos. En cambio, se ciñó a los formulismos, esforzándose para que no le temblara la voz.

– ¿El señor Matek?

– Sí. ¿Y tú eres el chico de Enver?

– Sin duda.

Curiosa elección de las palabras, pensó Matek.

– Pero no le llamo para revivir viejos tiempos, porque francamente mi padre nunca me contó gran cosa de ellos. Hasta hace poco no me enteré de que lo conocía, de que los dos habían crecido juntos. Pero ya podremos hablar más sobre todo eso cuando nos veamos. Son los negocios los que me llevan hasta su puerta.

– Estás enganchado a la Unión Europea, ¿no es así?

– Sí. Contratos de remoción de minas. Usted está en el mercado, por lo pronto, y yo soy el nuevo administrador regional.

– Pensaba que la Unión Europea estaba convencida de que yo no estaba a la altura de las circunstancias.

– Eso era con los anteriores administradores. Ahora soy yo el responsable.

– Me alegro de saberlo. Y con un nombre en el que puedo confiar. Deberías hacerme una visita.

– Cuanto antes mejor.

– Mañana, entonces. Temprano, si te es posible. ¿A las ocho? Podemos desayunar juntos.

– Tendré que viajar desde Sarajevo.

– Entonces a las diez. Una hora más civilizada. Tomaremos café, tal vez una copa de vino. -Por un instante Matek se quedó sin saber qué decir a continuación. No utilizaría el festín al uso, no lo haría con alguien de la zona, mucho menos con alguien que era prácticamente de la familia. No había necesidad de grandes poses con éste, pero necesitaría hacer alguna comedia, dadas las circunstancias-. Tenemos otras cosas de las que hablar además de los negocios, desde luego. Así que cuenta con quedarte un rato.

– Lo estoy deseando.

Con éste tendré que andar con cuidado, pensó Matek. Tenía que evaluar qué sabía exactamente el chico antes de comprometerse. Tenía que pensar un poco entre aquel momento y la mañana del día siguiente.

Dio indicaciones a Vlado y se despidieron. Mañana sería un día de lo más interesante.

10

Pine y Vlado salieron de Sarajevo en dirección norte por la carretera que pasaba por Kiseljak, Busovaca y Vitez. Durante el conflicto la carretera había sido territorio de fuego cruzado, en poder de las tres facciones en guerra, con controles protegidos por sacos terreros y alguna que otra mina. Travnik estaba a unos cien kilómetros, pero calcularon una hora más en previsión del mal estado de las carreteras y de la lentitud del tráfico, y hablaron poco para llenar el incómodo silencio mientras pasaban los kilómetros. Las montañas flanqueaban el trayecto mientras el pálido sol invernal ascendía en el cielo a su derecha.

Vlado tenía una ligera resaca, no tanto por las tres copas del brandy de ciruela del hotel sino por las revelaciones de la velada, que lo habían desvelado aquella noche como un bronco susurro a través de la almohada.

– Supongo que deberíamos revisar algunos detalles -dijo Pine, aclarándose la voz.

La esperanza de ambos era que Matek quisiera firmar el contrato a la mañana siguiente, viernes, el día de la operación contra Andric, y sincronizar la acción para agradar a todas las partes. La clave estaría en hacerlo ir a terreno neutral en el Café Skorpio.

– Es una pequeña ratonera cerca de la mezquita de Suleimán -dijo Pine-. Rakija barato que podría servir para despegar la pintura de la pared. Parece ser que Matek tiene un alijo de vinos italianos que le guardan en la trastienda. Ni siquiera tienen que cerrarlo con llave. Para eso sirve la reputación. Nadie se atrevería a tocarlo. Hay una parrilla de cevapi donde también suele parar, en un callejón a la vuelta de la esquina. Luego suele verse con una de sus amantes en el Skorpio. La harta de chianti o de algo más fuerte antes de subir al piso de arriba para divertirse durante una hora.

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