Al Amparo De La Noche
- Автор: Ховард Линда
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Al Amparo De La Noche». Краткое содержание книги:
…Los llevará a una arriesgada aventura. Calvin Harris es un hombre solitario que realiza tareas de mantenimiento en el hostal de Cate Nightingale. Secretamente enamorado de la protagonista, la ayuda en todo lo que puede para que ella y sus hijos puedan vivir sin apuros económicos. Sin embargo, el destino lo obligará a demostrar su callada valentía para salvar a sus vecinos de un horrible fin. Escapa con Cate bajo el amparo de la noche, para obtener la ayuda que necesitan y así deshacerse de los invasores. Y quizá a través de esta verdadera odisea para contactar con el pueblo más cercano, la mujer a la que ama descubra el verdadero héroe que hay en él.
Cal fue a la pensión de Cate a por una magdalena y un café, sólo para verla moverse entre los clientes y oír su voz. Su madre se había llevado a los gemelos a su casa unos días, algo que despertaba sentimientos contradictorios en Cal. Por un lado, los echaba de menos. Pero, por el otro, en los tres años que hacía que conocía a Cate, era la primera vez que los niños no estaban cerca de ella, la primera oportunidad real que tenía para establecer algún tipo de conversación más profunda, eso si era capaz de enlazar más de dos palabras seguidas sin tartamudear ni sonrojarse como un tonto.
Mientras le servía la magdalena, Cate apenas lo miró aunque, cuando él la miró, vio que se había sonrojado y que parecía nerviosa. Cal quería que se fijara en él, pero no quería incomodarla. Eso no podía ser bueno, ¿no?
La comunidad entera sabía de sus sentimientos, y les divertían. Además, todos estaban de su lado, a pesar de que Cal les había advertido que dejaran de sabotear de forma deliberada las tuberías, la electricidad, el coche de Cate y cualquier otra cosa que se les pudiera ocurrir para que estuvieran juntos, como si tener la cabeza bajo su fregadero y el culo en pompa fuera a despertar su interés. Además, todas esas pequeñas «averías» la ponían todavía más nerviosa y la pobre ya tenía suficiente sin la ayuda de nadie. Por el amor de Dios, era una viuda joven con gemelos de cuatro años intentando sacar adelante una vieja pensión en el medio de la nada.
Cuando Cal estaba seguro de que una de esas averías era obra de un pequeño sabotaje, como cuando Sherry aflojó la tuerca del desagüe del fregadero, Cal no aceptaba el dinero de Cate. Y aún cuando se trataba de una avería real, le cobraba sólo los gastos. Quería que el negocio le fuera bien; no quería que cerrara la pensión y volviera a Seattle. Si no tuviera que ganarse la vida de alguna forma, no le habría cobrado nada. Teniendo en cuenta lo pequeña que era la comunidad, había mucho trabajo; se había convertido en el hombre que solucionaba cualquier problema que pudiera surgir en el pueblo. Siempre se le había dado bien trabajar con las manos y, aunque lo suyo era la mecánica, había descubierto que podía reparar el alféizar de una ventana o instalar una puerta mosquitera tan bien como cualquiera. Neenah le había pedido que le puliera la vieja bañera de hierro fundido, así que leyó cómo hacerlo y supuso que, a partir de ahora, también sería pulidor de bañeras.
Menudo trabajo para un hombre que se había pasado gran parte de su vida con un rifle en las manos.
Aquello le recordó el motivo por el cual tenía que llamar a Creed.
Los dos formaban un dúo perfecto, pensó con una sonrisa. Les ponían un arma en la mano, les decían dónde estaba el enemigo y reaccionaban con la precisión de los relojes suizos. Sin embargo, si tenían delante una mujer que les gustaba, ninguno de los dos era capaz de encontrarse el culo con las dos manos y una linterna. Creed era todavía peor que Cal; al menos, Cal tenía un motivo para esperar porque Cate todavía se estaba recuperando de la muerte de su marido. Tres años de espera eran muchos, pero el dolor necesitaba su tiempo, incluso después de haberse rehecho y haber vuelto a sonreír, se había protegido con un muro que la separaba de cualquier posible pretendiente. Cal lo entendía y, como consideraba que el premio valía la pena, había esperado. Su paciencia se había visto recompensada y ahora aquella pared mostraba algunas grietas, y él estaba más que dispuesto a ayudar a derribarla.
En cambio, cuando se trataba de la mujer por la que Creed bebía los vientos, el hombre más duro que Cal había conocido en su vida resultaba ser un cobarde.
A las diez de la noche, cuando Cal consideró que Creed podría sacrificar unas horas de descanso, lo llamó. Y le saltó el contestador automático.
– Comandante, soy Cal. Llámame. Es importante -se imaginó a Creed frunciendo el ceño mientras escuchaba el mensaje y decidir si lo cogía o no. Normalmente, Creed ignoraría una llamada hasta que estuviera listo para responder, por eso Cal había añadido el «Es importante», para despertar su curiosidad. Creed sabía que había pocas cosas en el mundo que Cal consideraba importantes; si estaba en casa, lo llamaría dentro de unos minutos.
Cal esperó la llamada, pero el teléfono no llegó a sonar.
Mierda. Era posible que, después de cinco días cazando, Creed hubiera ido a la ciudad a reponer provisiones para tenerlas listas para el siguiente cliente. Las cosas pequeñas podía comprarlas en Trail Stop, pero para volver a preparar una excursión de caza larga tenía que ir a un lugar más grande. Incluso podía estar reunido con otro cliente, aunque Cal lo dudaba. Creed casi nunca enlazaba dos salidas de caza. Ofrecía sus servicios de guía a unos precios estratosféricos para poder permitirse la solitaria pero lujosa vida que llevaba; demasiadas salidas no le habrían permitido disfrutar de esa vida. Lo irónico era que, cada vez que subía sus tarifas, más gente demandaba sus servicios. Creed rechazaba trabajos a destajo y eso, a su vez, parecía que lo hacía más deseable y la gente que lo contrataba optaba por llamarlo antes y más a menudo.
Como Cal le había dicho un día, el éxito era un círculo vicioso, a lo que Creed le había respondido que hiciera algo que era anatómicamente imposible. Cal le respondió que, aunque el miembro de Creed puede que fuera lo suficientemente flexible y fláccido para hacer eso, el suyo no lo era y, a partir de ahí, la conversación llegó a un punto en que incluso dos antiguos marines curtidos en mil batallas hicieron una mueca de asco.
Después de esperar todo lo que pudo, Cal se marchó para seguir con su trabajo: sustituir una tabla del escalón del porche de la señora Box. Cuando terminó allí, ayudó a Walter a colgar una nueva estantería en la ferretería. Y, después, volvió a su casa, encima del colmado, miró el contestador automático y vio que Creed todavía no le había devuelto la llamada.
Neenah estaba moviendo sacos de grano por la tienda y, a pesar de que era más fuerte que la mayor parte de mujeres, Cal le pidió que le dejara hacerlo a él. A veces, no tenía tiempo de levantar las pesas que tenía en la habitación, así que levantar sacos de veinte kilos le ayudaba a estar en forma.
Desde el episodio de los dos hombres en casa de Cate, Neenah había estado callada y retraída. Normalmente ya era tranquila y callada, pero muy simpática. Cal sospechaba que ese día fue la primera vez que había experimentado la violencia en primera persona y la había dejado muy alterada. Estaba intentando llevarlo sola y como podía, aunque Cal no creía que debiera ser así, pero él no era la persona adecuada para ayudarla.
Ya era de noche cuando Creed llamó y Cal estaba enfadado.
– Ya era hora -le soltó.
Creed hizo una pausa y Cal se imaginaba cómo debía estar entrecerrando los ojos y apretando lo dientes.
– Joder, me he pasado seis días con el mayor cabrón a este puto lado de las Rocosas -dijo, al final-. Se suponía que tenía que marcharse ayer, pero el muy hijo de puta se torció un tobillo y tuve que llevarlo a cuestas cinco putos kilómetros hasta el campamento base, luego tuve que sujetarle la mano de mierda hasta que pude llevarlo al hospital para que le hicieran una radiografía y subirlo hasta un puto avión para su casa a las cinco de la tarde. ¿Así que qué coño es tan importante?
A lo largo de los años, Cal y otros miembros del equipo habían aprendido a calibrar el estado de ánimo de Creed a partir de la cantidad de tacos que decía en una sola frase. Y viendo los que acababa soltar, estaba a punto de matar a alguien
– Dos hombres asaltaron a Neenah y a Cate -dijo Cal-. Hace un par de días.
El silencio al otro lado de la línea era oscuro y frío; después, tranquilo, Creed preguntó: