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El castillo de lord Valentine [Lord Valentine's Castle (part I) - es]

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Miles de años después de nuestra era, en el planeta Majipur existe un arcaico imperio feudal en el que, no obstante persisten restos de una avanzada tecnología. En este marco Valentine, un juglar itinerante, descubre a través de sueños y portentos su verdadera identidad: él es Lord Valentine, la Corona. Su cuerpo y su trono han sido ocupados por un usurpador.
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Tras atravesar el territorio de los chimos y los helechos cantores, los viajeros entraron en una región de curioso aspecto, una zona amplia y despejada abundante en praderas en las que se alzaban cientos de negras agujas de granito de aproximadamente un metro de ancho y quizá veinticinco metros de altura, obeliscos naturales producto de un insondable incidente geológico. A Valentine le pareció una región de exquisita belleza. Zalzan Kavol opinó que se trataba simplemente de otro lugar que había que cruzar con rapidez, de camino a las próximas fiestas que precisaran malabaristas. Para Autifon Deliamber, sin embargo, se trataba de algo distinto, de un lugar que daba muestras de posible amenaza. El vroon se inclinó y observó con gran interés los obeliscos a través de las ventanas del vagón.

—Alto —dijo a Zalzan Kavol.

—¿Qué ocurre?

—Quiero comprobar algo. Déjame bajar.

Zalzan Kavol gruñó en señal de impaciencia y tiró de las riendas. Deliamber bajó del vagón. Con los ágiles movimientos deslizantes de sus glutinosos miembros, el mago se acercó a las viejas formaciones rocosas, desapareció entre ellas, se dejó ver de vez en cuando mientras zigzagueaba de pináculo en pináculo.

Cuando regresó, Deliamber tenía un sombrío y receloso aspecto.

—Mirad allí —dijo, señalando—. ¿No veis unas enredaderas, extendidas de una roca a otra, por todas partes? ¿Y unos animalillos que se mueven por las enredaderas?

Valentine apenas distinguió una red de finas y lustrosas líneas rojas extendida sobre los pináculos, diez o quince metros, tal vez más, por encima del suelo. Y… sí, algunas bestias con apariencia de simios se movían como acróbatas de obelisco en obelisco, ágilmente suspendidos de brazos y patas.

—Parecen enredaderas cazapájaros —dijo Zalzan Kavol en voz de asombro.

—Lo son —contestó Deliamber.

—¿Pero por qué esos animales no se quedan pegados? ¿Y qué animales son esos?

—Hermanos del bosque —respondió el vroon—. ¿Los conocías?

—Explícate.

—Causan problemas. Es una tribu salvaje, nativa del centro de Zimroel, que no suele encontrarse tan al oeste. Se sabe que los metamorfos los cazan, para aprovechar la carne como alimento o por deporte, no estoy seguro. Tienen inteligencia, aunque poca, algo superior a la de perros y droles, inferior a la de seres civilizados. Sus dioses son unos árboles, los duikos. Tienen cierta estructura tribal. Conocen el empleo de dardos envenenados, y crean problemas a los viajeros. Su sudor contiene una enzima que los inmuniza contra la pegajosidad de las enredaderas cazapájaros, y que ellos utilizan con muchos fines.

—Si nos molestan —declaró Zalzan Kavol—, los destruiremos. ¡Adelante!

Aquel día, tras cruzar la región de los obeliscos, no hubo más indicios de hermanos del bosque. Pero el día siguiente, Deliamber avistó nuevas hileras de enredaderas cazapájaros en las copas de los árboles, y al cabo de otro día los viajeros, ya introducidos en la reserva forestal, encontraron un grupo de árboles de tamaño auténticamente colosal que, según explicó el mago vroon, eran duikos, sagrados para los hermanos del bosque.

—Esto explica su presencia tan lejos de territorio metamorfo —dijo Deliamber—. Debe tratarse de una partida nómada que se dirige hacia el oeste para rendir homenaje a este bosque.

Los duikos eran imponentes. Había cinco árboles, muy separados en campos que por lo demás estaban desolados. Los troncos, cubiertos de una corteza rojo brillante que crecía en varias capas con profundas fisuras intermedias, tenían un diámetro mayor que el eje longitudinal del vagón de Zalzan Kavol. Y aunque no eran particularmente elevados, treinta metros como mucho, sus poderosas ramas, todas tan gruesas como un árbol ordinario, se extendían tan lejos que legiones enteras podrían haberse refugiado bajo el gigantesco pabellón de un duiko. Las hojas brotaban en tallos tan gruesos como el muslo de un skandar, objetos correosos del tamaño de una casa suspendidos pesadamente, creando una sombra impenetrable. Y de todas las ramas pendían dos o tres frutos amarillos, elefantinos, desiguales e irregulares bolas de tres o cuatro metros de anchura. Una fruta había caído hacía poco, así lo parecía, del árbol más próximo; tal vez en un día de lluvia, cuando el terreno estaba blando, porque su peso había abierto un cráter poco profundo donde yacía la fruta, partida, dejando ver grandes y relucientes semillas negras de muchos ángulos en medio de una pulpa escarlata.

Valentine comprendió por qué esos árboles eran dioses para los hermanos del bosque. Eran monarcas vegetales, arrogantes, autoritarios. Él mismo sintió el deseo de arrodillarse ante los duikos.

—La fruta es gustosa —dijo Deliamber—. Embriagadora, de hecho, para el metabolismo humano y de otras razas.

—¿Para los skandars? —preguntó Zalzan Kavol.

—Para los skandars, sí.

Zalzan Kavol se echó a reír.

—La probaremos. ¡Erfon! ¡Thelkar! ¡Coged trozos de fruta!

—Los talismanes de los hermanos del bosque están enterrados en el suelo delante de los árboles —dijo nerviosamente Deliamber—. Han estado aquí hace poco, y pueden volver. Y si nos encuentran profanando la arboleda, atacarán, y sus dardos matan.

—Sleet, Carabella, montad guardia a la izquierda. Valentine, Shanamir, Vinorkis, aquí. Gritad aunque sólo veáis a uno de esos monos. —Zalzan Kavol señaló a sus hermanos con un ademán—. Coged fruta para todos. Haern, tú y yo defenderemos el vagón desde aquí. Mago, quédate con nosotros.

Zalzan Kavol sacó dos pistolas de energía de un baúl y entregó una a su hermano Haern. Deliamber cloqueó y murmuró en gesto de desaprobación.

—Se mueven como fantasmas, aparecen de repente…

—Ya basta —dijo Zalzan Kavol.

Valentine eligió un puesto de vigilancia a cincuenta metros del vagón, y escudriñó cautelosamente la zona situada más allá de los duikos, el siniestro y misterioso bosque. Esperaba que en cualquier momento volara hacia él un mortífero dardo. Era una sensación desagradable. Erfon Kavol y Thelkar, llevando una gran cesta de mimbre entre los dos, avanzaron hacia la fruta caída, deteniéndose a cada paso para mirar en todas direcciones. Al llegar a la duika, la bordearon con grandes precauciones para alcanzar el lado oculto.

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