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Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:

El comienzo de una tragedia… Cate Nightingale vive con sus gemelos de 4 años en el pueblo de Trail Stop. A pesar de que ha enviudado siendo muy joven, saca adelante a sus niños gracias a su trabajo en un hostal en el que recibe pocos visitantes. La ayuda de Calvin Harris, muy hábil para la carpintería o la fontanería, es fundamental para que su negocio subsista. Pero Cate ni siquiera se imagina qué tan importante será este hombre en su vida, hasta que la desaparición de uno de sus huéspedes desencadena la tragedia. Y cuando Calvin la rescata de una situación muy peligrosa, Cate comienza a mirar con otros ojos a este ex marine que sólo desea entrar en su corazón
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
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– ¿Qué pasó? ¿Están heridas?

– Básicamente, asustadas. Uno puso una pistola en la sien de Neenah y tiene un moretón. Golpeé al otro en la cabeza con la culata de mi Mossberg y luego subí a por el que tenía a Neenah.

– Voy enseguida -dijo Creed, y colgó dejando casi sordo a Cal.

Capítulo 15

Teague estaba casi en posición frente a la cabaña de Creed cuando la puerta se abrió de golpe. Se quedó de piedra mientras se preguntaba si la cabaña estaba rodeada de sensores de movimiento o cámaras de visión nocturna que no había visto durante su reconocimiento del lugar y si Creed sería de los que disparaba primero y después identificaba a la víctima. Mientras tanto, Creed había subido en su camioneta y se alejó por el camino lleno de surcos antes de que Teague pudiera reaccionar.

– ¡Joder! -Teague cogió la radio Motorola CP150 que llevaba colgada del cinturón y apretó el botón para hablar-. El objetivo acaba de alejarse en su furgoneta y va hacia la carretera. Seguidlo.

– ¿Y tú? -respondió Billy, muy tranquilo pero con la voz clara.

– Envía a alguien a que me recoja. No dejes que se te escape y, sobre todo, que no te vea.

– Recibido.

Sin dejar de maldecir, Teague deshizo con mucho cuidado el camino que había hecho. Podría haber ahorrado tiempo si hubiera ido por el camino, pero habría dejado huellas y había preferido quedarse entre los arbustos. Se preguntó qué habría pasado para que Creed saliera disparado de aquella manera y si lo mejor sería quedarse aquí esperándolo y dispararle cuando volviera o seguirlo.

El problema era que Creed podía tardar días en volver y Teague no tenía ninguna intención de quedarse allí tanto tiempo. Quería saber dónde había ido. Es decir, prefería perseguir a la acción en lugar de quedarse esperándola, así era más divertido.

Menos de media hora después de que Creed le hubiera colgado el teléfono en el oído, unos fortísimos golpes en la puerta hicieron que Cal se preguntara si se saldría de las bisagras antes de que pudiera abrirla. La llave no estaba echada, así que Cal gritó:

– ¡Por el amor de Dios, gira el pomo!

Creed entró en la habitación como una avalancha, con la mandíbula apretada y los puños cerrados, justo como Cal se imaginaba.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Creed en algo parecido a un gruñido.

– Todo empezó el lunes -dijo Cal, fue a la vieja nevera verde sacó dos cervezas, las abrió y le dio una a Creed, que la agarró con tanta fuerza que Cal creyó que rompería la botella-. Un hombre que se hospedaba en la pensión de Cate saltó por la ventana y se marchó, y se dejó todas sus cosas en la habitación.

Enseguida, los ojos de Creed adquirieron aquella expresión analítica que Cal conocía tan bien.

– Yo estaba allí el lunes -dijo Creed-. El comedor estaba más lleno de lo habitual. ¿De qué huía ese hombre?

– No sabemos de quién ni de qué. No regresó. El martes, Cate llamó a la policía para denunciar su desaparición pero, como se había dejado todas sus cosas en la pensión, la oficina del sheriff sólo podía buscar por los hospitales de la zona y avisar a todos los agentes para que estuvieran atentos a cualquier señal de accidente. Ese mismo martes un tipo llamó a Cate fingiendo ser de una empresa de alquiler de coches y preguntó por el hombre en cuestión. Más tarde, Cate llamó a la compañía de coches pero descubrió que en sus archivos no aparecía el nombre de ese señor; nunca les había alquilado un coche.

– ¿No le salía el identificador de llamadas? -preguntó Creed.

– Número privado. Supongo que la compañía telefónica podría habernos dado más información pero, ¿por qué iban a hacerlo? No había cometido ningún crimen ni se había amenazado a nadie. Y con el cliente de Cate pasaba lo mismo, como Cate tenía el número de tarjeta y el hombre no se había ido sin pagar, a los policías no les interesaba.

– ¿Cómo se llamaba?

– Layton. Jeffrey Layton.

Creed meneó la cabeza.

– No me suena.

– A mí tampoco -Cal echó la cabeza hacia atrás y bebió un buen trago de cerveza fría-. Entonces, el miércoles, esos dos hombres llegaron a la pensión -le explicó los motivos por los que Cate sospechaba algo y que uno de ellos había escuchado la conversación que tenía con Neenah en la cocina-. Y, de repente el tipo que se hacía llamar Mellor entró en la cocina con una pistola en la mano y le pidió a Cate que le diera todo lo que Layton se había dejado.

– Espero que no se negara -dijo Creed, muy serio.

– No. Mientras tanto, yo tenía que ir a la ciudad a recoger algunas cosas, así que pasé por su casa a buscar el correo. Me dio la sensación de que estaba un poco rara, muy nerviosa y distraída y, cuando me dio las cartas, había puesto los sellos bocabajo.

Vio que Creed daba un respingo.

– Muy lista -dijo, asintiendo.

– Me arriesgué a hacer el ridículo, aparqué en la carretera y cogí la escopeta del asiento trasero. Luego regresé a pie y entré. Encontré a un tipo en el vestíbulo, pistola en mano, mirando por la ventana. Lo golpeé en la cabeza con la culata de la escopeta y fui a buscar a Cate. Escuché voces por arriba y los seguí hasta el desván. Cate tenía la maleta de Layton en la mano y el otro tipo tenía a Neenah agarrada por el pelo, ladeándole la cabeza de una forma muy forzada y con una pistola en la sien. Me enfrenté a él, lo convencí de que la única forma de que saliera de allí con vida era dejar la pistola y soltar a Neenah. Cate le dio la maleta y yo mismo vi cómo se marchaban.

Se había ahorrado muchas cosas, pero Creed lo conocía desde hacía mucho tiempo y sabía leer entrelineas; sabía exactamente cómo había conseguido echarlos de la pensión.

– Y esto fue el miércoles, ¿no?

– Sí -confirmó Cal.

– Mierda.

Aquello no necesitaba ninguna respuesta. La primera intención de Creed era perseguirlos y que pagaran, con mucho dolor, lo que habían hecho, pero el incidente había tenido lugar hacía tres días y seguro que ya estaban muy lejos.

Emitió un extraño sonido con la garganta y luego se dejó caer en el sofá de segunda mano de Cal.

– ¿Están bien? -preguntó-. ¿Neenah y Cate?

– Cate estaba algo nerviosa, pero su madre estaba aquí para ayudarla; además, los niños la mantenían ocupada y no pensaba tanto en eso. Neenah no tenía a nadie… en privado, me refiero. Todos los vecinos acudieron a la pensión para apoyarlas, pero tú y yo sabemos perfectamente lo que pasa cuando todo el mundo se va y te quedas solo.

Creed se inclinó hacia delante, apoyó los codos en las rodillas y dejó caer los brazos hacia delante. Cal continuó sin quitarle un ojo de encima.

– Sé que lo está pasando mal. No dice nada y tiene muchas ojeras, como si no pegara ojo en toda la noche. Además, el enorme moratón de la cara se lo recuerda cada día.

Creed cerró los puños con fuerza pero no se movió del sofá.

Cal se inclinó hacia delante, miró a su antiguo comandante a ojos y, en voz baja, le dijo:

– Eres un cobarde de mierda si no vas y abrazas a esa mujer, ahora que tanto lo necesita.

Creed se levantó y abrió la boca para ofrecer una airada respuesta, pero luego la cerró.

– Mierda -repitió-. ¡Mierda!

Y entonces, abrió la puerta, salió y Cal oyó cómo bajaba las escaleras de dos en dos.

Con una sonrisa, Cal cerró la puerta.

Teague no podía dar crédito. A veces, la suerte le sonreía a uno, ¿verdad? Ese cabrón de Creed había ido a Trail Stop.

No volverían a tener una oportunidad como aquella. No era tan tarde como había pensado, pero la mayoría de los habitantes de Trail Stop eran de mediana edad, como mínimo, y había algunos que pasaban de los ochenta, así que no eran gente que se fuera de copas cada noche y no volvieran a casa hasta altas horas de la madrugada. También había algunos más jóvenes, como la propietaria de la pensión, y una pareja que debía de tener más o menos su edad, pero nada más.

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