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Noche cerrada en Bergen

Электронная книга - «Noche cerrada en Bergen». Краткое содержание книги:

Durante unas frías navidades, la psicóloga y profiler Inger Johanne Vik se encuentra, junto a su familia, involucrada en la investigación de unos desagradables crímenes. Su marido, el detective Yngvar Stubø, ha sido enviado a Bergen tras el asesinato de la obispo local, Eva Karin Lysgaard. Mientras, en Oslo, se suceden una serie de asesinatos de diversa naturaleza. A pesar de que no hay un vínculo aparente entre ellos, Inger Johanne Vik acabará descubriendo la relación existente.
La cuarta entrega de la serie de Vik/Stubø es una emocionante novela negra que aborda temas actuales. Noche cerrada en Bergen va más allá de la investigación criminal al uso al invitar a la reflexión acerca de temas políticos, religiosos y de derechos humanos. Es, además, una contundente crítica a la intolerancia.
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– ¿Puede empezar desde el principio? -dijo Inger Johanne, y se aclaró la garganta-. ¿Puede contártelo todo una vez más?

Trataba de encontrar una posición en la que pudiese sentarse quieta.

– Sí, pues…

La inspectora de enseñanza Live Smith se pasó los dedos por el grueso cabello gris. Ya parecía haber dudado cuando interceptó a Inger Johanne en el pasillo y le pidió que la acompañase a su oficina. Ahora era como si se arrepintiese y quisiera olvidar todo.

– Como somos, al fin y al cabo, una escuela especial… -dijo insegura-, tenemos material bastante completo sobre cada niño. Como usted sabe, nuestros alumnos tienen en parte muchos tipos distintos de limitaciones funcionales, y a fin de maximizar la oferta de educación para cada uno, entonces…

– Sé lo que esta escuela es y lo que puede ofrecer -dijo Inger Johanne-. Mi hija viene aquí.

Su voz sonaba extraña. Dura y sin matices. Tosió de nuevo y tuvo que tomar el vaso a pesar de que le temblaban las manos.

– ¿Está todo bien?

Live Smith miró la línea de agua que corría hacia abajo sobre el jersey de Inger Johanne.

Inger Johanne alejó el vaso de sí.

– Sólo tengo un poco seca la garganta. Estoy a punto de pillar algo. La escucho.

Forzó una sonrisa e hizo un ademán circular con la mano, impaciente. Live Smith se arregló la chaqueta, se acomodó el cabello detrás de las orejas y dijo, algo picada:

– De hecho fue usted quien me pidió que se lo contase todo desde el principio.

– Sí. Lo siento. ¿Podría usted sólo…?

– Bien. La versión corta es que cuando llegué aquí el viernes pasado, antes de este último fin de semana, para preparar el inicio de las clases, tuve la sensación de que alguien había estado aquí antes.

Abarcó la habitación con un gesto de la mano. Era una oficina amplía con un archivador que ocupaba toda la pared más larga, en la que una puerta daba acceso a un cuarto más pequeño y cerrado con candado. El resto de las paredes estaban cubiertas por coloridos dibujos infantiles encuadrados en marcos de IKEA. Las cortinas eran de un rojo brillante con puntitos amarillos y flameaban con el aire caliente de los radiadores ubicados bajo las ventanas.

– Me dio una sensación rara. Había otro…, otro olor, quizá. No, más bien otra atmósfera, de algún modo.

Ahora parecía turbada y sonrió antes de agregar:

– Ya sabe.

Inger Johanne sabía.

– No es que yo crea en lo sobrenatural -dijo Live Smith, y sonrió otra vez con gesto de desaprobación-. Pero usted conoce seguramente la sensación de…

– No es sobrenatural -interrumpió Inger Johanne-. Muy al contrario. Es una de las habilidades más agudas que tenemos. El inconsciente se percata de cosas que no logramos hacer salir del todo a la superficie. Algo puede haber cambiado de lugar. Puede, como dice usted, haber un olor casi indetectable. Cuanto más tiempo hayamos vivido, tanto más nuestras experiencias acumuladas nos dirán mejor que lo que podemos definir con nuestra primera impresión. Algunas personas son más hábiles que otras para comprender eso que sienten. -Finalmente logró beber un poco de agua-. A veces se autodefinen como videntes -agregó.

El sarcasmo hizo que su pulso se calmara.

– Además estaba esta carpeta -dijo Live Smith.

Otra vez esa sonrisa fugaz detrás de cada frase, como si buscase restarse importancia a sí misma. Quitarse valor, no pretender ser tomada demasiado en serio. Normalmente, Inger Johanne se hubiese irritado violentamente por ese gesto femenino. Ahora tenía suficiente con mantener la voz firme.

– La carpeta de Kristiane -afirmó con la cabeza.

– Sí. También estaba… -Live Smith se interrumpía cuando aspiraba, como buscando la palabra menos peligrosa: ¿desaparecida, perdida, robada?-, quizá sólo extraviada -dijo finalmente.

Sus ojos decían algo completamente distinto.

– ¿Cómo se dio cuenta?

– Buscaba otra carpeta en el mismo cajón cuando me percaté de que no tenía candado. El cajón, quiero decir. No estaba forzado o algo así, simplemente estaba sin candado. Me molesté conmigo misma, porque hasta donde recordaba fui la última que lo cerró todo antes del parón navideño. Tenemos reglas muy estrictas para archivar la información de los alumnos. En parte son datos médicos delicados, y yo…

Esta vez la sonrisa fue seguida de una ligera contracción de los hombros.

Inger Johanne no dijo nada.

– Como no había señales de allanamiento ni en la puerta ni en el archivador ni en los cajones, pensé que todo el asunto era sólo un olvido de mi parte. Pero, por seguridad, verifiqué que todo estuviera en su lugar. Y así era, a no ser por…

– A no ser por la carpeta de Kristiane.

– Exactamente.

Inger Johanne sintió una necesidad irrefrenable de borrar la sonrisa de la cara de la inspectora de enseñanza.

– ¿Por qué no avisaron a la Policía? -dijo en cambio.

– El rector piensa que no puede haber habido un allanamiento. No hay nada destruido. No hay marcas en las puertas, en todo caso no las hemos podido encontrar. Nada fue robado. No es que tampoco haya mucho de valor en este cuarto. Salvo el ordenador, quizá.

Ahora se rio. Una pequeña risa fuerte y forzada.

«Y qué hay de mi hija», pensó Inger Johanne. La vida de Kristiane, todos los análisis, diagnosis y no diagnosis, medicaciones y errores, avances e intentos; toda la existencia de su hija estaba registrada en un archivo que había sido acumulado con confianza a través de los años y que ahora había desaparecido.

– Las carpetas de los niños son un poco más valiosas que su ordenador -dijo Inger Johanne.

Por fin dejó de sonreír.

– Por supuesto -dijo Live Smith-. Ésa es también la razón por la que pensé que sería bueno avisarla. Pero quizá el rector tenía razón. Fue un error por mi parte. Ya verá cómo la carpeta aparece hoy, más tarde. Sólo pensé que como tenía esa sensación, y como usted misma trabaja en la Policía, yo…

– Eso no es así. Yo trabajo para la universidad.

– Cierto. Es su marido el que es policía. El papá de Kristiane.

Inger Johanne no tenía ganas de corregirla otra vez. En lugar de hacerlo se puso de pie. Echó una mirada al cuarto de archivos al fondo.

– Hizo lo correcto al avisarme -dijo-. ¿Puedo ver el armario?

– ¿El armario de los cajones?

– Si es así como lo llaman.

– En realidad sólo somos el rector y yo los que… Como le dije tenemos reglas muy estrictas para…

– ¡Sólo voy a mirar! ¡No tocaré ninguna carpeta!

La inspectora de enseñanza se puso de pie. Sin una palabra fue hacia la puerta, eligió la llave correspondiente de un llavero enorme y abrió. La mano buscó el lado del marco izquierdo. Un tubo de luz estridente crepitó y parpadeó en el techo hasta asentarse finalmente en un murmullo de alta frecuencia.

– Es ese de ahí -dijo señalándolo.

Los estantes cubrían dos de las paredes desde el suelo hasta el techo. Eran estantes grises, esmaltados, con puertas. Inger Johanne miró con más atención el que la inspectora había señalado. El candado parecía lo suficientemente sólido. Se inclinó un poco más y achicó los ojos tras los vidrios de las gafas.

– Hay una pequeña raya aquí -dijo al cabo de unos segundos-. ¿Es nueva?

– ¿Raya? Déjeme ver.

Juntas estudiaron el candado.

– Yo no veo nada -dijo Live Smith.

– Aquí -dijo Inger Johanne señalando con una pluma-. Un poco ladeada. ¿La ve?

Live Smith se inclinó hacia delante. Cuando entrecerró los ojos, el labio inferior se elevó hasta darle la apariencia de un ratón empeñoso.

– No…

– Sí.

– ¡En todo caso, yo no veo nada!

Inger Johanne aspiró sonoramente y se enderezó.

– ¿Puede abrirlo? -pidió.

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