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Aire muerto [Dead Air - es]

Электронная книга - «Aire muerto [Dead Air - es]». Краткое содержание книги:

Ken McNutt es un locutor de radio londinense que se fragua enemistades por doquier, debido a la insaciable sátira social y política que despliega a través de las ondas. En una de las muchas fiestas de la alta sociedad a las que asiste conoce a Celia, una mujer misteriosa y atractiva que le relata, entre otras cosas, un accidente que la convirtió para siempre en dos personas distintas. Poco después, se entera de que ella es una mujer casada con un mafioso, y a partir de ese momento su vida entera en una vorágine de aventuras y peligros.
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Tranquilo, tranquilo, me dije a mí mismo. Intenté respirar hondo.

—Últimamente estoy en racha —le dije a Phil sacudiendo la cabeza.

Jo, Ceel (ah, Ceel, que entraba en otra categoría completamente distinta, que era un mundo en sí misma, pero a la que veía poquísimo)… Perdí la cuenta. Vuelta a empezar: Jo, Ceel… aquella argentina de Brighton, un par más, Tanya (bueno, Tanya no, que me dio plantón), pero era consciente de que con Amy tenía luz verde si quería llevar las cosas más allá del estado «siguiente en mi lista de juego»… y ahora esta tal Raine. Una mujer absolutamente despampanante con acento de Sloane ¡y que parecía ir por mí! Me encantaba Londres. Me encantaba hasta el bocado más pequeño de fama.

—¿Verdad que sí?

—Sí —admitió Phil asintiendo con la cabeza—. No sé qué te ven.

—Yo tampoco. —Bebí un poco más de agua y observé el suelo a mis pies. El suelo del Retox era de madera clara de aspecto escandinavo. Vaciar un whisky directamente encima podría provocar indecorosos ruidos de chapoteo y salpicaduras, como si te hubieses meado encima o así. Ah, ah… Phil había dejado su chaqueta en el suelo cuando Raine se había sentado con nosotros. Perfecto. Enganché la chaqueta con un pie y la acerqué un poco más cuando Phil no miraba.

—Aquí tienes —dijo Raine dejándome el whisky delante. Un whisky doble—. Ten, te he traído más agua, eh, Paul.

—Phil —corrigió Phil.

—Eso. Perdona, Phil. —Raine me sonrió y alzó su copa; parecía un gin-tonic. Alcé la mía—. De un trago —dijo, y así lo hizo.

Yo me llevé el vaso a los labios y fingí que bebía pero sin hacerlo, apretando los labios muy fuerte. Olí la bebida. Me estaba volviendo paranoico, pensaba que Raine observaba cómo bebía. Hice como si tragara, moviendo la nuez de la garganta. Dejé el vaso en la mesa, rodeándolo con los dedos para que no se viera el nivel de alcohol.

—Bueno. Sabe un poco a turba. ¿Es un Islay?

—Ah, ajá —contestó Raine—. Sí, eso.

Raine llevaba unos pantalones de cuero ajustados, una blusa de chifón blanco y rosa de dos capas y gafas de sol con cristales amarillos que le daban aire de Anastacia. De mediados de los años veinte, como su cintura. Tenía unos pómulos magníficos y la mandíbula como la de David Coulthard, aunque más delicada, obviamente. Se le transparentaban los pezones por debajo del chifón (¿volvía a ser moda?). En cualquier caso, le sentaba bien, y sus hombros desnudos me recordaban a Ceel. La melena de Raine era rubia y espesa, y ella estaba constantemente apartándose el pelo de la cara.

—Y dime, Raine —dijo Phil—. ¿alguna vez has practicado la caída libre en La Mancha?

Sonrió con aire estúpido primero a Raine y luego a mí. Me dio la impresión de que, como mínimo, estaba igual de borracho que yo. Habíamos comenzado mano a mano en el pub, habíamos seguido en el Groucho, luego en el Soho House y habíamos acabado aquí, perdiendo compañeros de trabajo por el camino bajo excusas patéticas del tipo comida, cita previa, medias naranjas, hijos, ese tipo de cosas. Tenía la vaga impresión de que habíamos mantenido una buena charla sobre el programa en algún momento y que se nos habían ocurrido ideas nuevas y material contra el que yo podría despotricar, pero ahora no recordaba los detalles. Afortunadamente Phil solía acordarse y normalmente tomaba notas con su letra pequeñita en el Diario Práctico que llevaba siempre encima.

Era viernes, de modo que al día siguiente no teníamos programa; se nos permitía salir a jugar un rato, maldita sea. Jo estaba fuera el fin de semana, acompañando a los Addicta a Estocolmo y Helsinki. Además hacía tres semanas que no veía a Celia y había abrigado la esperanza de encontrarme un paquete de mensajería esperándome al acabar el programa y una llamada de Desconocido al móvil; de hecho, me había pasado el programa, el día entero desde que me había despertado, incluso la semana, puestos a ser sinceros, esperando con ilusión firmar en el acuse de recibo del motorista: recibido en perfecto estado, firme aquí, sello, hora de recepción… Pero no había llegado nada, solo la sensación de vacío.

Decidí que era el momento de beber con alegría.

—¿Perdón? —preguntó la chica.

Phil agitó una mano con gesto atontado.

—Nada. Olvídame.

—Ajá.

Raine miró con bastante mala cara a mi productor. Menuda impertinente, pensé. Ese hombre era uno de mis mejores amigos y un productor excelente. ¿Quién se pensaba esa que era, mirándole con cara de mandarlo a paseo? ¿Cómo se atrevía? Ese hombre merecía un respeto, por amor de Dios. Mientras Raine estaba distraída, aproveché la oportunidad para verter la mitad del whisky sobre la chaqueta de Phil, luego me llevé el vaso a la boca y fingí otra vez que bebía, justo antes de que Raine volviera a centrar en mí su atención y la sonrisa reapareciera en su cara. Brindamos de nuevo. Me pareció oler los efluvios del whisky evaporándose desde la oscura superficie de la chaqueta Paul Smith de Phil, vieja pero que aún mantenía el estilo. Removí el whisky. Raine me miraba.

—¿Intentas emborracharme? —le pregunté en una especie de alocado intercambio de papeles.

Bajó levemente los párpados y se acercó a mí hasta que su calor traspasó mi camisa.

—Intento llevarte a casa conmigo —murmuró.

—¡Ja! —me reí. Me di una palmada en el muslo—. ¡Irás al baile, Cenicienta!

Phil se desternillaba de la risa al otro lado de la mesa. Raine lo fulminó con la mirada. Cogí la barbilla de la chica y acerqué su boca a la mía, pero me cogió del antebrazo y me bajó la mano con delicadeza.

—Acábate la bebida y nos vamos, ¿vale?

Yo ya me había encargado de casi todo el whisky y podría haber bebido el resto sin notar ninguna diferencia, pero para entonces se había convertido ya en algo entre un juego y una cuestión de honor eso de deshacerme de toda la copa sin que una sola gota traspasara mis labios, de modo que miré por encima de la brillante melena rubia de Raine y dije:

—Vale… Mierda, ¿esos no son Madonna y Guy Ritchie?

Miró. Tiré el resto del whisky en la chaqueta de Phil y me levanté, alejando el vaso de mi boca en el instante en que Raine se giró de nuevo.

—Supongo que no —dije.

Me sentía bien. La perspectiva de disfrutar del sexo con alguien nuevo, sobre todo con alguien de tan buen ver como Raine, bastaba para despejarme. Con todo, me tambaleé un poco al salir del reservado.

—Me tengo que ir, Phil.

—Bueno. Que te diviertas —contestó.

—Ésa es la intención. Cuídate.

—Y tú toma precauciones. —Soltó una risilla.

—Hasta el lunes.

—Tengo que ir al baño —dijo Raine mientras nos abríamos paso entre la gente.

—Te espero en el guardarropía.

Dediqué un par de minutos a cotorrear con la chica del guardarropía de la planta baja. A diferencia de Phil, yo solía dejar la chaqueta a buen recaudo, claro que, por otra parte, tampoco la utilizaba como bolso.

—¿Listo? —preguntó Raine entregándole el resguardo a la chica.

—Sí.

Raine me dejó que la ayudara a ponerse el abrigo. Era un chaquetón afgano, detalle que interpreté como una coincidencia de la moda retro más que como una sutil declaración geopolítica. Se volvió y me miró a los ojos, cambiando de una pupila a la otra. Me pareció agradable, muy sexy, que me inspeccionara tan de cerca. Raine no le había dado propina a la chica de guardarropía, pero no me importó. Más o menos me caí encima de Raine y ella se dejó besar, aunque no muy hondo. Me apartó y echó un vistazo a la chica.

—Vamos —dijo.

Al salir llovía. Saludé a los gorilas, que sonrieron y me devolvieron el saludo. Estaba moderadamente seguro de conocer sus nombres, pero no seguro del todo, y equivocarse con los nombres de esos tipos era peor que no llamarlos nada. Fijé la vista en la lluvia y en el tráfico que recorría la avenida en ambos sentidos, con los faros brillando en la oscuridad ensortijada.

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