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El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever

Электронная книга - «El Diario Secreto De La Señorita Miranda Cheever». Краткое содержание книги:

A la edad de diez años, Miranda Cheever no mostraba indicios de Gran Belleza. E incluso a los diez, Miranda aprendió a aceptar las expectativas que la sociedad tenía para ella… hasta la tarde en que Nigel Belvestoke, el guapo y gallardo vizconde Turner, besó su mano solemnemente y le prometió que un día ella se convertiría en ella misma, que un día sería tan hermosa como inteligente.
E incluso a los diez años, Miranda supo que lo amaría para siempre.
Turner siempre ha considerado a Miranda como de la familia. Tras un desastroso matrimonio, Turner sabe que el amor que pudiera sentir lo destruyeron las infidelidades de su difunta esposa.
Pero a pesar de su cinismo, Turner se sorprende a sí mismo al darse cuenta del incontrolable deseo que Miranda empieza a despertar en él.
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Matrimonio.

Lo había intentado una vez, cuando poseía un corazón romántico y estrellas en los ojos, y lo había destruido. Era realmente gracioso. En el matrimonio, las leyes de Inglaterra le daban absoluta autoridad al marido, pero nunca se había sentido con menos control de su vida que cuando había estado casado.

Leticia había enterrado su corazón en la tierra y lo había convertido en un hombre colérico y desalmado. Se alegraba de que hubiera muerto. Se alegraba. ¿En qué clase de hombre lo convertía eso? Cuando el mayordomo lo había encontrado en su estudio, y vacilando le informó que había habido un accidente, y que su esposa estaba muerta, Turner ni siquiera se había sentido aliviado. El alivio al menos hubiera sido una emoción inocente. No, el primer pensamiento de Turner había sido…

Gracias a Dios.

Y sin importar que tan despreciable pudiera haber sido Leticia, sin importar cuantas veces hubiera deseado no haberse casado nunca con ella, ¿no debería haber sentido algo más caritativo ante su muerte? ¿O al menos, aunque sea algo que no fuera tan enteramente poco caritativo?

Y ahora… y ahora… Bueno, la verdad era que no deseaba casarse. Era lo que había decidido cuando habían traído el cuerpo roto de Leticia a la casa, y fue lo que volvió a ratificar cuando estuvo ante su tumba. Había tenido una esposa. No deseaba otra. Al menos no en un futuro cercano.

Pero a pesar de los mejores esfuerzos de Leticia, aparentemente no había matado todo lo que era bueno y correcto en él, porque aquí estaba, planeando casarse con Miranda.

Sabía que era una buena mujer, y sabía que nunca lo traicionaría pero, Dios querido, sí que podía ser testaruda. Turner la recordó en la tienda de libros, asaltando al propietario con su retículo. Ahora se convertiría en su esposa. Le correspondería a él mantenerla apartada de los problemas.

Maldijo y tomó otro trago. No deseaba esa clase de responsabilidad. Era demasiado. Sólo deseaba descansar. ¿Era eso pedir demasiado? Un descanso de tener que pensar en alguien más que no fuera él mismo. Un descanso de tener que preocuparse, de tener que proteger su corazón de otro golpe.

¿Era eso ser demasiado egoísta? Probablemente. Pero después de Leticia, se merecía un poco de egoísmo. Ciertamente, era necesario.

Pero por otra parte, el matrimonio podría traer algunos beneficios oportunos. Con sólo pensar en Miranda, comenzó a cosquillearle la piel. En la cama, debajo de él. Y luego cuando comenzó a imaginarse lo que podría traer el futuro…

Miranda. De vuelta en la cama. Y otra vez en la cama. Y otra vez en la cama. Y otra vez…

¿Quién lo hubiera pensado? Miranda.

Matrimonio. Con Miranda.

Y razonó, apurando el resto de la bebida, realmente le gustaba más que casi todo el resto de las personas. Era ciertamente más interesante y más amena para conversar que cualquiera de las otras damas de la alta sociedad. Si uno debía tener una esposa, probablemente bien podría ser Miranda. Era una maldita mejor visión que cualquier otra.

Se le ocurrió que no estaba enfocando este asunto de una manera terriblemente romántica. Necesitaría más tiempo para pensarlo. Tal vez debería irse a la cama con la esperanza de que su mente estuviera más clara por la mañana. Con un suspiro, dejó el vaso en la mesa y se puso de pie, luego lo pensó mejor y volvió a levantar el vaso. Otro brandy bien podría ser justo lo que necesitaba.

A la mañana siguiente, a Turner le latía la cabeza, y seguramente su mente no estaba más dispuesta a lidiar con el asunto que tenía entre manos de lo que lo había estado la noche anterior. Por supuesto, todavía planeaba casarse con Miranda… un caballero no comprometía a una dama de buena cuna sin pagar las consecuencias.

Pero odiaba el sentimiento de estar siendo apresurado. No le importaba que este enredo fuera enteramente culpa suya; necesitaba sentir que había solucionado todas las cosas a su propia satisfacción.

Fue por eso que, cuando bajó a desayunar, la carta de su amigo Lord Harry Winthrop fue una distracción muy bienvenida. Harry estaba considerando comprar una propiedad en Kent. ¿Le apetecía a Turner ir y darle un vistazo para ofrecerle su opinión?

Turner había partido en menos de una hora. Era sólo por unos pocos días. Se haría cargo de Miranda a su regreso.

A Miranda no le importó demasiado que Turner abandonara la fiesta antes de tiempo. De haber podido ella hubiera hecho lo mismo. Además, podía pensar más claramente en su ausencia, y aunque realmente no había mucho que debatir se había comportado de forma contraria a cada principio por los cuales había sido educada, y si no se casaba con Turner, estaría deshonrada para siempre, al menos era un pequeño alivio sentirse parcialmente con el control de sus emociones.

Unos días después cuando regresaron a Londres, Miranda tenía plena esperanza de que Turner diera la cara inmediatamente. Realmente no tenía intención de atraparlo en el matrimonio, pero un caballero era un caballero y una dama era una dama, y cuando ambos se juntaban, en general lo que seguía era un matrimonio. Él lo sabía. Y había dicho que se casaría con ella.

Y seguramente querría hacerlo. Se había sentido profundamente conmovida por la intimidad compartida… él debía haber sentido algo también. El sentimiento no podía haber sido unilateral, al menos no completamente.

Cuando le preguntó a Lady Rudland dónde estaba él, se las arregló para conservar un tono casual, pero su madre le respondió que no tenía ni la menor idea, sólo sabía que había dejado la ciudad. A Miranda se le cerró el pecho, y murmuró: “Oh” o “Ya veo” o algo así, antes de subir corriendo las escaleras para meterse en su habitación, donde lloró tan silenciosamente como pudo.

Pero pronto asomó su lado optimista, y decidió que tal vez había sido llamado para ocuparse de una emergencia en los asuntos de la heredad. Había un largo camino hasta Northumberland. Seguramente estaría fuera al menos por una semana.

Una semana llegó y pasó, y en el corazón de Miranda creció la frustración de la mano de la desesperación. No podía preguntar por su paradero nadie de la familia Bevelstoke se percataba de que tenían una estrecha relación, Miranda siempre había sido considerada amiga de Olivia, no de Turner y si preguntaba repetidamente dónde estaba él, se vería sospechoso. Y no hacía falta decir que Miranda no tenía una razón lógica para ir en persona a la morada de Turner a preguntar por él. Eso arruinaría completamente su reputación. Al menos ahora su deshonra todavía era un asunto privado.

Sin embargo cuando pasó otra semana, decidió que ya no podía soportar estar en Londres por más tiempo. Se inventó una enfermedad para su padre y les dijo a los Bevelstoke que debía regresar a Cumberland inmediatamente para cuidarlo. Todos estaban terriblemente preocupados, y Miranda se sintió algo culpable cuando Lady Rudland insistió en que viajara en el carruaje con dos criados y una doncella.

Pero tenía que hacerlo. No podía permanecer en Londres ni un minuto más. Era demasiado doloroso.

Unos pocos días después, estaba en casa. Su padre estaba perplejo. No sabía mucho acerca de mujeres jóvenes, pero le habían asegurado que todas querían temporadas en Londres. Pero lo traía sin cuidado; ciertamente Miranda nunca había sido una molestia. La mitad del tiempo ni siquiera se daba cuenta de que ella estaba allí. Así que le palmeó la mano y regresó a sus preciados manuscritos.

En cuanto a Miranda, casi se convenció a sí misma de que estaba contenta de estar de regreso en su hogar. Había extrañado los prados verdes y el aire puro de los Lagos, el sereno trajinar del pueblo, la costumbre de levantarse y acostarse temprano. Bueno, tal vez eso no… sin compromisos y sin nada que hacer, dormía hasta el mediodía y se quedaba despierta hasta tarde en la noche, garabateando furiosamente en su diario.

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