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La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
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Sobre la mesa donde el hermano Aybert corta la carne hay una fila de cuchillos. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete cuchillos, todos ellos con hojas más ordinarias que el del maestro Gurloes. A uno le falta un remache en la empuñadura. Otro tiene la empuñadura un poco quemada porque en una ocasión el hermano Aybert lo puso sobre el horno…

De nuevo me encontré muy despierto, o así lo pensé, y no sabía por qué. Junto a mí, Drotte dormitaba tranquilo. Una vez más cerré los ojos y traté de dormir como él.

Trescientos noventa peldaños desde el piso inferior hasta nuestro dormitorio. ¿Cuántos más hasta la habitación donde palpitan los cañones en lo alto de la torre? Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis cañones. Uno, dos, tres niveles de celdas ocupadas en las mazmorras. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho alas en cada nivel. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho alas en cada nivel. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete celdas en cada ala. Uno, dos, tres barrotes en el ventanuco de la puerta de mi celda.

Me desperté sobresaltada y con una sensación de frío, pero el sonido que me había perturbado no era más que el golpe de una portezuela muy abajo en el corredor. Junto a mí, Severian, mi amante, reposa con el sueño fácil de la juventud. Me senté pensando encender una vela y observar durante un momento el fresco colorido de esa cara cincelada. Cada vez que regresaba a mí, en esa cara brillaba una mota de libertad, y en cada ocasión yo la cogía y soplaba sobre ella y la tenía contra mi pecho, y en cada ocasión ella suspiraba y moría; pero en alguna ocasión no, y entonces, en lugar de hundirme más, bajo esta carga de tierra y metal, yo me elevaba a través del metal y la tierra hacia el viento y el cielo.

O eso es lo que me decía. Si no era verdad, aún me seguía quedando una única alegría, la de recogerme en esa mota.

Pero cuando busqué con la mano, la vela había desaparecido, y mis ojos y oídos y la piel de mi cara me decían que hasta la celda se había desvanecido. La luz era tenue aquí, muy tenue, pero no se trataba de la luz de la vela del torturador en el pasillo, la luz que se filtraba por los tres barrotes de la portezuela de mi celda. El sonido de débiles ecos proclamaba que me encontraba en un lugar más grande que cien de esas celdas; mis mejillas y mi frente, hartas de señalar la proximidad de mis paredes, lo confirmaban.

Me puse de pie y me sacudí el vestido, y comencé a caminar casi como una sonámbula… Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete pasos, después el olor de cuerpos juntos y del aire confinado decían dónde me encontraba ahora. ¡Era la antecámara! Sentí el tirón de un desgarramiento. ¿Había ordenado el Autarca que me trajeran aquí mientras dormía? ¿Dejarían los otros el látigo en paz cuando me vieran? ¡La puerta! ¡La puerta!

Mi confusión era tan enorme que casi caí, derribada por el desbarajuste de mi pensamiento.

Me retorcí las manos, pero las manos que retorcía no eran las mías. Mi mano derecha tocaba una mano que era demasiado grande y demasiado fuerte, y en el mismo instante mi mano izquierda tocaba una mano similar.

Thecla cayó fuera de mí como un sueño. Mejor dicho, se fue reduciendo hasta quedar en nada, y al desvanecerse desapareció en mi interior hasta que volví a sentirme yo mismo, y casi solo.

Sin embargo, lo había entendido. La situación de la puerta, la puerta secreta por la que los jóvenes exultantes venían de noche con los energizados látigos de alambre trenzado todavía estaba en mi memoria. Con todo lo demás que he visto o pensado. Podría escaparme mañana. O ahora.

—Por favor —dijo una voz a mi lado—, ¿a dónde fue la señora?

Era otra vez la niña, la niñita de pelo oscuro y ojos mirones. Le pregunté si había visto a una mujer.

Me agarró la mano con la manecita.

—Sí, una dama alta, y estoy asustada. Hay algo horrible en la oscuridad. ¿Atrapó a la señora?

—Tú no tienes miedo de nada horrible, ¿recuerdas? Te reías de la cara verde.

—Esto es diferente. Es una cosa negra que resuella en la oscuridad. —En la voz de la niña había verdadero terror, y le temblaba la mano que aferraba la mía.

—¿Cómo era esa dama?

—No lo sé. Sólo podía verla porque era más oscura que las sombras, pero sé que era una dama por el modo de caminar. Cuando vine para ver quién era, no había nadie más que tú.

—Comprendo —le dije—, aunque dudo que alguna vez tú lo entiendas. Ahora debes volver donde está tu madre y dormir.

—Viene por la pared —dijo ella. Y después me soltó la mano y desapareció, pero estoy seguro que no hizo lo que le indiqué. En cambio, debió de habernos seguido a Jonas y a mí, puesto que desde entonces alcancé a verla dos veces desde que volví aquí a la Casa Absoluta, donde sin duda vive de la comida que roba. (Es posible que acostumbrara a venir a la antecámara para comer, pero he ordenado que se liberen a todos los que están allí confinados, incluso si es necesario, como creo que lo será, sacar a la mayoría a punta de lanza. También he ordenado que traigan ante mí a Nicarete, y cuando hace un momento estaba escribiendo sobre nuestra captura, mi chambelán entró para decir que podía ir a verla cuando quisiese.

Jonas yacía en la posición en que lo había dejado, y de nuevo volví a verle los blancos de los ojos en la oscuridad.

—Dijiste que era necesario escapar si no querías volverte loco —le dije—. Ven. Aquel que envió los nótulos, quienquiera que sea, ha echado mano a otra arma. He encontrado el camino de salida, y vamos a escapar ahora.

Él no se movió, y al final tuve que tomarlo por el brazo y levantarlo. Muchas de sus partes de metal habían sido forjadas sin duda con una de esas aleaciones blancas tan ligeras que engañan a la mano, pues fue como levantar a un niño; pero tenía las partes metálicas, y también la carne, mojadas con alguna especie de cieno. Mis pies descubrieron la misma sucia humedad en el suelo cercano y aun en la pared. Cualquiera que fuera la cosa de la que la niña me había advertido, había venido y se había ido mientras yo hablaba con ella, y no era a Jonas a quien había estado buscando.

La puerta por la que entraban los atormentadores no estaba lejos del lugar donde dormíamos, en el centro de la pared más apartada de la antecámara. Se abría con ayuda de una palabra de poder, como ocurre casi siempre con estas cosas antiguas. Susurré la palabra y pasamos a través del portal escondido y lo dejé abierto, y el pobre Jonas caminaba a mi lado como una cosa enteramente metálica.

Una estrecha escalera, festoneada con las telas de unas pálidas arañas y alfombrada de polvo, descendía dando vueltas. Hasta ahí me acordaba, pero había olvidado lo que podía esperarnos más allá de la escalera. Viniera lo que viniera, el aire rancio sabía a libertad, de modo que sólo respirarlo era un placer. Aunque estaba preocupado, hubiera reído en voz alta.

En muchos rellanos se abrían puertas secretas, pero era probable y más que probable que nos encontráramos con alguien tan pronto abriéramos alguna, y la escalera parecía vacía. Antes de ser visto por algún residente de la Casa Absoluta, deseaba encontrarme lo más lejos posible de la antecámara.

Tal vez habíamos descendido unos cien escalones cuando llegamos a una puerta en la que habían pintado un signo teratoide carmesí que me pareció un glifo de alguna lengua de más allá de las orillas de Urth. En ese momento oí un paso en la escalera. Aunque no tenía ni pomo ni pestillo, me lancé contra la puerta, que tras cierta resistencia se abrió de golpe. Jonas me siguió; se cerró detrás de nosotros con tanta rapidez que tenía que haber hecho un gran ruido, pero no hubo ninguno.

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