La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]
- Автор: Вулф Джин Родман
- Год: 1991
- Язык: испанский
- Год: Minotauro
- ISBN: 84-450-7142-4
- Переводчик: Luis Domenech
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:
Asintió con un gesto ausente. En un espejo de curiosos ángulos, puesto sobre un tremó en un lado de la sala extraña y poco profunda, se le reflejaba el perfil, delicado como un camafeo, y deduje que era sin duda un andrógino. Tuve un sentimiento de lástima mezclado con otro de impotencia, mientras me lo imaginaba abriendo la puerta a los hombres, noche tras noche, en su establecimiento del Barrio Algedónico.
—Sí —dijo—. Estaré aquí durante la celebración. Después me iré.
Yo aún pensaba en el cuadro que el anciano Rudesind me había enseñado en el pasillo de fuera, y dije: —Entonces puedes indicarme dónde está el jardín.
Advertí en seguida que lo había tomado desprevenido, quizá por primera vez en muchos años. Había dolor en sus ojos, y su mano izquierda se movió (aunque sólo levemente) hacia la ampolla que le colgaba del cuello.
—Así que has oído hablar de eso… —dijo—. Y suponiendo que conociera el camino, ¿por qué habría de revelártelo? Muchos tratarán de huir por ese camino si la carraca pelágica avista tierra.
XXI — Hidromancia
Pasaron varios segundos hasta que comprendí correctamente lo que había dicho el andrógino. Entonces el recuerdo del olor de la carne tostada de Thecla me trajo a la nariz un nauseabundo olor dulzón, y me pareció sentir la inquietud de las hojas. En la tensión del momento, olvidé lo inútiles que han de ser tales preocupaciones en esa sala llena de engaños, y miré a mi alrededor tratando de cerciorarme de que nadie podía oírnos, y entonces descubrí que, involuntariamente (pues había pensado en interrogarlo antes de confesar mi relación con Vodalus), mi mano había sacado el eslabón de forma de cuchillo del compartimiento más escondido de mi esquero.
El andrógino sonrió.
—Me figuré que podías ser tú. Llevo ya días esperándote, habiendo impartido instrucciones al anciano que está en el exterior y a otros muchos para que me trajeran a forasteros prometedores.
—Fui recluido en la antecámara —dije—, y perdí tiempo.
—Pero ya veo que escapaste. No es probable que te liberaran antes de que mi hombre viniera a buscarlo. Es bueno que lo hicieras, pues no queda mucho tiempo… los tres días del tiaso, y después debo irme. Ven. Te mostraré el camino hacia el jardín, aunque no estoy nada seguro de que te permitan entrar.
Abrió la puerta por la que había venido, y esta vez vi que no era realmente rectangular. La sala que se encontraba más allá apenas era mayor que la que habíamos dejado; pero los ángulos parecían normales y estaba ricamente amueblada.
—Al menos viniste al lugar correcto de la Casa Secreta —dijo el andrógino—. De otro modo, hubiéramos tenido que hacer un pesado camino. Te ruego me perdones mientras leo el mensaje que trajiste.
Cruzó hasta lo que al principio supuse que era una mesa cubierta con un cristal, y puso el eslabón debajo de ella sobre un estante. En seguida se encendió una luz, que iluminaba desde el cristal hacia abajo, aunque encima de él no había luz alguna. El eslabón creció hasta parecer una espada y vi que las estrías, que sustituían a los dientes sobre los que se sacaban chispas en el pedernal, eran líneas de una escritura fluida.
—Apártate —dijo el andrógino—. Si no lo has leído antes, no debes leerlo ahora.
Hice lo que me decía, y durante algún tiempo observé cómo se doblaba sobre el pequeño objeto que yo había traído desde el bosque de Vodalus. Por fin dijo: —Así, pues, no hay remedio… Tenemos que luchar en dos flancos. Pero esto no te incumbe. ¿Ves aquel armario con el eclipse tallado en la puerta? Ábrelo y saca el libro que hay ahí. Toma, puedes ponerlo sobre este pupitre.
Aunque temía alguna trampa, abrí la puerta del armario. Dentro había un libro monstruoso, pues era como yo de alto, y de dos codos de ancho, y se levantaba frente a mí con su cubierta de cuero de manchas azules y verdes como cadáver dentro de un ataúd puesto de pie. Envainé mi espada, agarré este enorme volumen con las dos manos, y lo puse sobre el pupitre. El andrógino preguntó si lo había visto antes, y le dije que no.
—Parecías tener miedo de él e intentaste… o me lo pareció… apartar la cara de él mientras lo llevabas. —Mientras hablaba, abrió el libro. La primera página estaba escrita en rojo con un signo que yo desconocía.— Se trata de una advertencia a los buscadores del camino —dijo—. ¿Quieres que te la lea?
—Me pareció ver un hombre muerto en el cuero, y ese hombre era yo —le solté.
Volvió a cerrar la cubierta y le pasó la mano por encima.
—Estos tonos pavorreal son obra de artesanos que desaparecieron hace tiempo… Las líneas y remolinos que hay debajo no son más que las cicatrices del lomo del animal sacrificado, marcas de palos y látigos Pero si tienes miedo, no es necesario que vayas.
—Ábrelo —dije—. Enséñame el mapa.
—No hay mapa. Esto mismo es la cosa —dijo, y volvió la cubierta y también la primera página.
Casi me quedé ciego, como si me hubiera deslumbrado un relámpago en una noche oscura. Las páginas interiores parecían de plata pura, batida y pulida; captaba cada brizna de iluminación de la sala y la volvía a reflejar ampliada cien veces.
—Son espejos —dije, y al decirlo me di cuenta de que no lo eran, sino esas cosas para las que no tenemos otra palabra que espejos, esas cosas que hacía menos de una guardia habían devuelto a Jonas a los astros—. ¿Pero cómo pueden tener poder si no están enfrentadas?
El andrógino contestó: —Recapacita cuánto tiempo han estado enfrentándose mientras el libro estuvo cerrado. Ahora el campo soportará la tensión a que sometamos durante algún tiempo. Ve si te atreves.
No me atreví. Mientras él hablaba, algo apareció en el aire brillante por encima de las páginas abiertas. No era ni una mujer ni una mariposa, pero tenía algo de ambas, y lo mismo que cuando miramos la forma pintada de una montaña en el fondo de algún cuadro sabemos que en realidad es tan grande como una isla, así supe que veía esta cosa sólo de lejos; creo que sus alas batían contra los vientos protónicos del espacio, y que tal vez todo Urth no era más que una mota agitada por ese movimiento. Y entonces, como yo la había visto, también ella me vio, así como un momento antes el andrógino había visto en el eslabón y a través del cristal los remolinos y bucles de la escritura. La cosa hizo una pausa y se volvió hacia mí, y abrió las alas para que yo pudiera observarlas. Estaban marcadas con ojos.
El andrógino cerró el libro de golpe, como un portazo.
—¿Qué fue lo que viste?
Sólo podía pensar que ya no tenía que mirar las páginas, y dije: —Gracias, sieur. Quienquiera que seáis, de ahora en adelante consideradme vuestro servidor.
Él asintió.
—Quizás alguna vez te lo recuerde. Pero no volveré a preguntarte qué viste. Toma, límpiate la frente. La visión te ha marcado.
Mientras hablaba me dio un trapo limpio y me sequé la frente como me había dicho, porque sentía que la humedad me resbalaba por la cara. Cuando miré el trapo, estaba rojo de sangre.
Como si me hubiera leído el pensamiento, él me dijo: —No estás herido. Los médicos lo llaman hematidrosis, creo. Al experimentar una fuerte emoción, las venas diminutas en la piel de la parte afligida… en algunos casos, en toda la piel… se rompen mientras se suda profusamente. Me temo que te quedará una repugnante herida en ese lugar.
—¿Por qué lo hicisteis? —pregunté—. Pensé que ibais a enseñarme un mapa. Sólo quiero encontrar la Sala Verde, como dice que se llama el anciano Rudesind, donde se alojan los actores. ¿Decía el mensaje de Vodalus que teníais que matar al portador?
Mientras hablaba, mis manos buscaban la espada, pero cuando agarraron la empuñadura familiar, vi que estaba demasiado débil para sacar la hoja.