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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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Volvió a menear la cabeza, esta vez más rápido, su pelo roció agua por la habitación. Envolviéndose una de las mantas alrededor de los hombros, se paró frente al fuego y se secó. Sin embargo, sentía las piernas condenadamente incómodas. Miró de soslayo la puerta. Miranda la había cerrado de golpe tras ella cuando se fue, y dado su presente estado de virginal vergüenza, dudaba que entrase sin tocar.

Se quitó los pantalones con rapidez. El fuego comenzó a calentarlo inmediatamente. Volvió a echar un vistazo a la puerta. Sólo por si acaso, bajó la manta y se la enrolló alrededor de la cintura. De hecho, se parecía bastante a un kilt.

Volvió a pensar de nuevo en la expresión de su cara justo antes de que saliese corriendo de la habitación. Vergüenza virginal y algo más. ¿Era fascinación? ¿Deseo?

¿Y qué había estado a punto de decir? No había sido “debería irme”, que fue lo que en realidad dijo.

Si se le hubiese acercando, le hubiese cogido la cara entre sus manos y susurrado, “Dime”, ¿qué habría dicho ella?

3 DE JULIO DE 1819.

Casi se lo vuelvo a decir. Y creo que lo supo. Creo que él sabía lo que iba a decirle.

CAPÍTULO 11

Turner estaba tan ocupado pensando en cuánto le gustaría tocar a Miranda -en cualquiera y por todas partes- que olvidó por completo que debía estar congelándose el trasero en la otra habitación. Sólo cuando se dio cuenta de que por fin estaba calentito se le ocurrió que ella no lo estaba. Maldiciéndose una y otra vez y diez veces más por ser un idiota, se levantó y caminó a zancadas hacia la puerta que ella había cerrado entre ambos. La abrió de un tirón y profirió otra sarta de maldiciones cuando la vio acurrucada en el suelo, temblando violentamente.

– Pequeña tonta -dijo-. ¿Intentas matarte?

Ella levantó la vista, sus ojos se ensancharon al verlo. Turner recordó de pronto que estaba apenas vestido.

– Mierda -murmuró para sí mismo, entonces sacudió la cabeza con exasperación y tiró de ella hasta ponerla de pie.

Miranda salió de su aturdimiento y comenzó a luchar.

– ¿Qué estás haciendo?

– Devolviéndote algo de sentido común.

– Estoy perfectamente bien -dijo, aunque sus estremecimientos eran la prueba de que mentía.

– Y un cuerno. Me estoy congelando sólo por hablar contigo. Ven junto al fuego.

Ella miró con anhelo las anaranjadas llamas que chisporroteaban en la habitación contigua.

– Sólo si te quedas aquí.

– Bien -dijo él. Cualquier cosa para que entrase en calor. Con un empujón poco amable, la dirigió en la dirección adecuada.

Miranda se detuvo cerca del fuego y extendió las manos hacia delante. Un bajo gemido de felicidad se escapó de sus labios, viajando al otro lado de la habitación y golpeándole directamente en el estómago.

Dio un paso hacia delante, fascinado por la pálida y casi translúcida piel del dorso de su cuello.

Miranda volvió a suspirar, entonces se giró para calentarse la espalda. Se alejó unos centímetros de un salto, sobresaltada al verlo tan cerca.

– Dijiste que te irías -le acusó.

– Mentí. -Turner se encogió de hombros-. No tengo la menor pizca de fe en que te secarás apropiadamente.

– No soy una niña.

Él lanzó un vistazo a sus pechos. Su vestido era blanco, y pegado a su piel como estaba, podía distinguir el oscuro color rosáceo de sus pezones.

– Es obvio que no lo eres.

Los brazos de ella volaron a su pecho.

– Gírate si no quieres que te mire.

Ella lo hizo, pero no antes de quedarse con la boca abierta ante su audacia.

Turner observó su espalda durante un largo rato. Era casi tan adorable como lo había sido su parte delantera. La piel del cuello era de alguna forma hermosa, y unos pocos rizos de su pelo se le habían escapado del peinado y se curvaban debido a la humedad. Olía como rosas humedecidas, y le costó todas sus fuerzas no alargar la mano y deslizarla a lo largo de su brazo.

No, no por su brazo, por sus caderas. O quizás por la pierna. O puede que…

Él respiró de forma entrecortada.

– ¿Ocurre algo? -Ella no se giró, aunque su voz sonaba nerviosa.

– Nada en absoluto. ¿Estás entrando en calor?

– Oh, sí -pero incluso mientras decía aquello, se estremeció.

Antes de que Turner se diese a sí mismo la oportunidad de pensar en ello, alargó la mano y le desabrochó la falda.

De la boca de ella emergió un estrangulado grito.

– Nunca te calentarás con esta cosa pegada a ti como un carámbano. -Comenzó a tirar de la tela hacia abajo.

– No creo que… Sé que… Esto realmente…

– ¿Sí?

– Es una mala idea.

– Probablemente. -La falda cayó al suelo en un montón empapado, dejando a Miranda vestida únicamente con su delgada blusa, la cual se le pegaba como una segunda piel.

– Oh, Dios mío. -Intentó cubrirse, pero obviamente no sabía por donde comenzar. Cruzó los brazos, luego bajó una mano para tapar el lugar donde se unían sus piernas. Entonces debió darse cuenta de que no estaba ni siquiera de cara a él, así que alargó las manos a los lados y las colocó sobre su trasero.

Turner casi esperó a que se lo apretase.

– ¿Podrías, por favor, simplemente irte? -dijo en un mortificado susurro.

Quería hacerlo. Querido Dios, sabía que debía obedecer su petición. Pero sus piernas se negaban firmemente a moverse, y no podía apartar los ojos de la visión de su exquisitamente redondo trasero cubierto por sus esbeltas manos.

Unas manos que temblaban de frío.

Maldijo otra vez, recordando el por qué en un inicio le había arrancado la falda.

– Acércate más al fuego -ordenó.

– ¡Más cerca y me meteré dentro! -Le espetó ella-. Tan sólo vete.

Él retrocedió un paso. Le gustaba más cuando expulsaba fuego.

– ¡Fuera!

Caminó hasta la puerta y la cerró. Miranda se quedó totalmente quieta durante un momento, entonces por fin dejó caer la manta que tenía alrededor de los hombros mientras se arrodillaba ante el fuego.

El corazón de Turner le latió con fuerza en el pecho, tan alto, de hecho, que se sorprendió de que no hubiese delatado su presencia.

Miranda suspiró y se tumbó.

Turner se puso incluso más duro, una proeza que no creía posible.

Ella apartó las pesadas trenzas del cuello y movió la cabeza alrededor lánguidamente.

Turner gimió.

El corazón de Miranda dio un vuelco.

– ¡Bribón! -Escupió, olvidando cubrirse.

– ¿Bribón? -Tuvo que alzar una ceja ante la anticuada palabra.

– Bribón, calavera, demonio, como quieras llamarlo.

– Culpable, me temo.

– Si fueras un caballero, te irías.

– Pero tú me amas -dijo, sin estar seguro de por qué se lo recordaba.

– Eres horrible por sacar ese tema a colación -susurró ella.

– ¿Por qué?

Miranda lo miró con dureza, asombrada de que lo hubiese preguntado.

– ¿Por qué te amo? No lo sé. Ciertamente no lo mereces.

– No -coincidió él.

– De todas maneras, no tiene importancia. No creo que te siga amando -dijo con rapidez. Cualquier cosa para preservar su magullado orgullo-. Tenías razón. Fue un encaprichamiento de colegiala.

– No, no lo fue. Y no dejas de estar enamorada de alguien con tanta rapidez.

Los ojos de Miranda se abrieron como platos. ¿Qué estaba diciendo Turner? ¿Quería su amor?

– Turner, ¿qué es lo que quieres?

– A ti. -Las palabras fueron apenas un susurro, como si a duras penas tuviera el valor suficiente para decirlas.

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