El barco de los grandes pesares
- Автор: Феспермен Дэн
- Серия: Vlado Petric #2
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El barco de los grandes pesares». Краткое содержание книги:
Una tarde, al volver a casa después de la jornada laboral, un enigmático investigador estadounidense le está esperando en el pequeño apartamento familiar. El investigador, Calvin Pine, enviado por el Tribunal Internacional para Crímenes de Guerra en la ex Yugoslavia, solicita a Petric que viaje a La Haya. Petric acepta sin titubear cuando Pine le dice que están siguiendo a un pez gordo: uno de los hombres a los que consideran responsables de la terrible matanza de Srebrenica.
Lo que Petric no sabe es que lo están utilizando como cebo para descubrir a un asesino de la generación anterior, un hombre cuyas actividades en la Segunda Guerra Mundial hacen que los asesinos de ésta parezcan aficionados.
En el caso de sus otras actividades ilegales, ¿por qué vender gasolina de contrabando en botellas de vino y cartones de plástico para leche cuando se podían regentar seis estaciones de servicio de INA, abastecidas directamente desde Zagreb a precios subvencionados? ¿Por qué seguir vendiendo bebidas en los callejones cuando su distribuidora de bebidas alcohólicas y cerveza era ya la primera en cinco municipios de los alrededores? Lo era desde la primavera anterior, cuando su principal competidor pisó una mina antitanques. No importaba que los vecinos de aquel hombre siguieran preguntándose por qué su vehículo circulaba fuera de la carretera por aquella zona concreta de bosque. Iría de caza, tal vez, pues ésa era su afición, aunque nadie llegó a averiguar quién lo había invitado. Y tampoco importaba que la propiedad en cuestión se hubiera limpiado supuestamente de minas, ni que su dueño fuera Pero Matek, aunque la escritura había pasado por tantos poderes, cláusulas adicionales y socios silenciosos que podían pasarse semanas estudiando minuciosamente los papeles de los rematadamente pequeños archivos del municipio sin aclarar nada.
Y no es que a Matek le preocupase establecer su procedencia, si hacía falta. Todos los documentos originales estaban cuidosamente archivados en su caja fuerte, la descomunal caja de caudales empotrada en un rincón de su despacho, detrás del mueble donde estaba el Dell, donde en ese momento estaba sentado aporreando el teclado con sus manos de labrador, con el ritmo acompasado poniéndolo de buen humor, tan relajante como debe de ser el repiqueteo de una caja registradora para un tendero de pueblo. Aquél era el sonido del comercio actual, se dijo para sus adentros. «Incluso para un bárbaro», musitó en voz audible, echándose a reír después. Se podían buscar los precios de los artículos y las tarifas del transporte, y después aplicarlos a los presupuestos y las listas de precios. Se tecleaban unos cuantos números de serie, un par de contraseñas, y los pedidos se actualizaban, la situación aparecía en la pantalla desde seis lugares distintos. Se podía enviar un mensaje por correo electrónico a Emilio en Trieste, un duplicado a Francisco en Madrid, una confirmación con un anexo extra de una fotografía pornográfica, sólo por diversión, a un proveedor de Bulgaria al que sólo conocía por el nombre de Christo.
Nunca había visto a ninguna de esas personas porque, francamente, seguía siendo un riesgo viajar al extranjero, y quizá siempre lo sería. Era su único gran pesar en la vida. Era probable que cruzar la frontera nunca fuese seguro, teniendo en cuenta lo que habían hecho con sus papeles y su pasaporte hacía todos aquellos años. Tenía otros, desde luego, dos juegos distintos que estaban mejor guardados donde nadie los viera, y en ninguno de los dos figuraba su antiguo nombre, su verdadero nombre. No se había fabricado todavía una caja fuerte o caja de caudales lo bastante segura para guardar aquella información, así que sólo la guardaba en su cabeza, en lo más profundo, por si acaso asomaba en un momento inoportuno.
El juicio racional le decía que debería poder viajar al lugar que más le agradase, teniendo en cuenta el paso del tiempo. ¿Quién lo iba a reconocer ahora, después de todos esos años? Pero se había quedado, aun cuando seguía añorando aquellos tiempos de las villas italianas y las pequeñas ciudades en las colinas, un paisaje soleado donde todo el mundo bebía vino a mediodía acompañando a grandes cuencos de pasta y platos de pescado, y después daba una cabezada hasta las tres.
Un golpe en la puerta interrumpió su ensoñación.
Era su ayudante, Edin Azudin.
– Sí, Azudin. Entra.
Azudin tenía la tez blanca y era delgado. Matek no se cansaba de decirle que comiera más, y luego se reía cuando el hombre se ruborizaba y avergonzaba. Matek había decidido hacía mucho tiempo, simplemente por las apariencias, que Azudin debía de ser homosexual. Tanto mejor. Menos tentaciones, al menos por aquel valle. Era preferible ser sorprendido con una cabra que con otro hombre, dadas las actitudes locales, así que Matek nunca se preocupó de que su silencioso ayudante pudiera causarle problemas. Era más o menos como tener a su propio eunuco en la corte. Si Matek hubiera sabido la verdad, se habría reído a carcajadas: el sumiso y pequeño Azudin mantenía a dos amantes en Travnik, lo cual no era tan sorprendente si se pensaba en el suministro de divisas en efectivo que percibía de Matek. Pero era también su actitud, una tranquila reverencia timorata, practicada a diario, lo que apaciguaba a las mujeres por su forma de ser, y él era lo bastante discreto en sus idas y venidas para asegurar que los negocios nunca se complicasen. Si se tenían secretos, estaban seguros con Azudin, y ésa era la razón de que Matek valorase sus servicios.
– Hay una llamada para usted -dijo Azudin-. Dice que se trata de un nuevo contrato de remoción de minas para el municipio. Cree que usted podría ser el hombre adecuado para ello.
Matek se animó.
– ¿Ya lo sabe? Bueno, entonces déjalo en espera. Durante… -pensó el tiempo-. Durante exactamente noventa segundos. Luego vuelve al teléfono y dile que no estaré disponible durante un rato. Pero que te dé su número. Y dentro de una hora lo llamas y conciertas una reunión para mañana. Por la mañana. A las diez, si es posible. Si no puede a esa hora, consúltame. Y la reunión tiene que ser aquí. ¿Entendido?
– Sí, señor, pero…
Azudin hizo una pausa, sin saber si debía excederse en sus responsabilidades habituales.
– Continúa.
– Ha insistido en que me asegure de que usted supiera con quién estaba haciendo negocios. Vlado Petric, el hijo de Enver Petric.
Y por primera vez desde que Azudin podía recordar, Pero Matek se quedó sin habla. Matek sabía que su aspecto debía de ser todo un poema, allí sentado y boquiabierto, preguntándose por aquel extraño y súbito grito desde un lugar tan profundo de su pasado.
Matek sabía de la existencia de Vlado, desde luego. Sabía que Enver, en quien seguía pensando como Josip, se había casado, había tenido un hijo, y que había muerto sin haber llegado a ser gran cosa, lo que no era sorprendente, teniendo en cuenta su pasado. Enver siempre fue demasiado serio para su gusto. Sus talentos sólo eran eficaces si se sabía encauzarlos; de lo contrario, habría sido demasiado inflexible para ser de gran utilidad. El hijo de Enver, según había oído Matek, se había hecho una especie de policía, incluso había tenido que salir del país, algo relacionado con el contrabando y la corrupción. ¿Había sido un policía sucio o demasiado idealista? Probablemente un aficionado, en cualquier caso, como su padre. Pero él también podría ser útil si se lo encauzaba. Matek había oído rumores de cambio en los mecanismos de la gestión de las concesiones de remoción de minas, pero la selección de un bosnio parecía demasiado buena para ser verdad. De pronto percibió nuevas posibilidades, aun cuando el nombre del chico le hiciera sentirse inquieto. Lo que más le desconcertaba de todo aquello era cómo Vlado podía haber averiguado su paradero, o su relación en el pasado con Enver. Enver y él habían acordado hacía tiempo seguir cada uno su camino, jurando no volver a ponerse en contacto. Pero allí estaba el hijo de Enver al teléfono. Era desconcertante, y algo más que preocupante. ¿Había revelado Enver algo en su lecho de muerte hacía tiempo, alguna confesión de padre a hijo, con pelos y señales? Tenía sus dudas. Y al menos el chico no se había referido a su padre con el nombre de «Josip».