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La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
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Beuzec se había ido. Tras una corta búsqueda descubrí un agujero en la parte trasera que iba a dar al centro hueco de alguna pared. Desde allí tuvo que haberse arrastrado hasta el interior del trastero en busca de un sitio bastante grande como para poder estirar las piernas, y hacia allí había vuelto a huir. Se dice que en la Casa Absoluta estos recovecos están habitados por una especie de lobo blanco que se introdujo allí hace tiempo desde los bosques de alrededor. Quizá cayó presa de estas criaturas; no he vuelto a verlo más.

Esa noche no traté de seguirlo. Volví a poner en su sitio la puerta del trastero y disimulé todo lo que pude los desperfectos de la cerradura. Fue en ese momento cuando me di cuenta de la simetría del pasillo: la entrada a la antecámara en el centro, las puertas selladas a ambos lados, los huecos de las escaleras en los extremos. Si este hipogeo había sido destinado al Padre Inire (como había dicho el mayordomo y como indicaba su nombre) la razón principal había sido sin duda, al menos en parte, esta condición especular. Si así fuera, sin duda habría un segundo trastero debajo de la otra escalera.

XX — Cuadros

¿Pero por qué Odilo no me había llevado allí? No me entretuve en pensarlo mientras corría por el pasillo, y cuando llegué la respuesta era clara. Esa puerta la habían roto hacía tiempo, y no sólo el hueco de la cerradura; estaba toda destrozada, de manera que sólo dos maderos descoloridos que colgaban de las bisagras indicaban que allí había habido una puerta. La lámpara de dentro había desaparecido, abandonando el interior a la oscuridad y las arañas.

Me había vuelto y me había alejado un paso o dos, cuando me detuve, impulsado por esa conciencia del error que tenemos a menudo antes de comprender de algún modo en qué consiste el error. Jonas y yo habíamos sido introducidos en la antecámara al acabar la tarde. Por la noche habían llegado los jóvenes exultantes con sus látigos. A la mañana siguiente, habían capturado a Hethor, y al parecer a esa hora Beuzec había huido de los pretorianos, a los que el mayordomo había dado llaves para que pudieran buscarlo en el hipogeo. Cuando ese mismo mayordomo, Odilo, me había encontrado unos momentos antes, y yo le había dicho que un pretoriano se había llevado Terminus Est, él supuso que yo había llegado durante el día, después de la escapada de Beuzec.

Pero no había sido así, y por tanto el pretoriano que se había llevado Terminus Est no podía haberla puesto en el trastero cerrado bajo la segunda escalera. Regresé de nuevo al trastero de la puerta rota. A la escasa luz que se filtraba desde el pasillo, se alcanzaba a ver que en otro tiempo había habido allí estanterías como en el trastero gemelo. Ahora no había nada, se habían llevado las estanterías para dedicarlas a otro fin y de las paredes sobresalían unos soportes inútiles. No veía ninguna otra cosa, pero también me daba cuenta de que ningún guardia que tuviera que hacer una inspección entraría de buen grado en ese lugar de polvo y telarañas. Sin molestarme en meter la cabeza, tanteé alrededor de la jamba de la puerta rota, y con una mezcla indescriptible de triunfo y de familiaridad, sentí que mi mano estaba cerca de la querida empuñadura.

Volvía a ser un hombre entero. O más bien, algo más que un hombre: un oficial del gremio. Allí, en el pasillo, comprobé que mi carta seguía en el bolsillo de la vaina, y después saqué la hoja brillante, la limpié, la engrasé y la volví a limpiar, probando los filos con el índice y el pulgar mientras me alejaba caminando. Ya podía aparecer el cazador en la oscuridad.

Mi siguiente objetivo era reunirme con Dorcas, pero no sabía nada del paradero de la compañía del doctor Talos, salvo que tenían que actuar en un tiaso que se celebraría en un jardín, sin duda uno entre muchos jardines. Si salía ahora, de noche, quizás a los pretorianos les sería tan difícil verme con mi capa fulígina como a mí verlos a ellos. Pero era improbable que encontrara alguna ayuda. Y cuando el horizonte oriental cayera por debajo del sol, sin duda sería apresado inmediatamente, como Jonas y yo cuando entramos a caballo en el recinto. Si me quedaba dentro de la Casa Absoluta, mi experiencia con el mayordomo indicaba que tal vez pasaría inadvertido, y que incluso podría cruzarme con alguien que me diera alguna información; pues se me ocurrió que diría a todo el que me encontrara que yo también había sido convocado para la celebración (supuse que no era improbable que hubiera un suplicio dentro de los actos) y que había abandonado mi dormitorio y me había perdido. De esa manera, podría descubrir dónde se encontraban Dorca y los demás.

Pensando en este plan subí las escaleras, y en el segundo rellano torcí por un pasillo que antes no había visto. Era mucho más largo y estaba más suntuosamente decorado que el que se encontraba delante de la antecámara. De las paredes colgaban oscuros cuadros en marcos dorados y entre ellos, sobre pedestales, había urnas y bustos y objetos de los que no conocía el nombre. Entre las puertas que se abrían al pasillo la separación era de cien o más pasos, indicando que tras ellas había salas enormes, pero todas estaban cerradas, y cuando probé las empuñaduras me di cuenta de que la forma y el metal de que estaban hechas me eran desconocidos, y que no se ajustaban a la mano humana.

Cuando me pareció haber caminado media legua por este pasillo, vi delante de mí a alguien sentado (así lo pensé al principio) en un alto taburete. Al acercarme, vi que lo que había tomado por un taburete era una escalera de tijeras, y que el anciano encaramado en ella estaba limpiando uno de los cuadros.

—Perdón —dije.

Se volvió y me contempló con asombro.

—Me parece que reconozco tu voz.

Entonces reconocí la suya, y también su cara. Se trataba de Rudesind, el conservador, el anciano al que había encontrado hacía tanto tiempo, cuando el maestro Gurloes me enviara por primera vez a buscar unos libros para la chatelaine Thecla.

—Hace poco viniste en busca de Ultan. ¿No lo encontraste?

—Sí, lo encontré —dije—. Pero no fue hace poco.

La respuesta pareció encolerizarlo.

—¡No quiero decir que fuera hoy! Pero no fue hace mucho. Hasta me acuerdo del paisaje sobre el que estaba trabajando, de modo que no pudo haber sido hace mucho tiempo.

—También yo me acuerdo —le dije—. Un desierto pardo reflejado en el visor dorado de una armadura.

Hizo un gesto afirmativo y su enfado pareció desvanecerse. Aferrándose a los costados de la escalera, comenzó a descender, aún con la esponja en la mano.

—Exactamente, ése era exactamente. ¿Quieres que te lo enseñe? Me quedó muy bien.

—No estamos en el mismo lugar, maestro Rudesind. Eso fue en la Ciudadela y esto es la Casa Absoluta.

El anciano lo ignoraba.

—Me quedó bien… Está en algún lugar por aquí debajo. En el arte del dibujo es difícil superar a los artistas antiguos, aunque ha perdido el color. Y tengo que decirte que entiendo de arte. He visto armígeros, y también exultantes que vienen, los miran y dicen esto y lo otro, pero no saben nada. ¿Quién ha contemplado de cerca cada manchita de estos cuadros? —Y con la esponja se golpeó el pecho, y luego se inclinó sobre mí, hablándome en susurros aunque estábamos solos en el largo pasillo.

—Te voy a contar un secreto que ninguno de ellos conoce, ¡y yo me cuento entre ellos!

Por cortesía, le dije que me gustaría verlo.

—Lo estoy buscando, y cuando lo encuentre te diré dónde. Ellos no lo saben, y por eso los limpio a todas horas. Hasta podría haberme retirado, y todavía sigo aquí, y trabajo más horas que ninguno, excepto quizás Ultan. Éste no puede ver el cristal del reloj. —El anciano soltó una carcajada larga y quebrada.

—Tal vez puedas ayudarme. Aquí hay actores que han sido convocados para el tiaso. ¿Sabes dónde se alojan?

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