El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever
- Автор: Куинн Джулия
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
Y aquello era lo peor, porque en toda su vida, incluso con una mejor amiga que era más guapa, más rica, y que tenía mejores conexiones que ella, Miranda nunca había deseado estar con nadie más que con quien estaba.
En toda su vida, Turner había hecho cosas de las que no estaba orgulloso. Había bebido demasiado y vomitado sobre una alfombrilla valiosa. Había apostado dinero que no tenía. E incluso una vez había montado su caballo con demasiada dureza y poco cuidado y había dejado al caballo cojo durante una semana.
Pero nunca se había sentido tan rastrero como mientras miraba el perfil de Miranda, dirigido de forma tan decidida hacia la ventana.
Tan decididamente lejos de él.
No habló durante un largo momento. Dejaron atrás Londres, atravesando las afueras donde los edificios se volvieron más escasos y lejanos entre sí, y finalmente alcanzaron el ondulado campo abierto.
Ella no lo miró ni una vez. Lo sabía. La había estado mirando.
Y por eso, por fin, puesto que no podía tolerar otra hora más de silencio, ni podía llegar a plantearse qué era exactamente lo que significaba aquel silencio, habló.
– No pretendía insultarte, Miranda -dijo en voz suave-, pero sé cuando algo es una mala idea. Y tener un lío amoroso contigo es una idea extremadamente mala.
Ella no se giró, pero le oyó decir:
– ¿Por qué?
La miró, incrédulo.
– ¿En qué estás pensando, Miranda? ¿No te importa nada tu reputación? Si corren rumores sobre nosotros, estarás arruinada.
– O tendrías que casarte conmigo -dijo con voz baja y socarrona.
– Lo que no tengo intención de hacer. Lo sabes. -Juró en voz baja. Dios santo, aquello estaba saliendo todo mal-. No quiero casarme con nadie. -Explicó-. Y eso también lo sabes.
– Lo que yo sé -le devolvió ella con rapidez, los ojos con destellos de evidente furia- es que… -y entonces se paró, cerrando con fuerza la boca y cruzándose de brazos.
– ¿Qué? -exigió él.
Ella volvió a girarse hacia la ventana.
– No lo entenderías. -Y luego agregó-. Ni me escucharías.
Su tono despectivo fue como si tuviese uñas arañándole bajo la piel.
– Oh, por favor. La petulancia no te pega.
Ella se giró con rapidez.
– ¿Y cómo debería actuar? Dime, ¿cómo se supone que me tengo que sentir?
Los labios de él se curvaron.
– ¿Agradecida?
– ¿Agradecida?
Él se sentó hacia detrás, su cuerpo entero era una prueba viva de insolencia.
– Podría haberte seducido, ¿sabes? Con facilidad. Pero no lo hice.
Ella jadeó y se echó hacia detrás, y cuando habló, su voz fue baja y letal.
– Eres odioso, Turner.
– Sólo estoy diciéndote la verdad. ¿Y sabes por qué no hice más? ¿Por qué no retiré el camisón de tu cuerpo, te acosté y te tomé allí mismo en aquel sofá?
Los ojos de ella se abrieron como platos, y su respiración se volvió audible, y él supo que estaba siendo crudo, grosero, y sí, odioso, pero no podía detenerse, no podía detener su franqueza, porque, maldita fuese, ella tenía que entender. Tenía que comprender quién era él en realidad, y de lo que era y no era capaz de hacer.
Y aquello… aquello. Por ella. Había logrado hacer lo honorable por ella, ¿y no estaba siquiera agradecida?
– Te lo diré -prácticamente siseó-. Me contuve por el respeto que te tengo. Y te diré algo… -se detuvo, perjuró, y ella lo miró interrogante, atrevida, provocadora, como diciendo: ni siquiera sabes lo que quieres decir.
Pero ése era el problema. Lo sabía, y había estado a punto de decir lo mucho que la había deseado. Que si hubiesen estado en cualquier otro lugar que no fuese la casa de sus padres, no estaba seguro de haberse detenido.
No estaba seguro de haber podido detenerse.
Pero ella no necesitaba saber aquello. No lo sabría. No necesitaba aquel poder sobre él.
– Puedes creerlo -musitó, más para sí mismo que para ella-. No quería arruinar tu futuro.
– Mi futuro es cosa mía -contestó enfadada-. Sé lo que hago.
Resopló desdeñoso.
– Tienes veinte años. Te crees que lo sabes todo.
Ella lo miró enfadada.
– Cuando yo tenía veinte, creía que lo sabía todo -dijo él encogiéndose de hombros.
Los ojos de ella se entristecieron.
– Yo también -dijo suavemente.
Turner intentó ignorar el desagradable nudo de culpa que se retorcía en su estómago. Ni siquiera estaba seguro de por qué se sentía culpable, y de hecho, todo aquello era ridículo. No debería sentirse culpable por no tomar su inocencia, y todo lo que logró pensar en decir fue:
– Algún día me darás las gracias por ello.
Lo miró incrédula.
– Suenas igual que tu madre.
– Te estás poniendo hosca.
– ¿Puedes culparme? Me estás tratando como a una niña, cuando sabes muy bien que soy una mujer.
Al nudo de culpabilidad le crecieron tentáculos.
– Puedo tomar mis propias decisiones -dijo desafiante.
– Es obvio que no. -Se inclinó hacia delante, un peligroso centelleo en sus ojos-. O no me habrías dejado bajarte el vestido la semana pasada y besarte los pechos.
Ella se sonrojó con el carmesí profundo de la vergüenza, y su voz tembló con acusación cuando dijo:
– No intentes decir que es culpa mía.
Él cerró los ojos y se pasó ambas manos por el pelo, consciente de que acababa de decir algo muy, muy estúpido.
– Por supuesto que no es culpa tuya, Miranda. Por favor, olvida que he dicho eso.
– Igual que quieres que olvide que me besaste. -Su voz estaba desprovista de toda emoción.
– Sí. -La miró y vio una especie de falta de vida en sus ojos, algo que nunca antes había visto en su cara-. Oh, Dios, Miranda, no te pongas así.
– No hagas esto, haz aquello. -Gritó-. Olvida esto, no olvides aquello. Aclárate, Turner. No sé qué quieres. Y creo que tú tampoco.
– Soy mayor que tú nueve años -dijo con voz imponente-. No me menosprecies.
– Lo siento mucho, su alteza.
– No hagas eso, Miranda.
Y la cara de ella, que había estado tan reservada y gélida, de repente estalló con emoción.
– ¡Deja de decirme lo que tengo que hacer! ¿Alguna vez se te ha ocurrido que yo quería que me besaras? ¿Qué quería que me desearas? Y me deseas, lo sabes. No soy tan tonta como para que puedas convencerme de lo contrario.
Turner sólo pudo mirarla fijamente, susurrando:
– No sabes lo que dices.
– ¡Claro que sí! -Los ojos le centelleaban, y las manos se le curvaron en temblorosos puños, y él tuvo una terrible y horrible premoción de que aquel era el momento. Todo dependía de aquel momento, y supo, sin ni siquiera pensar en lo que ella diría, y en lo que él le contestaría, que no terminaría bien.
– Sé exactamente lo que estoy diciendo -dijo ella-. Te deseo.
El cuerpo de él se tensó, y el corazón le bramó en el pecho. Pero no podía permitir que aquello continuase.
– Miranda, sólo crees desearme -dijo con rapidez-. Nunca has besado a nadie antes, y…
– No me trates con condescendencia. -Sus ojos lo miraron directamente, y estaban ardiendo de deseo-. Sé lo que quiero, y te deseo a ti.
Él aspiró de forma irregular. Se merecía ser santificado por lo que estaba a punto de decir.
– No. No me deseas. Es un encaprichamiento.
– ¡Maldito seas! -explotó-. ¿Estás ciego? ¿Estás sordo, tonto y ciego? ¡No es un encaprichamiento, idiota! ¡Te quiero!
Oh, Dios mío.
– ¡Siempre te he querido! Desde que nos conocimos la primera vez hace nueve años. Te he querido todo este tiempo, cada minuto.