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Nadie lo ha visto

Электронная книга - «Nadie lo ha visto». Краткое содержание книги:

La idílica isla sueca de Gotland se prepara para la temporada turística. Como cada año, Helena, que ahora reside en Estocolmo, vuelve a la isla y celebra con sus amigos el inicio del verano. Pero el buen ambiente que se respira durante la fiesta se acaba de pronto cuando Per, el novio de Helena, tiene un ataque de celos y reacciona de forma violenta. A la mañana siguiente, la joven sale a pasear con su perro por la playa para reflexionar sobre lo ocurrido y desaparece en la densa niebla.
Cuando un vecino descubre su cadáver desnudo y gravemente mutilado, las sospechas recaen inmediatamente sobre Per. Pero algunos días más tarde aparece muerta Frida, una compañera de colegio de Helena, que ha sido asesinada en circunstancias similares. El seguimiento del caso por parte de los medios de comunicación es enorme y el pánico se apodera del pueblo.
El comisario de la policía judicial, Anders Knutas, está convencido de que el autor del crimen es un peligroso asesino en serie, que no dudará en atacar de nuevo. En su acelerada investigación contará con la colaboración no siempre deseada del inquieto periodista Johan Berg.
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«Hagman» rezaba el letrero del buzón, escrito a mano. Aparcaron en el patio y salieron del coche. La finca constaba de una vieja casa de madera pintada de blanco, con las ventanas, los marcos de las puertas y las esquinas, de gris. Seguro que en su día fue bonita. Ahora tenía la pintura desconchada.

Un poco más lejos se veía un granero grande, que parecía a punto de derrumbarse en cualquier momento. «Ahí dentro fue donde se ahorcó la mujer», pensó Knutas.

Cuando se acercaban a la casa, observó que algo se movía detrás de la cortina de una de las ventanas del piso superior. Subieron al porche medio podrido y llamaron. No había timbre. Tres veces tuvieron que golpear antes de que la puerta se abriera. Un hombre, demasiado joven para ser Jan Hagman, apareció en el vano de la puerta. Los miró con expresión inquisitiva.

– Hola…

Knutas se presentó y presentó a sus acompañantes.

– Buscamos a Jan Hagman -añadió.

La expresión atenta y agradable del hombre se transformó y reflejó inquietud.

– ¿Qué ocurre?

– Nada grave -le tranquilizó Knutas-. Sólo queremos hacerle unas preguntas.

– ¿Es sobre mamá? Soy Jens Hagman, el hijo de Jan.

– No. Se trata de otro asunto completamente distinto -aseguró Knutas.

– Ah, ya. Jan está cortando leña. Un momento. -Se volvió, tomó un par de zuecos y se los calzó-. Acompañadme. Está al otro lado de la casa.

Dieron la vuelta a casa y oyeron los golpes rítmicos de un hacha. El hombre a quien buscaban estaba inclinado sobre el tajo, al parecer muy concentrado. Levantó el hacha y golpeó. La hoja hendió la madera, que se partió y cayó al suelo. El pelo recio le caía sobre la cara mientras trabajaba. Llevaba unos pantalones cortos y una sudadera de algodón. Tenía las piernas peludas y muy bronceadas ya. Los músculos de los brazos se le hinchaban cuando descargaba el golpe. Su jersey estaba manchado de sudor.

– ¡Jan! La policía está aquí y quiere hablar contigo -gritó su hijo.

Knutas frunció el ceño y pensó que era extraño que el hijo insistiese en llamar a su padre Jan.

Jan Hagman dejó caer el hacha y la dejó a un lado.

– ¿Qué queréis? La policía ya ha estado aquí una vez -gruñó malhumorado.

– Ahora no se trata de la muerte de su esposa, sino de otro asunto -respondió el comisario-. ¿Podemos entrar y sentarnos?

El imponente Hagman se los quedó mirando en actitud expectante, sin decir nada.

– Sí, ¿verdad? -intervino el hijo-. Yo puedo preparar café.

Entraron en la casa. Knutas y Karin tomaron asiento en el sofá y Kihlgárd se dejó caer en un sillón.

Permanecieron en silencio, observando a su alrededor. Era un cuarto sombrío en una casa sombría. Moqueta de color marrón oscuro en el suelo, papel pintado de verde, también oscuro. Las paredes aparecían cubiertas de cuadros, la mayoría de animales en paisajes invernales. Corzos en la nieve, perdices en la nieve, alces y liebres en la nieve… Ninguno de los tres era un entendido en arte, pero apreciaron que no se trataba precisamente de ninguna obra de Bruno Liljefors. Una de las paredes estaba ocupada por rifles de distintos tipos. En un velador que tenía encima lo que parecía un tapete de ganchillo, Karin observó sobresaltada un periquito verde disecado en una percha.

Reinaba en la casa un ambiente silencioso y agobiante, como si las paredes susurrasen. Unas cortinas pesadas, con complicados pliegues, ocultaban la mayor parte de la luz de las ventanas. Los muebles, oscuros y pesados, habían conocido tiempos mejores. Knutas se preguntaba cómo iba a poder levantarse de aquel sofá desvencijado sin necesidad de ayuda, cuando Jan Hagman apareció en el cuarto. Se había puesto una camisa limpia, pero no había cambiado el gesto malhumorado.

Se sentó en un sillón al lado de una de las ventanas.

Knutas carraspeó.

– No estamos aquí a causa de la trágica muerte de tu esposa. Hum… te acompañamos en el sentimiento, naturalmente -dijo, y carraspeó de nuevo.

Jan Hagman lo fulminó con la mirada con animadversión.

– Se trata de un asunto distinto -continuó el comisario-. Supongo que habrás oído hablar de los asesinatos de dos mujeres aquí en Gotland. Bien, pues la policía está tratando de retroceder en el tiempo e investigar el pasado de esas mujeres. Según sabemos, mantuviste una relación amorosa con una de ellas, Helena Hillerström, a principios de los años ochenta, cuando trabajabas en Säveskolan. ¿Es cierto?

El ambiente, ya de por sí pesado, que reinaba en el cuarto, se volvió compacto. Hagman ni se inmutó.

Siguió una pausa larga. Kihlgárd sudaba y se revolvía tanto que el sillón crujía. Knutas esperaba con la mirada fija en Hagman.

Karin necesitaba un vaso de agua. Cuando el hijo entró en el cuarto con la bandeja del café, fue como si alguien hubiera abierto una ventana.

– Pensé que tal vez os apetecería tomar un café -manifestó circunspecto mientras dejaba sobre la mesa una bandeja con tazas y un plato con galletas industriales rellenas de confitura.

– Sí, gracias -musitaron los tres policías a la vez, y la tensión del ambiente se redujo por un momento con el tintineo y el murmullo líquido que se produjo al servir el café.

– Ahora te largas y nos dejas tranquilos -ordenó el padre bruscamente-. Cierra la puerta cuando salgas.

– Sí, claro -aceptó el hijo, y desapareció.

– Bueno. ¿Cómo fue esa historia con Helena Hillerström? -insistió el comisario cuando se cerró la puerta.

– Es cierto. Mantuvimos una relación.

– ¿Cómo empezó?

– Asistía a uno de mis cursos y teníamos buen contacto durante las clases. Era alegre y…

– ¿Y?

– Sí, hacía que fuera más divertido dar clase.

– ¿Cómo empezó la relación?

– Fue en un baile que organizó el instituto en otoño. Helena cursaba segundo. Por tanto, fue en 1982.

– ¿Qué hacías tú allí?

– Yo era uno de los profesores que estaba allí vigilando.

– ¿Qué pasó entre Helena y tú?

– Por la noche, cuando estábamos ordenando todo después de terminado el baile, se quedó para ayudar. Sí, era una chica muy comunicativa…

Hagman bajó la voz y sus facciones se suavizaron.

– ¿Qué ocurrió?

– Quería que alguien la llevara a casa después de la fiesta. Como vivíamos en la misma dirección, me ofrecí a llevarla. Después, no sé cómo pasó lo que pasó. Me besó. Era joven y hermosa. Uno no es de piedra…

– ¿Y después?

– Empezamos a vernos a escondidas, porque yo estaba casado y con hijos.

– ¿Con qué frecuencia os veíais?

– Con bastante frecuencia.

– ¿Cada cuánto?

– Bueno, un par de veces o tres a la semana seguro.

– ¿Y tu mujer? ¿No notaba nada?

– No. Casi siempre nos veíamos de día, por la tarde. Y mis hijos eran ya lo bastante mayores como para cuidarse solos.

– ¿Qué tal funcionaba tu matrimonio?

– Mal. Completamente muerto. Por eso no tenía mala conciencia. Al menos, no por mi mujer.

– ¿Cómo era Helena como persona? -preguntó Kihlgárd.

– Era… era… Bueno, qué puedo deciros -vaciló-. Era estupenda. Me hizo recuperar las ganas de vivir.

– ¿Cuánto tiempo duró la relación?

– Se terminó cuando acababan de empezar las vacaciones de verano.

Hagman se quedó mirándose las manos. Karin Jacobsson había observado que daba vueltas con los pulgares, de forma casi ininterrumpida. Recordó que también lo había hecho la última vez que ella estuvo allí, tras la muerte de su esposa. «Qué curioso que aún haya gente que haga eso», pensó.

– A finales de la primavera, en mayo creo, el instituto hizo un viaje a Estocolmo. Varios profesores acompañamos a los alumnos.

– ¿Qué pasó allí?

– Una noche, después de cenar, fuimos imprudentes. Nos fuimos a mi habitación. Sin duda, alguien nos vio y se lo contó a uno de los profesores. Una de las profesoras me comentó que lo sabía. No pude sino reconocerlo. Me dijo que la cosa podría quedar entre nosotros si le prometía no volver a verme con Helena nunca más. Se lo prometí.

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