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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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Cuando finalmente abrió los ojos, lo vio mirándola, y él le tocó la boca, junto a la comisura que se había estado curvando hacia arriba.

– ¿Qué te ha tenido tan absorta? -murmuró, con su voz cargada de satisfacción.

Miranda evitó su mirada, avergonzada por la dirección de sus pensamientos.

– Nada importante -murmuró-. ¿Aún llueve?

– No lo sé -contestó, y se levantó para echar un vistazo por la ventana.

Miranda empujó las sábanas sobre su cuerpo desnudo, deseando no haber preguntado por el tiempo. Si había dejado de llover, tendrían que volver a la casa principal. Seguramente, a esas alturas ya les habían echado de menos. Podrían afirmar que habían buscado refugio bajo la lluvia, pero aquella excusa sonaría falsa si no volvían tan pronto como aclarara el tiempo.

Turner volvió a colocar las cortinas en su sitio y se giró para estar frente a ella, y Miranda contuvo el aliento ante la pura y masculina belleza de él. Había visto dibujos de estatuas en los muchos libros de su padre, e incluso había poseído una miniatura de la estatua de David en Florencia. Pero nada se comparaba al hombre vivo de pie ante ella, y bajó la vista al suelo, temiendo que el mero hecho de verlo volviera a seducirla.

– Aún llueve -dijo sereno-. Pero se está despejando. Deberíamos limpiar nuestro, eh, desorden, así estaremos listos para irnos en el momento en que se despeje.

Miranda asintió.

– ¿Podrías alcanzarme mi ropa?

Alzó una ceja.

– ¿Modestia ahora?

Ella asintió. Quizás era algo tonto, después de su comportamiento lascivo, pero no era tan sofisticada como para levantarse desnuda de la cama con alguien más en la habitación. Ladeó la cabeza hacia la falda, que estaba todavía sobre el suelo en un montón.

– ¿Podrías, por favor?

La recogió y se la tendió. Aún estaba húmeda en algunos sitios puesto que Miranda no se había preocupado de ponerla extendida, pero había estado lo suficientemente cerca del fuego, no sería tan horrible. Se vistió con rapidez y arregló la cama, apretando con cuidado y tensando bien las sábanas, en la forma en que había visto hacerlo a las doncellas en casa. Fue un trabajo más duro de lo que esperaba, con eso de tener la cama contra la pared.

Cuando por fin tanto ellos como el pabellón estuvieron presentables, la lluvia se había diluido hasta convertirse en una vaga llovizna.

– Supongo que nuestras ropas no se mojarán mucho más de lo que ya están -dijo Miranda mientras sacaba la mano por la ventana para evaluar la lluvia.

Él asintió, y se pusieron en camino de vuelta a la casa principal. No dijo nada, y Miranda tampoco fue capaz de romper el silencio. ¿Qué iba a pasar ahora? ¿Tenía que casarse con ella? Debería, por supuesto, si era el caballero que siempre había pensado que era, lo haría, pero nadie sabía que ella había sido comprometida. Y él la conocía lo suficientemente bien como para no preocuparse de que se lo contara a alguien para atraparlo en matrimonio.

Quince minutos después, se encontraban justo delante de los escalones que conducían a la puerta principal de Chester House. Turner hizo una pausa y miró a Miranda, sus ojos serios y decididos.

– ¿Estarás bien? -preguntó amablemente.

Ella parpadeó varias veces. ¿Por qué le estaba preguntando eso ahora?

– No podremos hablar una vez estemos dentro -explicó Turner.

Ella asintió, tratando de ignorar la sensación de desazón de su estómago. Algo no iba del todo bien.

Él se aclaró la garganta y tiró del cuello como si la corbata estuviese demasiado apretada. Se volvió a aclarar la garganta, y volvió a hacerlo una tercera vez.

– Me notificarás si surge alguna situación por la que debamos actuar con rapidez.

Miranda asintió una vez más, intentando discernir si aquello había sido una afirmación o una pregunta. Un poco de ambas, decidió. Y no estaba segura de por qué eso importaba.

Turner respiró hondo.

– Necesitaré algo de tiempo para pensar.

– ¿En qué? -preguntó, antes de tener la oportunidad de pensarlo mejor. ¿No debería ser todo simple ahora? ¿Qué quedaba por debatir?

– Sobre mí mismo, principalmente -dijo, con la voz ligeramente ronca, y quizás un poco distante-. Pero te veré dentro de poco, y lo arreglaré todo. No tienes de qué preocuparte.

Y entonces, puesto que Miranda estaba harta de esperar, y harta de ser tan malditamente conveniente, dejó escapar.

– ¿Vas a casarte conmigo?

Porque por Dios, era como si el hombre estuviese hablando a través de la niebla.

Él pareció sorprendido por la estridente pregunta de ella, pero aún así, dijo bruscamente.

– Por supuesto. -Y mientras Miranda esperaba el júbilo que sabía que debería sentir, él añadió-. Pero no veo razón para apurarnos a menos que se nos presente una razón de peso.

Ella asintió y tragó saliva. Un bebé. Quería casarse con ella sólo si había un bebé. Lo haría pasase lo que pasase, pero cuando a él le pareciese.

– Si nos casamos ahora mismo -dijo-, sería obvio que tenemos que hacerlo.

– Que tienes que hacerlo -musitó Miranda.

Él se inclinó hacia delante.

– ¿Umm?

– Nada. -Porque sería humillante volver a decirlo. Porque ya era humillante el haberlo dicho una vez.

– Deberías entrar -dijo él.

Asintió. Se estaba volviendo una experta en asentir.

Siempre un caballero, Turner inclinó la cabeza y cogió el brazo de Miranda. Entonces la condujo al salón y actuó como si no tuviese nada por lo que preocuparse.

3 DE JULIO DE 1819

Y después de que pasó eso, no volvió a dirigirme la palabra ni una sola vez.

CAPÍTULO 12

Cuando al día siguiente Turner regresó a casa, se retiró a su estudio con un vaso de brandy y la mente enturbiada. La fiesta en la casa de Lady Chester no estaba programada para terminar hasta dentro de unos días, pero se había inventado una historia acerca de unos asuntos urgentes que tenía que tratar con sus abogados en la ciudad y se había retirado antes. Estaba bastante seguro de poder comportarse como si nada hubiera pasado, pero no estaba tan seguro de si Miranda podría. Era inocente al menos lo había sido y no estaba acostumbrada a ese tipo de fingimientos. Y en consideración a su reputación, todo debía aparecer escrupulosamente normal.

Lamentaba no haber tenido ocasión de explicarle las razones para su partida prematura. No pensaba que ella pudiera sentirse ultrajada; después de todo, le había dicho que necesitaba un tiempo para pensar. También le había dicho que contraerían matrimonio; seguramente no pondría en duda sus intenciones por tomarse unos pocos días para cavilar acerca de su inesperada situación.

No se le escapaba la enormidad de sus actos. Había seducido a una joven dama soltera. Una que verdaderamente le gustaba y a la cual respetaba. Una a la que su familia adoraba.

Para un hombre que no tenía deseos de volverse a casar, era evidente que no había estado pensando con el cerebro.

Gimiendo, se hundió en un sillón y recordó las reglas que él y sus amigos habían establecido unos años atrás cuando habían dejado Oxford para sumergirse en los placeres de Londres y la alta sociedad. Sólo eran dos. No involucrarse con damas casadas, a no ser que fuera extremadamente obvio que a su marido no le importaba. Y por sobre todas las cosas, nada de vírgenes. Nunca, nunca, nunca seducir a una virgen.

Nunca.

Tomó otro trago de su bebida. Buen Dios. Si necesitaba una mujer, había docenas que hubieran sido más convenientes. La adorable y joven condesa viuda había estado frecuentándolo bastante agradablemente. Katherine hubiera sido la amante perfecta, y no habría habido necesidad de casarse con ella.

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