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La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
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La cámara que había tras la puerta era oscura, pero la luz se hizo más brillante cuando él entró. Después de cerciorarme de que sólo nosotros nos encontrábamos allí, aproveché esta luz para examinarlo. Tenía la cara todavía inmóvil, como cuando había estado en la antecámara sentado contra la pared, pero ya no era la cosa desprovista de vida que yo había temido. Era, casi, la cara de un hombre a punto de despertar, y las lágrimas le habían dejado unos surcos húmedos en las mejillas.

—¿Me conoces? —le pregunté, y él asintió con un movimiento de cabeza, sin hablar—. Jonas, he de recuperar Terminus Est si es posible. He corrido como un cobarde, pero ahora que he podido recapacitar, veo que tengo que volver a por ella. Mi carta para el arconte de Thrax se encuentra en el bolsillo de la vaina, y de todos modos no podría soportar perderla. Pero si tú quieres intentar escapar en seguida, lo comprenderé. No estás atado a mí.

Él no pareció haber escuchado.

—Sé dónde estamos —dijo, y levantó un brazo rígido apuntando a algo que yo había tomado por un biombo plegable.

Me deleitó oír su voz y, sobre todo porque esperaba que hablara de nuevo, pregunté: —¿Dónde estamos entonces?

—En Urth —respondió, y cruzó la habitación hacia los paneles plegados. En la parte posterior, ahora lo veía, había racimos de diamantes engastados, y estaban esmaltados con los mismos signos retorcidos que había en la puerta. Sin embargo, estos signos no eran más extraños que los movimientos de mi amigo Jonas cuando abrió los paneles. La rigidez que había notado en él un momento antes había desaparecido, pero él no era aún el de siempre.

Fue entonces cuando lo supe. Todos nosotros hemos visto a alguien que ha perdido una mano, como él, y la ha sustituido con un garfio o algún otro dispositivo llevando a cabo tareas para las que hace falta tanto la mano verdadera como la artificial. Tal era el caso de Jonas cuando vi que tiraba de los paneles; pero la mano prostética era la de carne. Cuando lo comprendí, comprendí lo que había dicho mucho antes: el naufragio le había destrozado la cara.

Le dije: —Los ojos… No pudieron cambiarte los ojos, ¿no es verdad? Y por eso te dieron esa cara. ¿Lo mataron también?

Miró a mi alrededor como si hubiese olvidado que me encontraba allí.

—Estaba en el suelo. Lo matamos por accidente, cuando veníamos. Yo necesitaba un par de ojos y una laringe, y tomé algunas otras partes.

—Por eso pudiste aguantarme, a mí, un torturador. Eres una máquina.

—No eres peor que los demás de tu clase. Recuerda que años antes de conocerte me había convertido en uno de vosotros. Ahora soy peor que tú. Tú no me hubieras abandonado, pero yo voy a abandonarte. Ahora tengo la oportunidad que he buscado durante años, yendo de aquí para allá por los siete continentes de este mundo, buscando a los hieródulos y manipulando torpes mecanismos.

Pensé en todo lo que había sucedido desde que le llevara el cuchillo a Thecla, y aunque no atendí a todo lo que había dicho, le repliqué: —Si es tu única oportunidad, vete entonces, y buena suerte. Si alguna vez veo a Jolenta, le diré que llegaste a amarla, y nada más.

Jonas meneó la cabeza.

—¿No lo entiendes? Volveré por ella cuando haya sido reparado. Cuando me encuentre sano y completo.

Entonces penetró en el círculo de paneles, y por encima de su cabeza se encendió una luz brillante.

Cuán estúpido llamarlos espejos. Son a los espejos lo que el firmamento envolvente es al globo de un niño. Es cierto que reflejan la luz; pero eso, creo yo, no es la función que les corresponde. Reflejan la realidad, la sustancia metafísica en que se funda el mundo material.

Jonas cerró el círculo y fue hacia el centro. Durante el lapso de la más breve plegaria, algo de alambres y polvo metálico centelleante danzó en lo alto de los paneles antes de que todo desapareciera y yo me encontrara solo.

XIX — Trasteros

Me encontré solo, y realmente no lo había estado desde que entrara en la habitación de la ruinosa posada de la ciudad y viera sobre las sábanas las anchas espaldas de Calveros. Después siguieron el doctor Talos, más tarde Agia, en seguida Dorcas y por último Jonas. La enfermedad de la memoria me invadió, y vi la marcada silueta de Dorcas, vi al gigante y a los demás como los había visto cuando se nos conducía a Jonas y a mí por el bosquecillo de ciruelos. Por allí pasaron hombres con animales así como otra clase de actores, todos los cuales se dirigían sin duda a esa parte del recinto donde (como Thecla me había contado muchas veces) se representaban los espectáculos al aire libre.

Empecé a registrar la habitación con la vaga esperanza de encontrar mi espada. No estaba allí, y se me ocurrió que probablemente había algún depósito cerca de la antecámara donde se guardaban los efectos de los prisioneros, probablemente en el mismo nivel. La escalera por la que había descendido sólo me llevaría otra vez a la antecámara; la salida de la cámara de los espejos no me condujo más que a otra habitación en la que había almacenados objetos curiosos. Por f n encontré una puerta que se abría sobre un corredor oscuro y silencioso, alfombrado y con cuadros en las paredes. Me puse la máscara y me envolví en mi capa, pensando que aunque los guardias que nos habían atrapado en el bosque parecían desconocer la existencia del gremio, los que pudiera encontrarme en las salas de la Casa Absoluta tal vez no fueran tan ignorantes.

De hecho, nadie me detuvo. Un hombre con rico y elaborado atuendo se hizo a un lado, y varias mujeres hermosas me miraron con curiosidad; contemplando sus caras sentí cómo brotaban en mí recuerdos de Thecla. Por último encontré otra escalera, no estrecha y secreta como la que nos había conducido a Jonas y a mí a la cámara de los espejos, sino de vuelo abierto y de anchos escalones.

Subí algún trecho, inspeccioné el pasillo que había allí hasta cerciorarme de que aún me encontraba por debajo del nivel de la antecámara y seguí subiendo; entonces vi a una mujer joven que bajaba presurosa por las escaleras hacia mí. Nuestros ojos se encontraron.

En ese momento, estoy seguro, ella era tan consciente como yo de que ya antes nos habíamos mirado de ese modo. En mi memoria le oí decir de nuevo: «Mi más querida hermana», con una voz arrulladora, y la cara de forma de corazón apareció de nuevo ante mí. No era Thea, la consorte de Vodalus, sino la mujer que se le parecía (y que sin duda usurpaba su nombre) y con la que me había cruzado en las escaleras de la Casa Azur, mientras yo subía y ella bajaba, como lo hacíamos ahora. Así pues, para la fiesta que iba a organizarse se había convocado tanto a rameras como a artistas.

Descubrí el nivel de la antecámara casi por pura casualidad. Apenas había dejado atrás las escaleras cuando me di cuenta de que me encontraba casi exactamente en el punto donde habían estado los hastarii mientras Nicarete y yo hablábamos junto al carro de plata. Éste era el punto de mayor peligro, por lo que tuve cuidado de caminar despacio. En la pared derecha había una docena o más de puertas, todas ellas con marcos de madera tallada, y todas (como observé cuando me detuve a examinarlas) con marcos de madera labrada, y como vi cuando me acerqué a examinarlas, clavadas a los marcos y selladas con el barniz de los años. La única puerta que había a mi izquierda era la enorme puerta de roble carcomida por la que los soldados nos habían arrastrado a Jonas y a mí. Enfrente estaba la entrada a la antecámara, más allá otra fila de puertas también de madera labrada, y por último otra escalera. Tuve la impresión de que la antecámara había crecido hasta ocupar toda esta ala de la Casa Absoluta.

Si alguien hubiese aparecido, no me hubiera atrevido a detenerme, pero como no había nadie en el pasillo, me aventuré a inclinarme por un momento contra la pilastra de la segunda escalera. Mientras me habían escoltado dos soldados, un tercero llevaba Terminus Esi. Era razonable suponer que mientras Jonas y yo éramos introducidos en la habitación, este tercer hombre se habría encaminado, al menos al principio, a donde se guardaban las armas capturadas. Pero no podía acordarme; el soldado se había quedado atrás cuando descendíamos por los escalones de la gruta, y no había vuelto a verlo. Hasta era posible que él no hubiera venido con nosotros.

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