Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Исторические любовные романы » El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
1 ... 33 34 35 36 37 38 39 40 41 ... 72
Перейти на страницу:

– Oh, Dios mío.

– Y no intentes decirme que es un enamoramiento infantil porque no lo es. Puede que lo fuese en algún momento, pero ya no.

Turner no dijo nada. Sólo se quedó allí sentado como un imbécil y la miró.

– Yo sólo… conozco mi corazón, y te quiero, Turner. Y si tienes la más mínima pizca de decencia, dirás algo, porque he dicho todo lo que posiblemente podía decir, y no puedo soportar el silencio y… oh, ¡Por amor de Dios! ¿Vas a parpadear al menos?

Él ni siquiera fue capaz de hacer aquello.

CAPÍTULO 10

Dos días más tarde, Turner parecía seguir estando algo aturdido.

Miranda no había intentado hablar con él, ni siquiera se le había acercado, pero de vez en cuando lo pillaba mirándola con expresión insondable. Sabía que lo había agitado puesto que él ni siquiera tenía la presencia de ánimo de apartar la mirada cuando sus ojos se encontraban. Sólo se la quedaba mirando fijamente durante un largo momento, entonces parpadeaba y se apartaba.

Miranda seguía esperando que en algún momento asintiese.

No obstante, se las habían arreglado para no estar en el mismo lugar al mismo tiempo durante la mayor parte del fin de semana. Si Turner salía a cabalgar, Miranda exploraba el invernadero. Si Miranda daba un paseo por los jardines, Turner jugaba a las cartas.

Realmente civilizados. Muy adultos.

Y, pensaba más de una vez, totalmente desgarrador.

No se veían en las comidas. Lady Chester se enorgullecía de sus habilidades como casamentera, y puesto que era impensable que Turner y Miranda se involucraran románticamente, no los sentaba cerca. Siempre estaba rodeado por un grupo de jóvenes y preciosas jovencitas, y Miranda la mayoría de las veces se veía relegada a hacer compañía a viudas de la tercera edad. Suponía que Lady Chester no tenía muy buena opinión sobre su habilidad para atrapar un marido deseable. En cambio, Olivia estaba siempre sentada con tres extremadamente atractivos y ricos hombres, uno a su derecha, otro a su izquierda, y otro al otro lado de la mesa.

Miranda aprendió bastante sobre los remedios caseros para la gota.

Lady Chester, sin embargo, había dejado las parejas al azar para uno de sus planeados eventos, y aquél era su búsqueda anual del tesoro. Los invitados debían buscar en equipos de dos. Y puesto que el objetivo de cada invitado era casarse o embarcarse en un escarceo (dependiendo, por supuesto, del estatus marital de cada uno), cada equipo estaría formado por un hombre y una mujer. Lady Chester había escrito los nombres de sus invitados en trocitos de papel y luego había puesto todas las damas en una bolsa y a los caballeros en otra.

En aquel momento estaba metiendo la mano en una de aquellas bolsas. Miranda sintió deseos de vomitar.

– Sir Anthony Waldove y… -Lady Chester introdujo la mano en la otra bolsa-. Lady Rudland.

Miranda soltó el aire, sin darse cuenta hasta ese momento de que había estado conteniendo el aliento. Haría cualquier cosa por ser emparejada con Turner, y cualquiera para evitarlo.

– Pobre mamá -le susurró Olivia al oído-. Sir Anthony Waldove es bastante lerdo. Será ella la que tenga que hacer todo el trabajo.

Miranda se llevó un dedo a los labios.

– Nos puede oír.

– El señor William Fitzhugh y… la señorita Charlotte Gladdish.

– ¿Con quién deseas formar pareja? -le preguntó Olivia.

Miranda se encogió de hombros. Si no era asignada a Turner, realmente no importaba.

– Lord Turner y… -el corazón de Miranda dejó de latir-…Lady Olivia Bevelstoke. ¿No es dulce? Llevamos haciendo esto cinco años, y este es nuestro primero equipo hermano-hermana.

Miranda comenzó a respirar otra vez, sin estar segura de si estaba decepcionada o aliviada.

Olivia, sin embargo, no tenía dudas de sus sentimientos.

– ¡Quel desastre! -musitó, en su típicamente chapurreado francés-. Todos esos caballeros, y me toca con mi hermano. ¿Cuándo será la próxima ocasión en que se me permita vagar por ahí sola con un caballero? Es una pena, te lo digo, una pena.

– Podría ser peor -dijo Miranda pragmática-. No todos los caballeros que están ahí son, eh, caballeros. Al menos sabes que Turner no intentará violarte.

– Es poco consuelo, te lo aseguro.

– Livvy…

– Shhh, acaban de nombrar a Lord Westholme.

– Y en cuanto a las damas… -Lady Chester estaba emocionada-. ¡La señorita Miranda Cheever!

Olivia le dio un codazo.

– ¡Qué suerte!

Miranda sólo se encogió de hombros.

– Oh, no actúes como una mujerzuela -la reprendió Olivia-. ¿No crees que es divino? Daría mi pie izquierdo por estar en tu lugar. Dime, ¿por qué no cambiamos lugares? No hay reglas contra eso. Y después de todo, Turner te gusta.

Sólo que demasiado, pensó Miranda con tristeza.

– ¿Y bien? ¿Lo harás? ¿A menos que también le hayas echado el ojo a Lord Westholme?

– No -contestó Miranda, intentando no sonar consternada-. No, claro que no.

– Entonces hagámoslo -dijo Olivia excitada.

Miranda no sabía si debía aprovechar la oportunidad o correr a su habitación y esconderse en el armario. De cualquier forma, no tenía ninguna buena excusa para negarse a la petición de Olivia. Livvy ciertamente querría saber por qué no quería estar a solas con Turner. ¿Y entonces qué diría ella? ¿Es sólo que le dije a tu hermano que lo amaba, y temo que me odie? ¿No puedo estar a solas con Turner porque temo que intente violarme? ¿No puedo estar a solas con él porque me temo que podría intentar violarle?

El pensamiento la hizo querer reír.

O llorar.

Pero Olivia la estaba mirando expectante, en aquella Oliviana manera que había perfeccionado a la edad de, oh, tres años, y Miranda se dio cuenta de que en realidad no importaba lo que dijese o hiciese, iba a terminar siendo la pareja de Turner.

No es que Olivia fuese una mimada, aunque quizás lo era un poco. Era sólo que cualquier intento por parte de Miranda para eludir el asunto se encontraría con una pregunta tan precisa y tan persistente que era probable que terminase revelándolo todo.

Punto en el que tendría que huir del país. O al menos, encontrar una cama donde esconderse. Durante una semana.

Así que suspiró. Y asintió. Y pensó en la parte buena y en días mejores, y dedujo que ninguno era visible.

Olivia le cogió la mano y le dio un apretón.

– Oh, Miranda, ¡gracias!

– Espero que a Turner no le importe -dijo Miranda con cautela.

– Oh, no le importará. Probablemente se pondrá de rodillas y dará gracias por no tener que pasar la tarde entera conmigo. Opina que soy una mocosa.

– No es verdad.

– Sí que lo es. A menudo me dice que debería ser más como tú.

Miranda se giró sorprendida.

– ¿En serio?

– Ajá. -Pero la atención de Olivia había regresado a Lady Chester, quien estaba completando la tarea de unir hombres y mujeres. Cuando hubo finalizado, los hombres se levantaron para buscar a sus compañeras.

– ¡Miranda y yo hemos intercambiado lugares! -exclamó Olivia cuando Turner se acercó a su lado-. ¿No te importa, no?

– Claro que no -dijo.

Pero Miranda no hubiese apostado siquiera un cuarto de penique a que estaba diciendo la verdad. Después de todo, ¿qué otra cosa podía decir él?

Lord Westholme llegó poco después, y aunque fue lo suficientemente educado como para intentar ocultarlo, parecía encantado con el cambio.

Turner no dijo nada.

Olivia le lanzó a Miranda un perplejo ceño, el cual Miranda ignoró.

1 ... 33 34 35 36 37 38 39 40 41 ... 72
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)