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La chica del tambor

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La chica del tambor
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Manteniendo todav�a la barbilla apoyada en la palma de la mano, Charlie se dej� llevar por su humor. Esboz� una cansada sonrisa, levant� la otra mano, formando pu�o y, para ordenar la muerte de la langosta, apunt� con el pulgar el suelo, en el movimiento de los c�sares. Charlie dijo:

-�Diles que la maten con la menor violencia posible.

Luego, Charlie cogi� una mano de Joseph y la oprimi� con las dos suyas, pidiendo as� disculpas por su triste humor. Joseph sonri�, y dej� que Charlie jugara con su mano. Era una mano bonita, con dedos delgados y �giles, y con m�sculos muy fuertes. Joseph dijo: -Y el vino que te gusta, Boutaris, blanco y fr�o. �No fue esto lo que me dijiste?

�S� -pens� Charlie, mientras contemplaba c�mo la mano de Joseph efectuaba su solitario viaje de retroceso-. Esto es lo que dije. Lo dije hace diez a�os, cuando nos conocimos en aquella rara isla griega�. Joseph dijo:

-�Despu�s te llevar�, en mi calidad de tu Mefist�feles particular, a la cumbre de una alta monta�a, y te ense�are un lugar que en belleza es el segundo del mundo. �Est�s de acuerdo? �Una excursi�n misteriosa?

Charlie tom� un sorbo de whisky y dijo: -Quiero ver el lugar m�s bonito del mundo. Pl�cidamente, Joseph contest�: -Nunca concedo primeros premios.

��Sacadme de aqu�! -pens� Charlie-. �Despedid al autor del gui�n! �Dadme un nuevo papel!�

A continuaci�n, Charlie puso en pr�ctica un truco social, directamente copiado de Rickmansworth:

-��Y qu� has hecho durante estos �ltimos d�as, Joseph? Adem�s de ansiar mi llegada, como es natural.

Joseph soslay� la contestaci�n. Contrariamente, pidi� a Charlie que le hablara de sus �ltimos d�as, de su viaje y de su grupo de amigos. Joseph sonri� cuando Charlie le habl� de la providencial ayuda, mediante un taxi, que le prest� el chico hippy que no mencion� a Jes�s. Joseph le pregunt� si hab�a recibido noticias de Alastair, y se mostr� cort�smente apenado de que no las hubiera recibido. Riendo despreocupadamente, Charlie dijo:

-�Alastair nunca escribe.

Joseph le pregunt� qu� papel, a su juicio, hab�an ofrecido a Alastair en la nueva pel�cula, y Charlie contest� que a su juicio era un papel en un spaghetti western, lo que pareci� muy gracioso a Joseph. Era una expresi�n que jam�s hab�a o�do y pidi� a Charlie que se la explicara. Despu�s de beberse el whisky, Charlie comenz� a pensar en la posibilidad de que fuera atractiva para Joseph. Mientras Charlie le hablaba de Al, tuvo la impresi�n de que, con sus propias palabras, abr�a en su vida espacio para otro hombre. Charlie dijo:

-�De todas maneras, albergo esperanzas de que Al tenga �xito. Lo dijo como si quisiera significar que quiz� el �xito compensara a Al de otros disgustos.

Pero incluso mientras Charlie efectuaba estos avances hacia Joseph, volvi� a sentirse atormentada por su sensaci�n de actuar mal. Era una sensaci�n que a veces experimentaba en plena actuaci�n teatral, cuando una escena no se desarrollaba debidamente: los acontecimientos se suced�an por separado, aisladamente, y en una sucesi�n fr�a. La l�nea de los parlamentos era muy delgada, muy recta. Charlie pens�: �Es cuesti�n de tiempo.� Meti� la mano en su bolsa de viaje, y de ella extrajo una cajita de madera de olivo que entreg� a Joseph, por encima de la mesa. Joseph la cogi� porque se la ofrec�an, pero, en el primer instante, no la consider� un regalo. Divertida, Charlie advirti� una moment�nea ansiedad, incluso suspicacia, en el rostro de Joseph, cual si un factor imprevisto amenazara con transformar sus planes. Charlie le dijo:

-�Tu obligaci�n es abrir la caja.

Para divertir a Charlie, Joseph se llev� la cajita al o�do, y la sacudi� levemente. Dijo:

-��Qu� es? �Pido que traigan un cubo de agua?

Joseph emiti� un suspiro, como si temiera lo peor, levant� la tapa de la caja y contempl� los arrugados papeles de seda que hab�a dentro. Dijo:

-�Charlie, �qu� es esto? Estoy totalmente desorientado. Insisto en que lo devuelvas inmediatamente al lugar en que lo has encontrado.

-��Vamos, adelante, hombre! Deshaz uno de los paquetitos.

Joseph levant� una mano, y Charlie contempl� c�mo la mano quedaba quieta, en alto, como si estuviera sobre su propio cuerpo, y c�mo luego descend�a sobre uno de los paquetitos, que conten�a la concha de color rosado que Charlie hab�a encontrado en la playa, el d�a en que Joseph se fue. Joseph, solemnemente, dej� la concha sobre la mesa, y extrajo el segundo obsequio, que era una estatuilla de un caballo griego, hecha en Taiwan, comprada en una tienda de souvenirs, que llevaba la palabra Joseph, pintada por la propia Charlie en la grupa. Sosteni�ndolo con las dos manos, Joseph le dio vueltas y m�s vueltas, estudi�ndolo. Charlie dijo:

-�El caballo es macho.

Pero estas palabras no sirvieron para borrar la expresi�n preocupada del rostro de Joseph. Charlie extrajo una fotograf�a en color, enmarcada, tomada con la polaroid de Robert, en la que se ve�a a la propia Charlie de espaldas, ataviada con un caft�n y tocada con un sombrero de paja. Charlie dijo:

-�Y �sta soy yo, haciendo pucheros. Estaba furiosa y me negu� a posar. Pens� que te gustar�a.

La forma en que Joseph expres� su gratitud tuvo una meditativa reticencia que dej� helada a Charlie. Joseph pareci� decir: �Muchas gracias, pero no; gracias, pero en otra ocasi�n ser�; ni Pauly, ni Lucy, ni tampoco t��. Charlie dud�, pero por fin se lo dijo, se lo dijo suave, dulce y directamente:

-�Joseph, no estamos obligados a seguir adelante. Todav�a puedo tomar el avi�n. No quiero que t��

-��Que yo qu�?

-�No quiero que te empe�es en cumplir una promesa precipitada. Esto es todo.

-�No fue precipitada. Te lo dije con toda seriedad.

Ahora le hab�a llegado el turno a Joseph. Sac� un mont�n de folletos de viaje. Sin que Joseph la invitara a ello, Charlie se levant� y fue a sentarse a su lado, poniendo el brazo izquierdo despreocupadamente sobre el hombro de Joseph, de modo que pod�an estudiar conjuntamente los folletos. El hombro de Joseph era duro como una piedra, y tan �ntimo como pueda serlo una piedra, pero, a pesar de todo, Charlie dej� su brazo all�. Delfos, Joseph, maravilloso, s�per. El cabello de Charlie rozaba la mejilla de Joseph. Pensando en Joseph, Charlie se hab�a lavado el cabello anoche. Olimpia: formidable. Meteora: es la primera vez que oigo hablar de este sitio. Las frentes se rozaban. Tesal�nica: �sopla! Los hoteles en que se alojar�an, todo estaba previsto y contratado. Charlie le dio un beso en un p�mulo, junto al ojo, como un peque�o picotazo a un blanco m�vil. Joseph sonri� y oprimi� la mano de Charlie, con el afecto propio de un t�o, de modo que Charlie casi dej� de preguntarse qu� era lo que aquel hombre ten�a, o ella misma ten�a, que le conced�a el derecho a apoderarse de ella, sin siquiera un poco de lucha, sin siquiera una rendici�n. O de d�nde proced�a aquel reconocimiento -e �Hola, Charlie, mucho gusto!�- que hab�a transformado su primer encuentro en una reuni�n de viejos amigos, y la actual reuni�n en una conferencia para organizar su luna de miel.

Charlie pens�: �M�s vale que te olvides de este asunto.� Y, siquiera sin meditar sus palabras, pregunt�:

-��Nunca has llevado un blazer rojo? �De color de vino tinto, con botones de lat�n, y el corte un poco dentro del estilo de moda en los a�os veinte?

Joseph levant� lentamente la cabeza, se volvi� y su mirada se encontr� con la de Charlie, a quien dijo:

-��Lo dices en serio o en broma?

-�Totalmente en serio.

-��Un blazer rojo? �Y a santo de qu� voy a llevar esto? �Es que quieres que vaya a trabajar en un circo?

-�No. Es que te sentar�a bien. Esto es todo.

Joseph todav�a esperaba que Charlie contestara sus preguntas. Charlie, comenzando a encontrar la manera de salir de la situaci�n en que se hab�a metido, dijo:

-�Es que, a veces, veo a la gente a mi manera. La veo desde un punto de vista teatral, en mi imaginaci�n. No conoces a actrices, �verdad? Maquillo a la gente, le pongo barbas, la cambio de mil maneras. Quedar�as pasmado si lo supieras. Tambi�n la visto. Le pongo pantalones de golf, uniformes. Todo en mi imaginaci�n. Es una costumbre.

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