Al Amparo De La Noche
- Автор: Ховард Линда
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
Cualquier intento de huida tendría que producirse en el lado izquierdo, donde había menos casas. En ese lado, las montañas eran prácticamente infranqueables pero, antes de empezar el baile, tenía la intención de explorarlas él mismo y buscar posibles vías de escape. Seguro que esta gente conocía el terreno; quizá había alguna mina abandonada que atravesaba la montaña. Si existía, quería saberlo.
El próximo paso era localizar a Joshua Creed.
Capítulo 13
Cuando Teague abrió la puerta del porche de la pensión y entró en el comedor, lo asaltó un delicioso aroma a bollería recién hecha. Se detuvo y respiró hondo. La sala era grande, pero estaba llena de mesas pequeñas y de gente, aunque también había quien estaba de pie en el pasillo con una taza de café en una mano y una magdalena en la otra pero claro, no es que hubiera muchas sillas libres.
Echó un vistazo a su alrededor y reconoció una o dos caras que le resultaban familiares. A una incluso podía ponerle nombre: Walter Earl, el propietario de la ferretería del pueblo. Eso significaba que Earl también podría ponerle nombre a la cara de Teague, así que tenía que tener mucho cuidado con lo que decía y hacía y, cuando se desarrollara la operación, no podía permitir que nadie del pueblo lo viera.
El murmullo de las conversaciones se detuvo cuando se advirtió su presencia y todo el mundo se lo quedó mirando, sin ningún disimulo. Algunos incluso se giraron en la silla para mirarlo. Seguramente, la visita de los dos chicos de ciudad había hecho saltar las alarmas, aunque en los pueblos nadie disimulaba su interés por los extraños.
Pero el interés desapareció enseguida. Seguro que los chicos de ciudad creían que eran dos tiburones en una piscina de peces de colores, aunque enseguida descubrieron que esos peces también mordían. Teague, en cambio, parecía uno de ellos, porque lo era. Llevaba botas viejas, vaqueros gastados después de muchos años de uso y una vieja camisa de franela para combatir el aire frío que se había levantado. En la cabeza llevaba una gorra verde que ya tenía unos cuantos años. Podría haber sido cualquiera de ellos.
Entró en el comedor una mujer con una bandeja llena de magdalenas y mantequilla que dejó en una mesa, y después sirvió un plato con magdalenas a cada persona mientras que la mantequilla quedó en la mesa grande. Cada mesa ya disponía de un surtido de mermeladas y jaleas. Cuando pasó junto a Teague, sonrió y dijo:
– Enseguida estoy con usted.
A juzgar por la descripción de Goss, supo que era la propietaria. Era curioso que Toxtel y Goss le hubieran dado descripciones tan distintas. Toxtel había encogido los hombros y había dicho: «No es nada del otro mundo. Pelo castaño, ojos marrones. Normal». Goss, en cambio, había sonreído y había dicho: «Tiene un buen culo, como el de una atleta. Redondo y musculoso. Cuerpo esquelético, excepto por el culo. Como una corredora, quizá. Pelo largo y ondulado y una boca graciosa que dan ganas de besar». Toxtel había chasqueado la lengua, pero Goss lo había ignorado. Los distintos puntos de vista decían tanto de cada hombre como de la propietaria de la pensión.
Se llamaba Cate Nightingale. Un nombre curioso. ¿Qué clase de apellido era Nightingale? Teague había hecho sus averiguaciones y había descubierto que no era de aquí. ¿Cómo había terminado en Trail Stop? Si no había nacido allí, ¿por qué había venido a ese pueblo? Con la escasa actividad que había seguro que apenas llegaban a fin de mes, porque ofrecían servicios a la comunidad y a los ranchos de alrededor, pero seguro que no ganaban mucho dinero. De todos modos, para la gente que nacía aquí, esto era su casa y algunos se habían quedado cuando el sentido común decía que lo mejor era marcharse.
Cuando la mujer terminó de repartir las magdalenas, se le acercó:
– ¿Qué le apetece? ¿Una magdalena o sólo una taza de café?
Tenía una voz bonita. No parecía de esas personas que se quedan lo que no es suyo, pero no era su problema.
Como si hubiera recordado los buenos modales de repente, Teague se quitó la gorra y se la guardó en el bolsillo trasero de los vaqueros.
– Eh… Estaba buscando a Joshua Creed, pero esas magdalenas tienen buena pinta. Una, por favor, y un café.
– Perfecto -la mujer miró a su alrededor-. Siéntese donde quiera; aquí somos bastante informales. Pregunte a cualquiera sobre el señor Creed y, si alguien no sabe quién es, otro seguro que sí.
Él asintió y ella dio media vuelta y entró en la cocina, donde Teague vio a otra mujer trabajando. Sin embargo, ni rastro de ningún niño y, por experiencia, Teague sabía que un niño se hacía notar. Si había alguno, seguramente era mayor, estaba en el colegio y volvería por la tarde.
En una de las mesas había un grupo que, por su ropa, se veía que eran extranjeros. «Escaladores», se dijo, y parte de la conversación que oyó confirmó sus sospechas. Además, a juzgar por como iban vestidos, hoy no iban a escalar. ¿Volvían a casa? El fin de semana acababa de empezar, pero igual tenían otra reserva en otro sitio. Se dijo que, al salir, tendría que mirar si tenían el equipaje en el coche.
Se acercó a la mesa donde estaba Walter Earl e inclinó la cabeza a modo de saludo.
– Disculpen la interrupción -dijo-, pero, ¿alguno de ustedes sabe dónde puedo encontrar a Joshua Creed?
– ¿No le conozco? -preguntó Walter Earl con una expresión de desconcierto.
Teague fingió intentar recordar su cara.
– Quizá. Su cara me resulta familiar. Me llamo Teague -mentir no habría servido de nada, porque puede que Earl hubiera recordado su nombre real.
Walter relajó la cara.
– Claro. Ha entrado en la ferretería una o dos veces, ¿verdad?
Una, para comprar balas, pero en estos lugares la gente solía quedarse con las caras de aquellos que no veían cada día.
– Sí -admitió Teague. Quizá era bueno que el viejo lo recordara; eso lo situaría como un conocido a ojos de los demás.
– Josh está de caza con un cliente -dijo Walter-. Se fue el lunes, ¿no? -miró a los demás para confirmar ese dato.
Sus compañeros de mesa asintieron.
– Exacto -dijo otro hombre-, aunque no recuerdo cuándo dijo que volvía.
– Pero será hoy o mañana; normalmente, hace salidas de cuatro o cinco días. Dice que es lo máximo que aguanta a la mayoría.
– En ese caso, a este tendría que haberlo devuelto ayer -dijo otro hombre, y todos se rieron.
Teague también sonrió, para unirse al grupo.
– ¿Tan malo era?
– Digamos que se creía el rey del mambo, ¿no es verdad, Cate? -dijo Walter mientras la señora Nightingale se acercaba con la magdalena y el café de Teague.
– ¿El qué?
– El último cliente de Josh, el que estuvo aquí el lunes, que era muy majo.
Ella se rió.
– Sí, mucho. Lo que más me gustó fue la clase de geografía que nos dio -se volvió hacia Teague-. ¿Dónde quiere sentarse?
– Me quedaré de pie -respondió él mientras cogía el plato y la taza-. Gracias, señora.
Ella sonrió y se alejó. Teague vio cómo comprobaba el nivel de café de las tazas de los clientes, luego fue hasta la cafetera, cogió la jarra y volvió a pasearse por el comedor rellenando las tazas. Como Teague era un hombre, no pudo evitar mirarle el culo. Como Goss había dicho, estaba muy bien.
– Cate es un encanto -dijo Walter y Teague se volvió y descubrió que todos los hombres de la mesa lo estaban mirando con distintos niveles de agresividad. Se mostraban muy protectores con ella.