Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Фэнтези » La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]
La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]

Электронная книга - «La Garra del Conciliador [The Claw of the Conciliator - es]». Краткое содержание книги:

Este segundo libro nos continua mostrando el mundo del Sol Nuevo, poco a poco, a medida que Severian va tomando contacto con él. Aprendemos alguna cosa nueva, sobre todo en lo que respecta a clases sociales y al Autarca, pero todavia no queda muy claro nada. Está claro que para descubrir lo que hay realmente, la autentica realidad que vive Severian, hay que leer toda la saga descubriendo sus secretos poco a poco. El hecho de que Severian nos esté contando sus recuerdos ya es una pista, y empieza a vislumbrarse en qué se convertirá Severian pues entre los recuerdos de su pasado, deja entrever algo de su presente.
1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 70
Перейти на страницу:

—Algo he oído —dijo dudando—. La Sala Verde es como la llaman.

—¿Me puedes llevar allí?

Negó con un movimiento de cabeza.

—Allí no hay cuadros, por eso nunca estuve, aunque hay un cuadro de esa sala. Ven unos pasos conmigo. Encontraré el cuadro y te lo indicaré.

Me tiró del borde de la capa y yo lo seguí.

—Preferiría que me presentaras a alguien que pudiera llevarme allí.

—También puedo hacer eso. El viejo Ultan tiene un mapa en algún lugar de esta biblioteca. Su muchacho te lo traerá.

—Esto no es la Ciudadela —le recordé de nuevo—. A propósito, ¿cómo llegaste aquí? ¿Te trajeron para limpiar estos cuadros?

—Así es, así es. —Se apoyó en mi brazo.— Todo tiene una explicación lógica y tú no lo olvidas. Así tuvo que ser. El Padre Inire me necesitaba para limpiar los suyos, y aquí estoy. —Hizo una pausa, pensando.— Espera un poco. Estoy equivocado. De chico tenía talento, eso es lo que debería haber dicho. ¿Sabes? Mis padres siempre me animaron a dibujar, y yo lo hacía durante horas. Recuerdo que una vez me pasé todo un día soleado pintando con una tiza la parte posterior de nuestra casa.

Un estrecho pasillo se había abierto a nuestra izquierda, y me empujó por él. Aunque no tan bien iluminado (de hecho, estaba casi oscuro) y tan estrecho que no era posible mirarlos a la distancia correcta, estaba lleno de cuadros mucho más grandes que los del pasillo principal, cuadros que iban del piso al techo, y cuya anchura sobrepasaba la de mis brazos extendidos.

A juzgar por lo que veía, parecían muy malos, simples brochazos. Le pregunté a Rudesind quién le había dicho que debía contarme cosas de su niñez.

—Pues el Padre Inire —dijo, levantando la cabeza para mirarme—, ¿quién va a ser? — Bajó la voz.— Senil, eso es lo que dicen. He sido visir de no sé cuántos autarcas desde Ymar. Ahora guarda silencio y déjame hablar. Te encontraré al viejo Ultan.

»Un artista, un verdadero artista vino a donde vivíamos. Mi madre, orgullosa de mí, le enseñó algunas cosas que yo había hecho. Se trataba de Fechin, el propio Fechin, y el retrato que me hizo cuelga aquí hasta hoy, mirándote con mis ojos castaños. Yo estoy sentado a una mesa con algunos pinceles y una mandarina encima. Me habían prometido dármelos cuando terminara de posar.

—Creo que ahora no tengo tiempo de verlo —le dije.

—Y así me convertí en artista. Bien pronto me puse a limpiar y a restaurar las obras de los grandes artistas. Dos veces he limpiado mi propio retrato. Es extraño, de verdad te lo digo, lavarse la propia carita como si tal. Estoy deseando que alguien se ocupe ya de lavar la mía, quitando la suciedad de los años con una esponja. Pero no es eso lo que te llevo a ver, sino la Sala Verde que tú buscas, ¿verdad?

—Sí —dije ávido.

—Bien, justo aquí hay una representación de ella. Échale un vistazo. Cuando la veas, la conocerás.

Señaló hacia uno de los anchos y toscos cuadros. No representaba ninguna sala en absoluto, sino que parecía un jardín, un jardín de placer bordeado de altos setos, con un estanque de nenúfares y algunos sauces movidos por el viento. Un hombre fantásticamente vestido de llanero tocaba allí una guitarra, al parecer a solas. Detrás de él, unas nubes furiosas atravesaban un cielo sombrío.

—Después puedes ir a la biblioteca a consultar el mapa de Ultan.

El cuadro era uno de esos ejemplares irritantes que se disuelve en meras manchas de color si uno no lo puede ver entero. Di un paso atrás para tener una mejor perspectiva, después otro…

Al tercer paso, me di cuenta que tenía que haber chocado contra la pared detrás de mí y que en cambio, me encontraba dentro del cuadro que había ocupado la pared de enfrente: una oscura sala con antiguas sillas de cuero y mesas de ébano. Di media vuelta para mirarla, y cuando me volví de nuevo, el pasillo donde había estado con Rudesind había desaparecido, y en su lugar había una pared cubierta con un papel descolorido y viejo.

Había desenvainado Terminus Esi sin proponérmelo conscientemente, aunque no había ningún enemigo al que pudiera golpear. Cuando estaba a punto de probar la única puerta de la sala, ésta se abrió y entró una figura vestida de amarillo. El corto pelo blanco que le nacía de la frente redondeada lo tenía peinado hacia atrás, y su cara casi podía haber sido la de una mujer gorda y cuarentona. En el cuello, una ampolla con forma de falo de la que yo me acordaba le colgaba de una fina cadena.

—¡Ah! —dijo—. Me preguntaba quién había llegado. Bienvenida, Muerte.

Con toda la compostura de que fui capaz, le dije: —Soy el oficial Severian, del gremio de los torturadores, como ves. Entré involuntariamente, y a decir verdad te estaría muy agradecido si me explicaras cómo sucedió. Cuando me encontraba en el pasillo de fuera, esta sala no parecía ser más que un cuadro. Pero cuando retrocedí uno o dos pasos para mirar la pintura de la otra pared, me encontré aquí. ¿Con qué artes se hizo eso?

—Con ninguna —dijo el hombre vestido de amarillo—. No puede decirse que las puertas disimuladas sean un invento original, y lo único que hizo el constructor de esta sala fue encontrar un modo de disimular una puerta abierta. Como ves, la sala es poco profunda. En realidad, es menos profunda de lo que ahora mismo ves, a menos que te hayas dado cuenta de que los ángulos del piso y del techo convergen, y que la pared del fondo no es tan alta como aquella por la que entraste.

—Ya lo veo —dije, y en realidad así era. Mientras él hablaba, esa engañosa sala, que a mi mente, acostumbrada siempre a las salas comunes, le había parecido de tamaño normal, se fue convirtiendo en ella misma, con un techo inclinado y trapezoidal y un piso trapezoidal. Las propias sillas que estaban contra la pared por la que yo había penetrado eran objetos de poca profundidad, sobre los que uno apenas podía sentarse; las mesas no eran más anchas que simples travesaños.

—En los cuadros, estas líneas convergentes engañan a la vista —continuó diciendo el hombre del vestido amarillo—. Así, cuando las encontramos con la realidad, con un poco de bulto y el artificio añadido de una iluminación monocromática, la vista cree que contempla otro cuadro, sobre todo cuando ha estado acondicionada por una larga sucesión de cuadros reales. Tu entrada con esa enorme arma hizo que se alzara detrás una verdadera pared, para detenerte hasta que fueras examinado. No hace falta que te diga que en el otro lado del muro está pintado el cuadro que creíste ver.

Me encontraba más asombrado que nunca.

—¿Pero cómo podía la sala saber que yo llevaba mi espada?

—Eso es demasiado complejo para que yo pueda explicártelo. Mucho más que esta pobre habitación. Sólo puedo decir que la puerta está envuelta en hilos metálicos, y que éstos saben cuándo los otros metales, sus hermanos y hermanas, atraviesan el círculo.

—¿Hiciste tú todo eso?

—Oh, no. Todo esto… y otras cien cosas parecidas constituyen lo que llamamos la Segunda Casa. Son obra del Padre Inire, a quien llamó el primer Autarca para que creara un palacio secreto dentro de la Casa Absoluta. Tú o yo, hijo mío, hubiéramos construido unas pocas habitaciones escondidas. Él se las ingenió para que la casa oculta se extendiera por doquier y tuviera la misma extensión que la pública.

—Pero tú no eres él —dije—. Porque ahora sé quién eres. ¿No me reconoces? —Me quité la máscara para que pudiese verme la cara.

Él sonrió y dijo: —No has venido más que una vez. Así, pues, la khaibit no te satisfizo.

—Me satisfizo menos que la mujer que fingía ser, o más bien amé más a la otra. Aunque esta noche he perdido un amigo, parece que ahora encuentro viejos conocidos. ¿Puedo preguntar cómo has llegado aquí desde tu Casa Azur? ¿Se te convocó para el tiaso? Antes he visto a una de tus mujeres.

1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 70
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)