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La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
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El rocío los sorprendió bajo los árboles del jardín de la princesa, medio cubiertos por las flores. Durante algún tiempo durmieron así, pero cuando la tarde hizo retroceder las sombras de los mástiles, ya estaban despiertos. Entonces la princesa se despidió de la isla y juró que aunque tal vez visitaría todos los países por los que su madre tenía que pasar, nunca regresaría allí, y lo mismo juraron las doncellas trigueras. Quizás eran demasiadas para que el barco pudiera llevarlas; pero así se hizo, y todas las cubiertas fueron verdes como sus vestidos y de oro como sus cabellos. Mucho les acaeció en el camino de regreso a la ciudad de los magos. Tal vez se podría contar cómo echaron sus muertos al mar entre oraciones, y cómo más tarde se les veía de noche en la arboladura; o cómo algunas de las doncellas trigueras se casaron con príncipes que habían pasado tantos años bajo el hechizo de encantamiento que se resistían a abandonar esa vida (en la que habían aprendido mucha magia), príncipes que construyen palacios sobre hojas de nenúfar y raramente son vistos por los hombres.

Pero todo eso no tiene cabida aquí. Baste decir que al aproximarse al acantilado en que se levanta la ciudad de los magos, el estudiante que había engendrado al joven con materia de sueños se encontraba en las almenas esperando a que aparecieran en el mar. Y cuando vio las velas oscuras, tiznadas por el humo de la brea que había cegado al enemigo, las creyó ennegrecidas en señal de duelo por la muerte del joven y se arrojó al vacío, y así pereció. Pues nadie vive mucho tiempo cuando sus sueños han muerto.

XVIII — Espejos

Conforme leía a Jonas este cuento descabellado, alzaba a veces la cabeza y lo miraba, pero no llegué a advertir que la expresión le cambiara alguna vez, aunque no dormía. Cuando hube terminado, dije: —No estoy seguro de comprender por qué el estudiante pensó en seguida que su hijo estaba muerto, cuando vio las velas negras. El barco que enviaba el ogro tenía velas negras, pero sólo venía una vez al año, y ya había venido.

—Lo sé —dijo Jonas. Nunca antes le había notado tanta indiferencia en la voz.

—¿Quieres decir que conoces las respuestas a esas preguntas?

El no contestó, y por unos momentos estuvimos sentados en silencio, yo mirando el libro marrón (que con tanta insistencia me evocaba a Thecla y las tardes que habíamos pasado juntos) y marcando el pasaje con el dedo índice, y él con la espalda apoyada contra la fría pared de la estancia, y con las manos, la metálica y la de carne, caídas a ambos lados como si las hubiera olvidado.

Por fin, una vocecita se aventuró a decir: —Tiene que ser una historia bastante antigua. —Era la niñita que había levantado el panel del techo.

Yo estaba tan preocupado por Jonas que esta interrupción me irritó; un momento, pero Jonas murmuró: —Sí, es una historia muy antigua, y el héroe había dicho al rey, su padre, que si fracasaba regresaría a Atenas con velas negras. —No estoy seguro de lo que significaba esa observación, y tal vez estaba delirando; pero, puesto que fue casi lo último que oí decir a Jonas, creo que he de registrarla aquí, así como he transcrito la fantástica historia que llegó a provocarla.

Durante un rato la niña y yo tratamos de que volviera a hablar. No lo hizo, y al fin desistimos. Pasé el resto del día sentado junto a él, y después de aproximadamente una guardia, Hethor —cuyas pocas luces, como yo había supuesto, fueron pronto agotadas por los prisioneros— se unió a nosotros. Hablé con Lomer y Nicarete, que dispusieron que durmiese en el lado opuesto de la estancia.

Digamos lo que digamos, todos sufrimos a veces de perturbaciones del sueño. Es cierto que algunos apenas duermen, y otros que lo hacen copiosamente juran que no. Algunos se ven inquietados por sueños incesantes, y a unos pocos afortunados suelen visitarlos sueños deliciosos. Algunos dirán que durante algún tiempo durmieron mal, pero que se han «restablecido», como si la consciencia fuera una enfermedad, y quizá lo sea.

En mi caso, normalmente duermo sin tener sueños memorables (aunque en ocasiones los tengo, como sabrá el lector que me haya acompañado hasta aquí), y es raro que despierte antes de la mañana. Pero esa noche dormí de un modo tan diferente que a veces me he preguntado si a eso puede llamársele dormir. Tal vez se tratara de otro estado, parecido al sueño; igual que los alzabos, que cuando han comido carne humana parecen hombres.

Si fue el resultado de causas naturales, lo atribuyo a una combinación de circunstancias desafortunadas. Yo, acostumbrado toda mi vida a trabajos duros y a ejercicios violentos, había estado todo el día recluido y sin nada que hacer. El cuento del libro marrón me había afectado la imaginación, a la que aún estimulaba más el propio libro y sus conexiones con Thecla, así como el conocimiento de que ahora me encontraba dentro de la mismísima Casa Absoluta, de la que ella me había hablado tanto. Tal vez lo más importante era la preocupación por Jonas y la sensación de acabamiento (que a lo largo del día se había acrecentado en mí) me oprimía la mente. Yo me decía que este lugar era el final de mi camino, que nunca llegaría a Thrax, que nunca más volvería a encontrar a la pobre Dorcas, que ni devolvería jamás la Garra ni me desharía de ella, y que el Increado, a quien servía el dueño de la Garra, había decretado que yo, que tantos prisioneros había visto morir, terminara mis días como tal.

Dormí, si así puede decirse, sólo un momento. Tuve la sensación de caerme; un espasmo, el agarrotamiento instintivo de quien es arrojado desde una alta ventana, tiró de mis extremidades. Cuando me incorporé sentándome, sólo vi oscuridad. Oía la respiración de Jonas, y tanteando con los dedos vi que aún seguía sentado, con la espalda apoyada contra la pared. Me eché y volví a dormirme.

O más bien intenté dormir y pasé a ese vago estado que no es sueño ni vela. En otras ocasiones me había parecido agradable, pero no entonces, pues era consciente de la necesidad de dormir y consciente de que no dormía. Sin embargo, no era «consciente» en el sentido habitual del término. Oía tenues voces en el patio de la posada, y presentía de algún modo que pronto repicarían las campanas y sería de día. Mis extremidades volvieron a sacudirse, y me senté.

Por un momento imaginé que había visto el destello de una llama verde, pero no hubo nada. Me había cubierto con mi propia capa; me deshice de ella y en ese instante recordé que estaba en la antecámara de la Casa Absoluta y que había dejado muy atrás la posada de Saltus, aunque Jonas aún se encontraba a mi lado, apoyado de espaldas contra la pared, con la mano buena detrás de la cabeza. El pálido borrón que yo le veía en la cara era el blanco del ojo derecho, aunque respiraba suspirando como si estuviese dormido. Yo me encontraba aún demasiado adormilado para querer hablar, y tenía el presentimiento de que de todas formas no me contestaría.

Volví a echarme, y me rendí a la irritación de ser incapaz de dormir. Pensé en el ganado que era conducido por Saltus y conté las ovejas de memoria: ciento treinta y siete. Luego los soldados subieron desde el Gyoll. El posadero me había preguntado cuántos eran, y yo dije una cifra al azar, pero hasta ahora nunca los había contado. Tal vez él era un espía, o tal vez no.

El maestro Palaemón, que tanto nos había enseñado, nunca nos enseñó a dormir; jamás ningún aprendiz había necesitado aprender a dormir después de un día entero de recados, y de trabajos de limpieza y cocina. Todas las noches durante media guardia alborotábamos en nuestros aposentos y después dormíamos como los ciudadanos de la necrópolis hasta que él venía a despertarnos para que limpiáramos los suelos y quitáramos las aguas sucias.

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