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Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:

El comienzo de una tragedia… Cate Nightingale vive con sus gemelos de 4 años en el pueblo de Trail Stop. A pesar de que ha enviudado siendo muy joven, saca adelante a sus niños gracias a su trabajo en un hostal en el que recibe pocos visitantes. La ayuda de Calvin Harris, muy hábil para la carpintería o la fontanería, es fundamental para que su negocio subsista. Pero Cate ni siquiera se imagina qué tan importante será este hombre en su vida, hasta que la desaparición de uno de sus huéspedes desencadena la tragedia. Y cuando Calvin la rescata de una situación muy peligrosa, Cate comienza a mirar con otros ojos a este ex marine que sólo desea entrar en su corazón
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
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Se arrodilló, manteniéndose detrás del capó del coche, y abrió la puerta del copiloto. La escopeta Mossberg estaba detrás del asiento, así como dos cajas de cartuchos. Se abrió el bolsillo lateral de la pernera derecha del pantalón, metió los cartuchos dentro y luego cerró el bolsillo con el velcro. También vio otra cosa que podría necesitar, así que cogió la bolsa de deporte verde donde tenía el equipo de primeros auxilios.

Casi amortiguados por los disparos de los rifles, oyó gritos de pánico y dolor. Se dio cuenta de que todo el mundo estaba saliendo de casa, quizá incluso los tiradores los estuvieran haciendo salir de forma deliberada. Ahora estaban desprotegidos, como patitos de la feria.

– ¡Al suelo! -gritó mientras se desplazaba hacia atrás y la derecha, intentando mantener siempre un edificio, un árbol, lo que fuera, entre él y los rifles-. ¡Todo el mundo a cubierto! ¡Esconderos detrás de los coches!

Había muchos espacios abiertos entre las casas; Trail Stop era una comunidad cuyas casas estaban bastante separadas. Cuando tenía que cruzar un espacio abierto, agachaba la cabeza y corría como un loco, zigzagueando como un experto en evitar las caravanas. Uno de los tiradores lo localizó enseguida y disparó una bala que le pasó silbando justo por detrás de la nuca. Rodó por el suelo, se revolcó y, al final, se tiró detrás de la siguiente casa, se tendió en el suelo y se agarró con fuerza a un grifo exterior que se le clavaba en el hombro.

¡Mierda! Los tiradores tenían visores nocturnos o quizá incluso infrarrojos. ¿Qué coño estaba pasando? ¿Quién era esa gente? ¿Policías? ¿Algún tipo de acción militar? ¿Algún tipo de grupo de supervivencia que la tenía tomada con alguien de Trail Stop? Daba igual. No disparaban balas a ciegas. Lo veían, y veían a todo el mundo.

Sin embargo, no podían ver a través de las paredes.

Para minimizar las opciones de que le dieran, tenía que poner las máximas casas, vehículos, árboles y cualquier objeto sólido entre él los tiradores. Eso significaba alejarse de casa de Cate, porque la carretera no pasaba por el medio del pueblo, sino que hacía una curva a la izquierda, dejando dos tercios de tierra, y la mayor parte de casas, a la derecha. Nadie había dibujado un plano del pueblo; la gente se había ido construyendo la casa donde quería, sin ton ni son.

Mientras corría, iba repasando las casas por donde pasaba. La casa de Cate estaba en el extremo izquierdo de la comunidad, en el lado menos poblado de la carretera, pero no estaba tan expuesta como las demás. Tenía el garaje detrás y dos casas más a la izquierda. Si se quedará en casa, en el piso de abajo…

Pero su habitación estaba en el piso de arriba y Cal no sabía el ángulo de ataque exacto de los tiradores. Ahora mismo, podría estar en el suelo en medio de un charco de sangre…

Apretó los dientes y apartó esa imagen de su cabeza, porque no podía funcionar en un mundo en el que Cate Nightingale no estuviera.

El terreno que pisaba estaba lleno de baches que lo frenaban y, además, no veía absolutamente nada. Mientras corría, se cruzó con un grupo de gente que venían de las casas más interiores y que iban directos hacia los disparos. Casi todo el mundo llevaba una linterna y, algunos llevaban rifles o escopetas.

– ¡Apagad las linternas! -les gritó cuando pasó por su lado-. ¡No avancéis más! ¡Tienen prismáticos de visión nocturna!

El grupo se detuvo.

– ¿Quién eres? -preguntó alguien, con una mezcla de alarma y cautela.

– Cal -les gritó-. ¡Esconderos! ¡Esconderos! -entonces, un disparo fortuito, o al menos eso esperaba, que ninguno de los tiradores fuera tan bueno, se incrustó en un árbol a medio metro de él. Cal se volvió a tirar al suelo, parpadeó ante la repentina visión ensangrentada que tenía y se colocó detrás de un árbol.

Una astilla del árbol se le había clavado justo encima de la ceja izquierda. Se la sacó y se limpió la sangre con el reverso de la mano, la mano con la que sujetaba la bolsa de deportes, que le dio un golpe en la cara. «Bien hecho, Harris -se dijo a sí mismo con sorna-. Date un golpe y pierde el sentido.»

Se temía que la suerte no estaba de su lado. Había sido un buen disparo, muy bueno. Hizo un cálculo estimado de la distancia. Estaba a unos cuatrocientos metros del otro lado del riachuelo.

Eso le decía algo de la clase de rifles que estaban utilizando y la habilidad de los tiradores. También le decía que estaba al límite del alcance de un visor infrarrojo y que estaba más allá del alcance de unos prismáticos de visión nocturna. Cualquier disparo que le rozara a partir de ahora sí que sería fortuito. Eso no significaba que no pudieran darle; sólo significaba que ninguno de los seguidores podía localizarlo con los visores.

Se olvidó de todas las técnicas evasivas y corrió.

Cate se había ido a la cama temprano, muy temprano. Siempre había tenido que preparar a los gemelos y hacerles cosas pero, sin ellos, era como si su mente le hubiera dicho a su cuerpo: «Descansa».

Había planeado pasarse el día sacando la ropa de invierno y lavándola. Lógicamente, antes de guardarla la había lavado, pero después de los meses de verano encerrada en cajas, la ropa olía a humedad. Sacó una caja, lavó la ropa y la tendió, junto con alguna ropa de verano que había sacado del armario pero, una vez hecho esto, no le apeteció seguir.

Luego pensó que podría empezar a poner piedras para señalar el perímetro del aparcamiento pero, en lugar de eso, abrió un libro que hacía tiempo que tenía y leyó un par de capítulos antes de quedarse dormida. Después de una siesta de una hora, se despertó atontada y, en aquellos momentos, lo más importante del mundo parecía ser ver la televisión, algo que nunca hacía. Descubrió que los programas de los sábados eran un rollo.

Entonces pensó en probar una receta que había encontrado para una sopa de fideos y albóndigas, porque le pareció que a los niños les gustaría, y para comprobar si era lo suficientemente fácil como para prepararla de comida para los clientes si al final se decidía a ampliar los horarios de la cocina ese invierno. Fue a la cocina y empezó a sacar los ingredientes, pero luego lo guardó todo y abrió una lata de comida preparada de los niños: fideos con albóndigas. Se comió las albóndigas y dejó los fideos.

Estaba adormilada y cansada y se le ocurrió que, si quería, podía irse a la cama. Nadie necesitaba que lo arropara, no tenía que hacer nada en casa, ni nadie con quien hablar. Así que se duchó, se puso un pijama de franela, porque las dos últimas noches había hecho frío y, con un sentimiento de abuelita decadente, estaba en la cama poco después de las siete.

Horas después, una horrible explosión la despertó de un sueño tan profundo que, por un momento, se quedó en blanco y no sabía dónde estaba ni qué estaba haciendo, y se quedó en la cama parpadeando en medio de la oscuridad. Entonces, se despejó lo suficiente como para ver el reloj, aunque descubrió que los números rojos digitales no estaban. Se había ido la luz.

– Maldita sea -murmuró, porque el reloj no tenía batería, lo que significaba que tendría que levantarse a buscar el pequeño reloj de viaje a pilas que hacía años que tenía porque, si no, por la mañana no se despertaría. Eso, o quedarse sentada en la cama hasta que volviera la luz. Se quedó en la cama pensando si aquel ruido habría sido algún transformador que había explotado, lo que explicaría lo de la luz. O quizá había sido un rayo.

Y entonces oyó más ruidos, distintos al anterior porque la casa no tembló. No eran tan fuertes y eran más rápidos, con un pequeño eco. Se oían muchos. Cate deseó que pararan, tenía mucho sueño…

Y, de repente, abrió los ojos como si le hubieran pegado una bofetada y el mundo hubiera dado un vuelco. «¡Dios mío, eso son balas.»

Oyó cristales rotos en la habitación de los niños. Saltó de la cama y empezó a buscar a tientas la linterna que siempre tenía en la mesita de noche por si los niños la necesitaban en mitad de la noche. La mano rozó la mesita y la tiró al suelo; cayó con un ruido seco y rodó por el suelo.

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