Al Amparo De La Noche
- Автор: Ховард Линда
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
Apostaría a que todos estaban en casa, calentitos en la cama. No, mejor dicho, apostaba a que estaban en casa, apostaba por el éxito de su plan a juzgar por lo que descubría observando a la gente y a su habilidad para leerles la mente.
– Date prisa -susurró con la radio pegada a la boca.
– Ya me estoy dando prisa -susurró Billy. Estaba debajo del puente colocando detonadores en los paquetes de explosivos que habían robado de una obra en construcción hacía unos meses. A Teague le gustaba estar preparado; nunca sabías cuándo tendrías que hacer volar algo por los aires. Billy tenía que ir con mucho cuidado porque las rocas que había debajo del puente estaban mojadas y resbalaban; un paso en falso y la poderosa corriente lo arrastraría a una muerte segura.
Lentamente, Billy salió de debajo del puente y fue desenrollando la mecha que llevaba en la mano. Teague podía haber utilizado detonadores a distancia pero, por experiencia, sabía que no eran tan fiables y, además, podían dispararse accidentalmente. Mal asunto. Colocar la mecha llevaba tiempo, un tiempo durante el cual Creed podía marcharse pero, como casi todo lo demás en esta vida, utilizar mecha era una decisión personal y Teague la había tomado.
Su sobrino Blake estaba apostado en la posición de disparo más cercana, con el visor infrarrojo acoplado al rifle de caza. En cuanto Billy le entregara la mecha a Teague, iría a ocupar la siguiente posición de disparo.
Su primo Troy estaba junto al poste de electricidad más cercano, esperando la señal de Teague. Como Trail Stop era tan pequeño y estaba tan aislado, la compañía eléctrica y la del teléfono compartían los postes. Troy cortaría primero los cables de la electricidad, luego los del teléfono y luego Teague volaría el puente.
Creed se quedó de pie en el porche de Neenah, con el puño levantado y listo para llamar a la puerta. Estaba tan nervioso que, en lugar de conducir, había ido hasta su casa a pie, que estaba a unos cien metros del colmado, y con una casa en medio, pero los cien metros no habían servido para relajar la tensión que sentía.
No había llamado a la puerta porque sabía que la asustaría mucho. ¡Qué diablos! Seguramente lo había oído pisar el porche con la delicadeza de un toro y había huido corriendo por la puerta trasera. Hizo una mueca. ¿Qué diantre le pasaba? ¿Se había pasado la vida deslizándose sigilosamente tras las líneas enemigas y por aquellas montañas y ahora, de repente, se le olvidaba todo?
Claro que sabía qué le pasaba. Era haber descubierto, de forma repentina y cruel, que Neenah podía haber muerto el miércoles y no solo no habría podido hacer nada por salvarla sino que, además, ella habría muerto sin saber lo que él sentía. Creed habría tenido que vivir el resto de su vida sabiendo que no se había lanzado y que ahora era demasiado tarde. Todas las excusas que se había estado dando a lo largo de los últimos años, todas muy buenas, de repente parecían sencillamente pobres. Cal tenía razón. Era un cobarde de mierda.
Creed había tenido miedo antes; todo buen soldado había tenido miedo. Había vivido situaciones tan tensas que incluso había llegado a pensar que su esfínter jamás volvería a relajarse, pero nunca en su vida se había quedado petrificado sin saber qué hacer.
Intentó calmarse. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Que Neenah lo rechazara, nada más.
Y aquella sola idea bastó para que le entraran ganas de dar media vuelta y salir corriendo. Podía rechazarlo. Podía mirarlo y decir: «No, gracias», como si estuviera rechazando un chicle. Al menos, si no se lo preguntaba, no tendría que enfrentarse a la realidad de que ella no lo quería.
Mierda. Joder. Mierda. Respiró hondo y llamó a la puerta… con suavidad.
Los segundos de silencio se hicieran tan eternos que Creed tuvo que reprimir un grito de desesperación. Las luces de la casa estaban encendidas, ¿por qué no abría la puerta? Quizá lo había visto en el porche tanto rato y no quería hablar con él. Pero, ¿por qué no iba a querer? No era nada para ella; Creed se había asegurado de ello evitándola durante muchos años. Nunca le había dicho nada, excepto unas cuantas palabras educadas las pocas veces que había ido al colmado.
Qué diablos. Volvió a llamar.
– Un momento -se oyó a lo lejos, y Creed escuchó unos pasos que se acercaban.
A medio metro de la puerta, Neenah se detuvo y preguntó:
– ¿Quién es?
Seguramente, era la primera vez que preguntaba eso antes de abrir la puerta, al menos en Trail Stop, pensó Creed, y le repugnaba la idea de que Neenah hubiera visto amenazada su seguridad.
– Joshua Creed.
– Dios mío -la oyó decir para ella misma; luego giró la llave y abrió la puerta.
Se estaba preparando para acostarse. Llevaba un camisón blanco y una bata azul con un cinturón atado a la cintura. Creed siempre la había visto con el pelo castaño canoso recogido con un pañuelo, cosa que le parecía muy antigua, o en un moño. Pero ahora lo llevaba suelto, recto y liso alrededor de la cara y encima de los hombros.
– ¿Sucede algo? -preguntó ella, algo nerviosa, al tiempo que se apartaba para dejarlo entrar. Cerró la puerta tras él.
– Acabo de enterarme de lo que pasó el miércoles -dijo él, algo seco, y observó cómo el rostro de Neenah perdía toda expresión. Ella cerró los ojos y se encerró en sí misma; a Creed se le encogió el corazón cuando vio que Cal tenía razón, no lo estaba llevando demasiado bien y no tenía en quien apoyarse. Pensó que Neenah llevaba mucho tiempo sola, algo muy extraño porque todos en Trail Stop la consideraban una amiga. Ella ya estaba aquí cuando él se retiró del ejército y había cambiado muy poco a lo largo de los años. Por lo que él sabía, no salía con nadie. Llevaba el colmado, a veces visitaba a alguna amiga y, por la noche, volvía sola a casa. Y eso era todo. Esa era su vida.
– ¿Estás bien? -le preguntó, con un hilo de voz que no parecía propio de él. Antes de poder evitarlo, alargó la mano y le apartó el pelo para ver el moretón de la sien derecha.
Ella se estremeció y Creed pensó que quizá se apartaría, pero no lo hizo.
– Estoy bien -respondió Neenah de forma automática, como si hubiera dado esa misma respuesta muchas veces.
– ¿Seguro?
– Claro que sí.
Él se acercó un poco más y deslizó la mano por su espalda.
– ¿Por qué no nos sentamos? -sugirió, acompañándola hacia el sofá.
Creed no podría decirlo con seguridad, porque el salón estaba iluminado por dos pequeñas lámparas, pero diría que Neenah se había sonrojado. «
– Lo siento, debería haber… -se detuvo e hizo ademán de sentarse en una silla pero, con un sutil movimiento de cuerpo, Creed lo evitó y la condujo hasta el sofá. Neenah se dejó caer en el cojín del medio, como si, de repente, las piernas le hubieran flaqueado.
Creed se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que, si se movía un poco, su muslo rozaría el de Neenah. No lo hizo porque, de repente, recordó que había sido monja.
¿Significaba eso que era virgen? Empezó a sudar, porque no lo sabía. No es que fuera a acostarse con ella esa misma noche ni nada de eso pero, ¿alguna vez la había tocado algún hombre? ¿Nunca había salido con nadie, ni siquiera de adolescente? Si era inexperta, Creed nos quería hacer nada que pudiera asustarla pero, ¿cómo diantre se suponía que tenía que averiguarlo?
¿Y por qué había dejado la orden religiosa? Lo único que sabía de las monjas era cuando de pequeño te decían: «Te llevaremos a una casa de monjas», pero que no significaba nada en concreto. Bueno, de pequeño había visto un par de capítulos de La novia rebelde, pero todo lo que aprendió fue que cuando el empuje supera el peso, uno consigue volar. Menuda ayuda.