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Электронная книга - «Un Amor Escondido». Краткое содержание книги:

Para escandalizar a la estricta, mojigata y puritana sociedad en la que vive, Catherine Ashfield, vizcondesa Bickley, acaba de ayudar a una amiga en la publicación de un manual para las damas que subvierte todas las normas del decoro. Nunca pensó que esta diversión fuera a perjudicarla, obligándola a abandonar Londres en compañía de un atractivo protector.
Su guardián es Andrew Stanton, el mejor amigo de su hermano, un plebeyo.
Pero, sin saberlo, está obligando a la hermosa e independiente Catherine, que reniega del amor, a reconsiderar su posición. Así los secretos, pasiones y un amor escondido están convirtiendo al hombre que ha prometido proteger a la vizcondesa, en el más dulce de los peligros…
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Antes de que Catherine pudiera tomar aliento, el señor Stanton apareció ante sus ojos.

– ¿Puedo acompañarlas, señoras?

– Por supuesto, señor Stanton -dijo Genevieve con una deslumbrante sonrisa-. Una fiesta deliciosa, ¿no le parece?

– Sin duda. Estoy disfrutando inmensamente.

– Está usted siendo muy sociable, señor Stanton -dijo Catherine, encantada al comprobar lo fría que sonaba su voz en contraste con el calor que la abrasaba-. Diría que ha hablado usted con todas las personas de la sala.

– Sólo intentaba animar un poco la velada.

– Estábamos hablando de la competición -dijo Genevieve, cuyos ojos se mostraron llenos de un interés inocente.

La certeza por parte de Catherine de que la temperatura que alimentaba el calor de sus mejillas no podía subir ni un grado más resultó incorrecta, y lanzó una mirada represiva a su amiga, mirada que Genevieve ignoró alegremente.

– ¿De la competición? -repitió el señor Stanton-. ¿En relación a los eventos deportivos?

Genevieve negó con la cabeza.

– En relación a los asuntos del corazón. ¿Sería tan amable de darnos su opinión?

La mirada del señor Stanton se posó entonces en Catherine y la atractiva mirada de sus ojos oscuros la paralizó. Luego, Andrew volvió su atención para incluir a Genevieve en su respuesta.

– Identificar al contrincante -dijo- y superar su estrategia.

– Excelente consejo -dijo Genevieve, asintiendo de modo aprobatorio-. ¿No estás de acuerdo, Catherine?

Catherine tuvo que tragar saliva dos veces para encontrarse la voz.

– Ejem, sí.

– La música está a punto de dar comienzo -dijo Genevieve-. ¿Conoce usted los pasos de nuestros bailes campestres, señor Stanton?

– Pasablemente.

– ¿El vals?

El señor Stanton sonrió.

– Extremadamente bien.

– Excelente. Estoy segura de que no le faltarán parejas. -Genevieve se inclinó hacia delante y bajó la voz en un gesto conspirador-. Las sobrinas del duque muestran un vivo interés por usted.

– ¿Cómo? -dijeron Catherine y el señor Stanton al unísono.

– Las sobrinas del duque. Se las ve muy encaprichadas.

La mirada de Catherine se clavó en el trío de jóvenes damas. Tres miradas fascinadas estaban prendidas del señor Stanton como si fuera una nueva especie de animal exótico. Sintió un calambre desagradable e indeseado que Catherine estaba empezando a reconocer demasiado bien.

El cuarteto de cuerda tocó una serie de arpegios y se lanzó a tocar su primera pieza, un vals.

El señor Stanton se volvió hacia Catherine y le ofreció una formal inclinación de cabeza.

– Ya que nos fue imposible compartir un baile en la fiesta de cumpleaños de su padre, ¿puedo ahora solicitar tal honor?

El sentido común le indicó que bailar con él, dejarse estrechar entre sus brazos, no encajaba en su táctica de «evitar e ignorar». Pero todo lo que había en ella de femenino anhelaba aceptar su oferta. Hacía mucho tiempo que no bailaba. Y deseaba tanto bailar con él…

– Será un placer -dijo.

Posando suavemente los dedos en el antebrazo que le ofrecía el señor Stanton, ambos se dirigieron a la pista de baile. Andrew la hizo girar hasta que ella quedó de cara a él y Catherine tuvo que contener el aliento al ver la expresión de sus ojos. Antes de poder descifrar esa mirada, su mano quedó envuelta en la de él al tiempo que la palma de Andrew se posó con firmeza en la base de su columna y la de ella sobre su ancho hombro. Luego… pura magia.

El salón empezó a girar en un remolino irisado mientras él la guiaba con mano experta alrededor del brillante suelo de la pista. Allí donde la mano de Andrew tocaba su espalda, el calor se expandía por todo su ser, envolviéndola en un ardiente halo, como si estuviera bajo un rayo de sol. Catherine notaba la flexible fuerza de su hombro bajo las yemas de los dedos y placenteros hormigueos ascendían por su brazo desde el imperceptible espacio que encerraban las manos entrelazadas de ambos. El olor del señor Stanton, esa deliciosa mezcla de lino, sándalo y algo más que le pertenecía sólo a él, le llenaba la cabeza, casi mareándola.

Tenía la sensación de flotar sobre la pista, volando entre sus fuertes brazos al tiempo que todo, todos, se desvanecían en un plano secundario salvo aquel hombre cuya mirada en ningún momento se apartó de la suya, cuya expresión embelesada la hacía sentir de algún modo hermosa y más mujer. Femenina y excitante. Joven y despreocupada. Estimulada, con el corazón latiéndole de puro regocijo, infundiéndole una sensación de libertad como no había conocido hasta entonces, obligándola a hacer uso de toda su educación para no echar atrás la cabeza del modo menos apropiado para una dama y simplemente reírse presa de la más pura y absoluta felicidad.

Cuando el señor Stanton finalmente la detuvo, Catherine ni siquiera había reparado en que la pieza había concluido. Durante el espacio de varios segundos, ninguno de los dos se movió y siguieron de pie en la pista cual presas de una danza inmóvil. Errantes jadeos hicieron su aparición entre los labios separados de Catherine, aunque no habría sabido decir si su laboriosa respiración se debía al esfuerzo del baile o a que el hombre seguía tocándola. Al mirarle, le pareció que esos ojos oscuros ocultaban cientos de secretos, miles de pensamientos, y de pronto se vio desesperada por conocer cada uno de ellos.

El aplauso dedicado a los músicos la sacó de su estupor. Andrew la soltó despacio y al instante ella lloró la pérdida de su calor y de su fuerza. Tras serenarse, no sin evidente esfuerzo, aplaudió cortésmente y sonrió al señor Stanton.

– Baila usted muy bien, señor Stanton.

– He encontrado la inspiración en mi encantadora pareja.

– Me temo que estoy tremendamente desentrenada.

– Nada así lo indica. Pero, se lo ruego, considéreme a su disposición si desea poner en práctica sus habilidades.

La tentación que suponía pasar horas disfrutando de la deliciosa sensación de girar alrededor de la pista con él a punto estuvo de abrumarla.

No, volver a bailar con él sería un error más que evidente. Y no haría sino probar de nuevo el fracaso de su táctica de «evita e ignora». Aun así, no tenía el menor deseo de bailar con ningún otro de los presentes.

El sonido de risas femeninas captó su atención y Catherine se volvió. Las tres sobrinas del duque se acercaban en ese instante a ellos con las miradas prendidas en el señor Stanton, cada una de las jóvenes a la espera de una invitación para bailar.

Alarmada, Catherine se dio cuenta de que no sólo no tenía el menor interés en bailar con ningún otro caballero que no fuera el señor Stanton, sino que no deseaba que éste bailara con nadie que no fuera ella. Las anteriores palabras de Andrew resonaron en su cabeza: «Identificar al contrincante y superar su estrategia». Levantó los ojos para mirarle y dijo con suavidad:

– Me temo que me encuentro un poco… acalorada. ¿Le importaría que volviéramos a casa?

Al instante, la preocupación asomó a los ojos de Andrew. A pesar de que la mirada del señor Stanton aguijoneó la conciencia de Catherine, lo cierto es que se sintió tremendamente acalorada.

– Por supuesto que no -fue la inmediata respuesta de Andrew-. Nos vamos ahora mismo.

Catherine intentó por todos los medios pasar por alto el arrebol de placer que la invadió ante la innegable disposición de Andrew, arrebol que nada bueno presagiaba para su estrategia basada en las premisas de «evita e ignora».

Lo intentó, pero fracasó.

Capítulo 11

A menudo el destino sonríe, presentando a la mujer moderna actual la inusual y preciosa oportunidad de obtener el deseo más secreto de su corazón. De encontrarse en tan afortunada y gloriosa circunstancia, debería pronunciar las sabias palabras Carpe Diem y no dudar en aprovechar el día, pues quizá sea su única oportunidad. Ser una mujer de acción, y no de lamentos, pues son las cosas que no hacemos las que nos causan pesar.

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