Tiempos de gloria [Glory Season - es]
- Автор: Брин Дэвид
- Год: 1996
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-6585-7
- Переводчик: Rafael Marin
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Tiempos de gloria [Glory Season - es]». Краткое содержание книги:
Pronto Maia advirtió que los árboles disponían de iluminación propia. Tenues fluctuaciones entre las ramas la hicieron parpadear sorprendida. Al principio parecían adornos, pero entonces advirtió que debían ser escarabajos brillantes que recorrían las columnas e intersecciones del huerto en sus danzas de apareamiento insectoides. Oleadas titilantes recorrían las avenidas de árboles.
Podían seguirse aquellas ondulaciones, observó Maia, igual que se podían seguir brevemente las armonías paralelas de una fuga en cuatro partes… simplemente dejándose llevar.
Debe de ser todo un espectáculo más tarde, pensó, deseando poder quedarse y flotar para siempre en aquella galaxia de bolsillo, en aquel enjambre de estrellas en miniatura.
La carretera salió del bosque, dejando detrás el ondulante trazado. En lo alto, la más serena luz de una luna inferior iluminaba un puñado de bonitas granjas entre las que había una casa de dos pisos construida con adobe o tierra reforzada. Un puñado de antenas apuntaba hacia los pocos satélites que aún funcionaban en alta órbita.
—La Casa Jopland —repitió Calma Lerner—. Como es tarde, te alojaran en un granero, supongo. Código de hospitalidad. Pero si tienes problemas, no te preocupes. Sigue el rastro de mis ruedas tres kilómetros hacia el noroeste, gira a la derecha en el sauce grande, continúa otros dos kilómetros más y guíate por el olfato. La gente dice que puede oler la Casa Lerner mucho antes de llegar allí. Aunque yo misma no lo he notado nunca.
—Gracias. —Maia asintió—. Oh, ¿es fácil que me pase? Que me vea en problemas, quiero decir.
Calma se encogió de hombros.
—Todo el mundo acude a Jopland en busca de una opinión, tarde o temprano. Debes tener cuidado respecto a cómo dices las cosas. Eso es todo.
La carreta pasó junto a una alta puerta abierta en la verja, sin frenar el paso. Maia se bajó y caminó junto a ella unos cuantos metros.
—Gracias por la advertencia, y por traerme.
—No hay de qué. ¡Buena suerte con tu consulta!
La mujer se rió y se despidió con un gesto. Pronto la carreta se perdió de vista, dejando una nube de polvo en el aire.
Había varios carruajes delante de la casa principal. Una mujer joven, probablemente una criada var, llevaba unos caballos al abrevadero. Esto debe de ser el centro social del condado, pensó Maia, mientras llamaba a la puerta. No tardó en responder un lúgar alto vestido con un chaleco de rayas amarillas y verdes que había visto mejores tiempos. La criatura de pelo blanco ladeó la cabeza, y un gruñido inquisidor escapó de su hocico.
—Una ciudadana busca sabiduría. —Maia pronunció las palabras con claridad, despacio—. Busco guía de las madres de la Casa Jopland.
El lúgar la miró unos segundos, luego emitió un sonido grave con la garganta. Se volvió, indicando vagamente a Maia que le siguiera.
Aunque las paredes exteriores eran de adobe, el interior de la mansión estaba ricamente decorado con madera chapada, desconocida en aquellos altiplanos. Candelabros de pared proporcionaban una pálida iluminación eléctrica que hacía resaltar un chillón emblema situado sobre la escalera principaclass="underline" un arado rodeado por haces de trigo. Al menos no hay estatuas, pensó Maia.
El lúgar abrió dos pesadas puertas correderas y la acompañó a una habitación más iluminada, presumiblemente el salón principal. Una neblina molesta picoteó los ojos de Maia. Hombres, vio sorprendida. Había una docena, tendidos en unos sofás y cojines gastados y fumando pipas de larga boquilla mientras cuatro criadas jóvenes corrían desde la cocina transportando jarras de cerveza parda. El hombre situado más cerca de la puerta leía en silencio bajo una lámpara. Más allá, otros dos contemplaban en una telepantalla una lejana competición deportiva. En un rincón, unos cuantos jugaban con un Juego de la Vida en miniatura, de sólo un metro de lado, cuya superficie enrejada estaba cubierta de cuadrados negros, blancos o púrpura que chasqueaban y latían bajo la concentrada mirada de los contendientes, siguiendo misteriosas y siempre cambiantes pautas sobre el tablero. Los demás hombres estaban sentados en silencio, inmersos en sus propios pensamientos. Pocos se habían molestado en cambiarse la ropa de trabajo: uniformes de una pieza rojos, naranjas o negros pertenecientes a las tres cofradías ferroviarias. Maia supuso que todos los hombres que había en cincuenta kilómetros a la redonda debían de encontrarse en la sala aquella noche. Los clanes empiezan pronto los cortejos de invierno, igual que en casa, pensó.
Maia había visto bostezar a los hombres dos veces en aquella primera apreciación de la sala. Sin duda la mayoría había soportado un largo día de trabajo antes de ir allí. Con todo, parecían más fastidiados que fatigados.
Parece que he llegado en mal momento.
Todavía no era visible ninguna mujer adulta. Excepto en verano, los hombres generalmente preferían veladas que empezaran con tranquilidad, sin presión. Así que las Jopland elegidas estarían esperando en alguna parte, cambiándose la ropa de faena por atuendos que según los catálogos de venta por correo despertarían esa chispa dormida de deseo masculino. Maia miró a las cuatro criadas que caminaban con cuidado entre sus invitados, tratando de no molestar. Dos de ellas, aunque de diferentes edades, tenían los rasgos idénticos: tez olivácea, de complexión ligera pero con músculos bien desarrollados. Su mayor orgullo era el negro pelo sedoso, que llevaban largo a pesar del constante polvo del valle.
Debían de ser hijas del invierno, decidió Maia, estimando sus edades en cuatro y cinco años. Las otras dos muchachas, mayores y no tan bien vestidas, eran claramente distintas, probablemente empleadas var.
Varios hombres alzaron la cabeza cuando entró Maia. En su mayoría perdieron rápidamente el interés por ella y volvieron a lo que habían estado haciendo, pero un muchacho joven, bien afeitado y más arreglado que los demás, se entretuvo un poco más en su apreciación, e incluso sonrió levemente cuando ella le miró a los ojos. Se agitó en su silla, y Maia sintió un pánico atroz al advertir que estaba a punto de acercarse a hablar con ella. ¿Qué podría decirle si lo hacía?
En ese momento, una corriente de aire indicó a Maia que unas puertas se abrían a su espalda. El joven miró más allá, suspiró, y se hundió de nuevo en su asiento. Con una extraña mezcla de alivio y decepción, Maia se volvió para ver qué había causado tal reacción.
—¿Quién eres, y qué estás haciendo aquí?
El tono imperioso no parecía en absoluto anómalo al proceder de la figura baja y regordeta que se enfrentaba a Maia con los brazos cruzados. Al parecer las Jopland engordaban con la edad, aunque los hombros de la mujer denotaban que su fuerza era considerable incluso a aquellas alturas de su vida. El hermoso tono de piel de las jóvenes se había convertido en cuero, pero el sedoso pelo negro no había cambiado en absoluto. Ésa era otra de las cosas que tenían las vars. Contrariamente a la gente normal, no sabías con certeza qué aspecto tendrías cuando envejecieras. Maia no estaba segura de no preferir que así fuera.
—Una ciudadana que viene en busca de ayuda —dijo, inclinándose cortésmente ante la Jopland—. He visto vuestro enlace, oh, Madre, y debo pedir ayuda para consultar a las sabias de Caria.
Su intención no fue hablar en voz muy alta, pero sus palabras llamaron la atención. De pronto, la relativa tranquilidad de la sala se convirtió en un silencio total. Un destello de interés apareció bajo los párpados entrecerrados de los hombres más cercanos, para irritación de la matriarca Jopland.
—Oh, ¿eso debes hacer, hija—variante? ¿Supones que tienes algo que decir en lo que las sabias puedan estar interesadas?
—Así es, Madre. Y veo que vuestro sistema es operativo. —Señaló la vieja tele. Por la expresión de la anciana, Maia acababa de darle un motivo más para odiar la máquina, aunque era un accesorio de valor para atraer a los hombres a veladas como aquélla—. Según los antiguos códigos —concluyó Maia—, os pido ayuda para hacer mi llamada.
Un ceño fruncido. La anciana obviamente odiaba que una desarriagada sin estatus le citara los códigos.
—Uf. Has venido en mal momento. —Hubo una pausa—. No estamos obligadas a pagar tus gastos. Espero que puedas cubrirlos.
Cuando Maia echó mano a su bolsa, la vieja susurró:
—¡Aquí no, tonta! ¿No tienes vergüenza?
Maia parpadeó, confundida. ¿Había alguna costumbre Perkinita local que impedía manejar dinero delante de los hombres?
—Perdóname, Madre. —Volvió a hacer una reverencia.
—Mmm. Sígueme. ¡Y tú! —La anciana chasqueó los dedos a una de las criadas var—. ¡El vaso de ese caballero está vacío!
Con una mueca de desdén, se dio la vuelta y precedió a Maia por un estrecho pasillo.
El corredor pasaba frente a una sala en la que Maia vio a varias mujeres jóvenes haciendo preparativos. Las hembras Jopland eran criaturas hermosas en su juventud, concedió Maia, entre los seis y los doce años de edad. Sobre todo si te gustaban las mandíbulas fuertes y las cejas marcadas. Pero claro, no había manera de explicar los gustos de los hombres, que se volvían cada vez más remilgados a medida que la Estrella Wengel retrocedía y morían las auroras.
Las jóvenes Jopland compartían espejo con una pareja y un trío de clónicas de otras familias; las primeras de pelo rizado, y las otras anchas de hombros y caderas, con pechos lo bastante grandes como para amamantar cuatrillizas. Al parecer, Jopland compartía los gastos de alojamiento con un par de clanes aliados. Por el entusiasmo que Maia había visto en el salón principal, probablemente tenían que celebrar varias veladas como aquélla sólo para conseguir unos cuantos embarazos de invierno.
Dado el tamaño de la casa, Maia esperaba haber visto a Jopland más fecundas, hasta que se dio cuenta. Se habla de una caída de la población del valle, justo cuando aumenta en todas partes. Naturalmente. El aumento demográfico de la costa se debe sobre todo al «exceso» de nacimientos del verano. Pero estas mujeres son Perkinitas. ¡Mantienen a los hombres apartados en verano para evitar ese tipo de embarazo! Eso explicaba por qué no había visto a hijas—var, mujeres que se parecieran a medias a sus madres Jopland.
Maia quiso retrasarse, curiosa por ver cómo aquellas mujeres de la frontera conseguían algo que incluso para las atractivas Lamatia resultaba difícil en ocasiones.
—Por aquí —susurró la Jopland anciana, interrumpiendo sus pensamientos.
—Uh, lo siento, señora. —Inclinando la cabeza, Maia corrió tras su reluctante anfitriona.
La cámara de comunicaciones era poca cosa, apenas una habitacioncita. La consola estándar se hallaba sobre una vieja mesa, y un manojo de cables salía por un agujero en la pared.
Sólo las sillas parecían cómodas, para que las madres las utilizaran durante las llamadas de negocios de largo alcance, pero estaban retiradas y delante de la mesa sólo había un taburete pelado. Con un dedo retorcido, la vieja Jopland accionó un interruptor que hizo que la pantallita cobrara vida con un brillo perlado.
—Llamada de invitada. Cuenta al terminar —le dijo a la máquina, luego se volvió hacia Maia—. Si no puedes cubrir los gastos, trabajarás para cancelar la deuda. Un mes por centenar. ¿De acuerdo?
Maia sintió un ramalazo de furia. La oferta era vergonzosa. La veraniega más burda de Puerto Sanger es más educada que tú, «Madre». Pero claro, educación y estilo no eran lo que hacía falta para conseguir crear un nicho en la pradera. Una vez más, Maia recordó: una var no es quién para juzgar.
—De acuerdo —rezongó. La Jopland sonrió.
¡Será mejor que esto no cueste mucho! Trabajar para clones como éstas debe de ser un infierno.
Maia se sentó ante la consola modelo estándar. En alguna parte había oído que era uno de los nueve modelos fotónicos que aún se producían en cadena en viejas fábricas del Continente del Aterrizaje. Otros incluían los motores multiuso empleados en el ferrocarril solar, y en el Juego de la Vida que había visto minutos antes, en el salón principal. Maia nunca había utilizado una consola. Intentó recordar las lecciones de la Sabia Judeth, allá en Lamatia. Déjame ver… funciona en modo voz, así que si formulo mi petición…
Maia advirtió de pronto que no había oído cerrarse la puerta. Al girarse, vio a la matriarca Jopland apoyada contra el marco, cruzada de brazos.
—Apelo al derecho—cortesía de la intimidad —dijo Maia, odiando a la otra mujer por hacerlo necesario.
La anciana sonrió.
—El reloj ya está contando, virgie. Que te diviertas.
Con un chasquido, la puerta se cerró tras ella. .
¡Maldición! Maia vio ahora el cronómetro en la esquina superior izquierda de la pantalla, contando rápidamente. ¡Ya indicaba un gasto de once créditos! Nerviosa, habló con la máquina.
—Uh, necesito hablar con alguien… ¿Una sabia? ¿O alguien de la Guardia?
Aquello no iba bien.
—¡Oh, sí! ¡De Caria City!
La pantalla, que hasta el momento había permanecido en blanco, mostró por fin una pauta de cajas. Una disposición lógica, recordó de las lecciones. En la parte superior, apareció: