Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Исторические любовные романы » El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 72
Перейти на страницу:

– ¿Qué vamos a hacer?

Le respondió estrellando el hombro contra la puerta.

Miranda se mordió el labio. Eso tenía que doler. Probó una ventana. Cerrada.

Turner volvió a empujar la puerta.

Miranda se deslizó por el costado de la casa e intentó otra ventana. Con un pequeño esfuerzo, se deslizó hacia arriba. Al mismo tiempo, oyó a Turner caer al otro lado de la puerta. Por un momento Miranda consideró gatear a través de la ventana de todas maneras, pero más tarde decidió hacer lo magnánimo y la bajó. Había pasado por un montón de problemas para derribar la puerta. Lo menos que ella podía hacer era dejarle creer que era su caballero de la brillante armadura.

– ¡Miranda!

Ella volvió corriendo al frente.

– Estoy justo aquí. -Se apresuró al interior de la casa y cerró la puerta tras ella.

– ¿Qué diablos estabas haciendo ahí fuera?

– Siendo una persona mucho más amable de lo que podrías imaginar -musitó, deseando en ese momento haber cruzado la ventana.

– ¿Eh?

– Sólo echaba un vistazo -dijo-. ¿Has dañado la puerta?

– No mucho. Aunque el cerrojo de seguridad está roto.

Ella hizo una mueca de dolor.

– ¿Te has hecho daño en el hombro?

– Está bien. -Se quitó el empapado abrigo y lo colgó en un gancho que había en la pared-. Quítate tus… -con un gesto señaló su ligera pelliza-… como sea que llames a eso.

Miranda se colocó los brazos alrededor y negó con la cabeza.

Él le dirigió una mirada impaciente.

– Es un poco tarde para modestias de señorita.

– Podría entrar alguien en cualquier momento.

– Lo dudo -dijo-. Imagino que todos están a salvo y calientes en el estudio de Lord Chester, observando las cabezas que tiene colocadas en la pared.

Miranda intentó ignorar el nudo que se le acababa de formar en la garganta. Había olvidado que Lord Chester era un ávido cazador. Inspeccionó rápidamente la habitación. Turner estaba en lo cierto. No había ningún sobre a la vista. No era probable que nadie tropezara con ellos en breve, y por lo que se veía fuera, la lluvia no tenía intenciones de amainar.

– Por favor, dime que no eres una de esas damas que eligen la modestia por encima de la salud.

– No, claro que no. -Miranda se quitó la pelliza y la colgó en el gancho próximo al de él-. ¿Sabes cómo encender un fuego? -preguntó.

– Siempre que tengamos madera seca.

– Oh, pero debe haber alguna por aquí. Después de todo, es un pabellón de caza -levantó la vista hacia Turner con ojos esperanzados-. ¿No le gusta a la mayoría de los hombres estar calientes mientras cazan?

– Después de que cazan -la corrigió ausentemente mientras buscaba madera-. Y la mayoría de los hombres, Lord Chester incluido, supongo que son lo suficientemente perezosos para preferir el corto viaje de vuelta a la casa principal que esforzarse en encender un fuego aquí.

– Oh -Miranda permaneció quieta por un momento, observando como él se movía por la habitación. Entonces dijo-. Voy a ir a la otra habitación a ver si hay algo de ropa seca que podamos usar.

– Buena idea. -Turner observó su espalda mientras ella desaparecía de su vista. La lluvia le había pegado la camisa al cuerpo, y pudo ver los cálidos y rosados tonos de su piel a través del húmedo material. Sus partes bajas, los cuáles habían estado increíblemente heladas debido a la lluvia, se pusieron calientes y duras con remarcable velocidad. Maldijo y luego se dio en el pie cuando levantaba la tapa de un arcón de madera para buscar madera.

Dios misericordioso, ¿qué había hecho para merecer aquello? Si le hubiesen entregado una pluma y papel y le ordenaran componer la tortura perfecta, nunca hubiese imaginado aquello. Y eso que tenía una activa imaginación.

– ¡Encontré madera aquí!

Turner siguió la voz de Miranda hasta la siguiente habitación.

– Está justo aquí -señaló una pila de leños cerca de una chimenea-. Creo que Lord Chester prefiere usar esta chimenea cuando está aquí.

Turner miró la larga cama con su suave edredón y sus mullidas almohadas. Tenía una verdaderamente buena idea de por qué Lord Chester prefería aquella habitación, y no incluía a la corpulenta Lady Chester. Inmediatamente puso un leño en la chimenea.

– ¿No crees que deberíamos usar la de la otra habitación? -preguntó Miranda. También ella había visto la larga cama.

– Es obvio que esta parece más usada. Es peligroso usar una chimenea sucia. Podría estar atascada.

Miranda asintió lentamente, y él pudo ver que estaba intentando con todas sus fuerzas no parecer incómoda. Continuó buscando ropa seca mientras Turner atendía el fuego, pero todo lo que encontró fueron unas viejas mantas con áspera apariencia. Turner la miró mientras se colocaba una sobre los hombros.

– ¿Cachemir? -dijo él alargando la palabra.

Los ojos de Miranda de abrieron como platos. Él se dio cuenta de que ella no había sido consciente de que la estaba mirando. Sonrió, o en realidad, fue más bien enseñar los dientes. Quizás se sentía incómoda, pero maldita fuese, él también. ¿Creía que era fácil para él? Había dicho que lo amaba, por amor de dios. ¿Por qué demonios había ido y hecho tal cosa? ¿Es que no sabía nada de los hombres? ¿Era posible que no entendiese que esa era la única cosa garantizada para aterrorizarlo?

Él no quería que le confiase su corazón. No quería esa responsabilidad. Había estado casado. Tenía su propio corazón estrujado, pateado y tirado en un quemado montón de basura. La última cosa que quería era custodiar el de otra persona, especialmente el de Miranda.

– Usa el edredón de la cama -le dijo con un encogimiento de hombros. Tenía que ser más cómodo que lo que había encontrado.

Pero ella negó con la cabeza.

– No quiero arrugarlo. No quiero que nadie sepa que estuvimos aquí.

– Mmm, sí -dijo él con crueldad-. Entonces tendría que casarme contigo, ¿no es así?

Pareció tan afligida que él musitó una disculpa. Buen dios, se estaba volviendo en alguien que particularmente no le gustaba. No quería herirla. Sólo quería…

Demonios, no sabía lo que quería. Ni siquiera podía pensar en el futuro más allá de diez minutos, justo en ese momento, no podía concentrarse en otra cosa que no fuese mantener las manos quietas.

Se mantuvo ocupado con el fuego, dejando salir un gruñido satisfecho cuando una diminuta llama amarilla por fin se curvó sobre un leño.

– Tranquila -murmuró, colocando con cuidado una pequeña rama cerca de la llama-. Ahí vamos, ahí vamos… y… ¡sí!

– ¿Turner?

– He encendido el fuego -masculló, sintiéndose un poco tonto por su emoción. Se enderezó y se giró. Ella aún estaba sujetando la raída manta alrededor de sus hombros.

– Te hará poco bien una vez que se empape gracias a tu camisa -comentó él.

– No tengo mucho donde elegir, ¿no?

– Eso depende de ti, supongo. En cuanto a mí, voy a secarme. -Sus dedos fueron hacia los botones de su camisa.

– Quizás debería irme a la otra habitación -susurró ella.

Turner notó que no se había movido ni un centímetro. Se encogió de hombros, y luego se quitó la camisa por entero.

– Debería irme -susurró de nuevo.

– Entonces vete -dijo él. Pero sus labios se curvaron.

Ella abrió la boca como si fuese a decir algo, pero la cerró.

– Yo… -se interrumpió, una mirada de horror cruzó sus facciones.

– ¿Tú qué?

– Debo irme. -Y esta vez lo hizo, dejó la habitación con prontitud.

Turner sacudió la cabeza cuando se fue. Mujeres. ¿Alguien las entendía? Primero decía que lo amaba. Luego decía que quería seducirlo. Y más tarde lo evitaba durante dos días. Ahora parecía aterrada.

1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 72
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)