Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]
La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 70
Перейти на страницу:

Entonces los jóvenes se prepararon para partir, encendiendo los fuegos de las grandes calderas bajo la crujía de la nave, hasta que surgió el blanco espectro que impulsa a las buenas naves aunque el viento sople de otro lado. Y la princesa los contempló desde la orilla y les dio su bendición.

Pero cuando las grandes ruedas comenzaban a girar, tan lentamente al principio que apenas parecían moverse, llamó a voces al joven nacido de sueños, que vino a la barandilla, y le dijo: —Puede ser que encontréis a mi padre. Si lo encontráis, tal vez lo derrotéis, oscureciendo incluso proezas como las suyas. Aun así, puede que os cueste enormemente volver a encontrar el camino hacia el mar, pues en esta isla los canales están hechos de las formas más inimaginables. Pero hay una manera. De la mano derecha de mi padre has de despellejar la yema del primer dedo.

Verás en ella mil líneas enmarañadas. No te desanimes y estúdialas atentamente; pues es el mapa que siguió para trazar las vías de agua, de modo que siempre pudiera tenerlo consigo.

IV — La batalla contra el ogro

Aproaron tierra adentro y, tal como les había advertido la princesa, el canal que seguían pronto se dividió una y otra vez hasta que hubo mil bifurcaciones de canales y diez mil islotes. Cuando la sombra del palo mayor no fue más larga que un sombrero, el joven nacido de sueños ordenó echar anclas y cubrir los fuegos, y en ese lugar quedaron esperando una larga tarde engrasando los cañones y preparando la pólvora y todo lo que pudiera necesitarse en la más encarnizada de las batallas.

Por fin llegó la Noche, y la vieron pasar de un islote a otro llevando una nube de murciélagos sobre los hombros y unos lobos terribles pisándole los talones. No parecía estar más allá de un simple tiro de artillería desde donde habían anclado, sin embargo todos vieron que no pasaba delante ni de Héspero ni de Sirio, sino por detrás. Se volvió a mirarlos sólo un momento, y ninguno pudo decir con certeza lo que esa mirada indicaba. Pero todos se preguntaron si realmente el ogro la había tomado por la fuerza como había dicho su hija; y en tal caso, si ella no había perdido ya el resentimiento que cabía imaginar.

Con la primera luz la trompeta sonó en el alcázar y el combustible animó los fuegos cubiertos; pero como la brisa de la mañana soplaba favorable en el canal, el joven ordenó desplegar velas antes de que las grandes ruedas estuvieran dispuestas a moverse. Y cuando el blanco espectro despertó al fin, la nave se adelantó a doble velocidad.

El canal se prolongaba muchas leguas, bastante derecho como para que no hubiera necesidad de arrizar las velas ni enmendar el rumbo. Cruzaron otros cien canales, y en cada uno de ellos estudiaron las aguas, que eran siempre translúcidas como el cristal. Contar las cosas extrañas que vieron en los islotes por los que pasaron requeriría una docena de cuentos tan largos como éste: mujeres que crecían de tallos como flores asomaban por encima del barco, y besándolos trataban de mancharles la cara con el polvo de las mejillas; hombres a quienes la afición al vino había matado hacía tiempo yacían junto a manantiales de vino, y seguían bebiendo, demasiado embriagados para saber que sus vidas habían acabado ya; bestias que eran agüeros para tiempos futuros, de retorcidas extremidades y piel de colores insólitos, esperaban el próximo advenimiento de batallas, terremotos y regicidios.

Por fin el mozo que hacía de segundo se acercó al joven nacido de sueños que esperaba cerca del timonel, y le dijo:

—Ya hemos avanzado mucho por este canal y el sol, que no había mostrado la cara cuando recogimos las velas, se acerca al cenit. Siguiéndolo, hemos cruzado otros mil canales, y en ninguno hemos visto ninguna huella del ogro. ¿No puede ser que hayamos tomado un rumbo desafortunado? ¿No sería más sensato enmendar pronto y buscar otro canal?

Entonces el joven respondió: —Justo ahora pasa un canal a estribor. Echa una mirada y dime si las aguas están más sucias que las nuestras.

El mozo hizo lo que se le indicaba y dijo: —No, están más claras.

—Dentro de poco se abrirá otro a babor. ¿A qué profundidad puedes ver?

El mozo esperó hasta que el barco pasó frente al canal del que hablaba el joven, y entonces respondió: —Hasta el fondo. Veo muy abajo los restos de una nave muy antigua.

—¿Y ves a la misma profundidad en el canal por el que navegamos?

Y el otro miró las aguas que surcaban, y tenían el color de la tinta; y hasta las salpicaduras que despedían las ruedas parecían grajos y cuervos. En seguida comprendió y gritó a todos los demás que se quedaran junto a los cañones, pues no podía decir que se prepararan a quienes estaban preparados desde hacía tanto tiempo.

Enfrente se encontraba un islote más elevado que casi todos los demás, coronado de árboles altos y sombríos; y en ese punto el canal se torcía, de modo que el viento, que había soplado fijo de popa, golpeó el mirador. El timonel hizo girar la rueda y el marinero de guardia soltó algunas escotas y atesó otras, y la proa del barco dobló la pronunciada curva del risco y allí, ante ellos, apareció un largo casco de poca manga, con un único castillo en la crujía y un solo cañón mayor que todos los que ellos llevaban y que asomaba por una única tronera.

Entonces el joven nacido de sueños abrió la boca para ordenar a los artilleros de proa que abrieran fuego, pero antes que sus palabras bramó el cañón enemigo con un sonido que no era como el del trueno u otro ruido conocido a los oídos de los hombres, sino como si hubieran estado en una alta torre de piedra y ésta se hubiera derrumbado en un instante.

Y el proyectil del disparo alcanzó la recámara del primer cañón de estribor, rompiéndolo en pedazos y reventando él mismo, de modo que los fragmentos de cañón y proyectil se esparcieron por el buque como hojas oscuras antes de un vendaval y mató a muchos hombres.

Entonces el timonel, sin esperar orden alguna, hizo girar el barco hasta que la batería de babor quedó apuntando, y los cañones, como lobos que aúllan a la luna, dispararon a discreción de los hombres que los servían. Y sus proyectiles pasaron a uno y otro lado del único castillo del enemigo, y algunos lo acertaron produciendo el ruido de campanadas fúnebres por los que habían perecido un momento antes, y otros se perdieron en el agua ante el casco que lo sostenía, y otros dieron sobre la cubierta (que también era de hierro) y al contacto con ella volaron rebotados hacia el cielo con un ruido chillón.

Entonces volvió a hablar el único cañón del enemigo.

Y así continuó durante instantes que parecieron años enteros. Por fin, el joven pensó en el consejo de la princesa, la hija de la Noche; pero aunque el viento soplaba fuerte, no era del todo favorable, y si hubiera de enmendar el rumbo, hasta que soplara desde el barco hacia el enemigo, según el consejo de la princesa, durante un buen rato ningún cañón apuntaría salvo la artillería de proa, y cuando lo hicieran sería la batería de estribor, uno de cuyos cañones había sido destruido causando tantos muertos.

Pero en ese momento se le ocurrió que estaban luchando como lo habían hecho otros cientos que ya estaban muertos, y sus barcos hundidos y sus huesos esparcidos por los innumerables canales que daban vueltas y surcaban como una maraña la superficie de la isla del ogro. Entonces transmitió su orden al timonel; pero nadie respondió, pues éste había muerto y la rueda que había sostenido lo sostenía ahora a él. El joven nacido de sueños empuñó entonces el timón y presentó al enemigo la estrecha proa del buque. Entonces pudo verse cómo las tres hermanas favorecen al intrépido, pues el siguiente disparo del enemigo, que pudo haber barrido el barco de proa a popa, cayó a babor a la distancia de un remo. Y el siguiente, a estribor a la distancia del ancho de un bote.

1 ... 31 32 33 34 35 36 37 38 39 ... 70
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)