Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]
- Автор: Кард Орсон Скотт
- Серия: Saga del retorno #3
- Год: 1995
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-5579-7
- Переводчик: Carlos Gardini
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
—Y otra cosa.
—¿Sí? …
—Tu viejo artículo… te equivocabas. En cuanto a nuestra ineptitud genética para la reproducción…
—Dije que era mera especulación…
—Quiero decir que sé que te equivocabas porque sé lo que somos. En la antigua ciencia, la ciencia terrícola que he explorado por medio del índice, no es un mecanismo interno del cuerpo humano. No es genético. Es sólo el nivel de hormonas masculinas en la corriente sanguínea de la madre en el momento en que el hipotálamo inicia su diferenciación y crecimiento activos.
—Pero eso es casi aleatorio —dijo Shedemei—. No significaría nada, sería sólo un accidente si el nivel fuera bajo en ese par de días.
—No tan aleatorio. Pero sí, un accidente. No significa nada, salvo que somos tullidos de nacimiento.
—Como Issib.
—Creo que cuando Issib me ve caminar, y ve lo que hago con mis manos, con gusto cambiaría su lugar por el mío —dijo Zdorab—. Pero cuando yo le veo con Hushidh, y la veo encinta como está, y veo el respeto que los demás le han tomado por eso, cómo lo reconocen como uno de ellos, hay momentos, sólo momentos, en que con gusto yo cambiaría mi lugar por el suyo.
Impulsivamente Shedemei le estrujó la mano, aunque no era propensa a esos gestos afectuosos. Pero parecía apropiado. Un gesto amistoso. Y él lo retribuyó. Luego Shedemei se alejó deprisa, en busca de Rasa.
Y pensando: ¿Quién hubiera creído que descubrir que mi prometido es un zhop sería una noticia tan maravillosa, y que me lo haría más agradable? Últimamente el mundo está realmente desquiciado.
Una vez a solas en la tienda del índice, Nafai no vaciló. Cogió el índice —todavía tibio por las manos de Shedemei y Zdorab— y le habló fervientemente al Alma Suprema.
—Me has dicho que el sueño del árbol de Padre no era tuyo, pero nunca mencionaste que tienes toda esta experiencia en tu memoria.
—Por cierto —dijo el índice—. Sería un fallo de mi parte no grabar algo tan importante.
—Y sabías cuánto anhelaba yo un sueño del Guardián de la Tierra. Lo sabías.
—Sí —dijo el índice.
—¿Entonces por qué no me diste el sueño de mi padre?
—Porque es el sueño de tu padre.
—El lo contó. Ahora ya no es un secreto. Quiero ver lo que él vio.
—No es buena idea.
—Estoy harto de que decidas qué es buena idea y qué no. Tú creíste que matar a Gaballufix era buena idea.
—Y lo era.
—Para ti. Tú no te has manchado las manos de sangre.
—Tengo tu recuerdo de ello. Y no lo hice tan mal en el desierto, cuando Elemak conspiraba para matarte.
—¿Y qué? Salvaste mi vida porque querías tener mis genes en nuestro caudal genético.
—Soy un ordenador, Nafai. ¿Esperas que salve tu vida porque me gustas? Mis motivos son mucho más fiables que las emociones humanas.
—¡No quiero más pamplinas! Quiero un sueño del Guardián.
—Exacto. Y si pongo el sueño de tu padre en tu mente no tendrás un sueño del Guardián, sólo un informe extraído de mi memoria.
—Quiero ver esas criaturas de la Tierra que han visto los demás. Los murciélagos y los ángeles.
—Que ellos consideran criaturas de la Tierra.
—Quiero sentir el sabor de ese fruto en la boca.
Y mientras lo decía —mientras sus labios formaban silenciosamente las palabras, mientras el grito de angustia se formaba en su mente— Nafai supo que actuaba como un chiquillo. Pero lo quería, necesitaba saber qué sabía su padre, qué había visto Luet, qué había visto Hushidh, qué habían visto el general Moozh y Sed, la extraña madre de Luet. Quería saber, no que ellos se lo contaran; quería las apariencias, las sensaciones, los sonidos, los olores, el sabor. Y lo necesitaba tanto que lo exigió, aun sabiendo que actuaba como un chiquillo.
Y el Alma Suprema, considerando indeseable que el joven a quien había designado como futuro líder de la partida se encontrara en semejante estado de zozobra y desequilibrio, le dio lo que pedía.
Le llegó de repente, mientras sostenía el índice. La oscuridad que Padre había descrito, el hombre que lo invitaba a seguirlo, la marcha interminable. Sólo que había algo más, algo que Padre no había mencionado, una perturbadora desazón, pensamientos inquietantes. No era sólo un yermo, sino un infierno mental, y no podía soportarlo.
—Salta esta parte —le dijo al índice—. Sácame de aquí.
El sueño cesó de inmediato.
—No dije que me sacaras del sueño —dijo Nafai con impaciencia—. Sólo que saltaras la parte aburrida.
—El Guardián envió la parte aburrida junto con todo lo demás.
—Pasa al final, donde empezaban a pasar cosas.
—Eso es hacer trampa, pero lo haré.
Nafai odiaba que el índice hablara de esa manera. Había aprendido que los humanos interpretaban la resistencia seguida por acatamiento como una broma, y ahora bromeaba para disimular un comportamiento natural. Pero como Nafai sabía que era un ordenador y no una persona, las bromas lo fastidiaban en vez de divertirlo. Pero cuando se quejaba de ello, el índice respondía que a todos les gustaba y que Nafai era un aguafiestas.
El sueño continuó, y Nafai reanudó su marcha en la oscuridad, tras la espalda del hombre que lo guiaba, en medio de esa turbulenta y dolorosa corriente mental. Pero oyó que Padre suplicaba al hombre que le dijera algo, que lo sacara de ese lugar. Sólo que no era la voz de Padre. Era una voz extraña que Nafai jamás había oído, salvo que en su mente la seguía percibiendo como su propia voz, aunque Padre pensaba que la voz era suya, no de Nafai, porque la voz de Nafai no sonaba así y tampoco la de Padre. Al fin Nafai comprendió que así sonaba la voz de Padre para su padre. En un sueño, Padre no oía la voz que oían todos los demás. Oía la voz que creía oír cuando hablaba. Pero ni siquiera es esa voz, pensó, es mucho más joven, es la voz que empezó a considerar suya cuando formó su identidad. Más profunda que su voz verdadera, más aplomada, más juvenil.
Nafai, sin embargo, no podía liberarse de la convicción de que era su propia voz, no la de Padre, aunque tampoco se parecía a la suya. Luego comprendió. Si el índice extraía esto de su memoria, era la experiencia de Volemak filtrada por la conciencia de Volemak y en consecuencia entretejida con todas las actitudes de Volemak.
En eso consistía esa corriente de pensamientos turbulentos, insensatos, confusos, temibles. Era el fluir de la conciencia de Padre, en una constante evaluación y comprensión del sueño. Pensamientos de los que Padre ni siquiera era consciente, porque aún no habían aflorado a la superficie, incluidos jirones de ideas como «Esto es un sueño», y «Esto proviene del Alma Suprema», y «Estoy muerto», y «Esto no es un sueño», un fárrago de pensamientos contradictorios. Cuando Padre tenía esos pensamientos, brotaban de su inconsciente y su voluntad los ordenaba, y cada pensamiento pasaba a segundo plano cuando era necesario. Pero en la mente de Nafai, con la reproducción de esta experiencia, los pensamientos no respondían a su voluntad, y se superponían con su propio fluir de la conciencia. En consecuencia tenía el doble de pensamientos inconscientes que de costumbre, y la mitad de ellos no obedecían su voluntad, y sentía terror y confusión porque su mente estaba desbocada.
Padre había desistido de hablar con el hombre y ahora suplicaba al Alma Suprema. Era humillante oír el miedo, la angustia, el temblor en la voz de su padre. Él había dicho que había suplicado, pero Nafai nunca le había oído hablar en ese tono abyecto, y era como verlo en el lavabo o algo igualmente desagradable. Odiaba ver a su padre de esa manera. Lo estoy espiando, lo estoy viendo como él se ve en sus peores momentos, en vez de ver el hombre que él presenta ante el mundo, ante sus hijos. Le estoy robando su identidad, y está mal, es horrible que le haga semejante cosa. Pero quizá deba conocer este aspecto de mi padre, su debilidad. No puedo confiar en él, un hombre que gimotea de este modo ante el Alma Suprema, rogando ayuda como un chiquillo…