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Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]

Электронная книга - «Las naves de la Tierra [The Ships of Earth - es]». Краткое содержание книги:

El planeta Armonía, colonizado por humanos hace casi cuarenta millones de años, ha estado siempre bajo el cuidado de una inteligencia artificial: el Alma Suprema, el ordenador que todo lo sabe y todo lo protege. Pero el Alma Suprema ha envejecido y está debil. Debe volver a la lejana Tierra para recabar la ayuda del Guardián.
Nafai y su familia, los elegidos del Alma Suprema, deben afrontar una larga travesía por el desierto y dirigirse, aun sin saberlo, hacia el viejo puerto espacial de Armonía que, tras cuarenta millones de años, espera, en silencio y abandonado, la orden que ha de lanzar de nuevo las viejas naves interestelares hacia su largo retorno a la Tierra. Pero no todos los expedicionarios han elegido o aceptado su exilio ni los designios del Alma Suprema. Los odios, las rivalidades y las luchas por el liderazgo hacen todavía más arduo un viaje ya de por si difícil.
De nuevo Card se muestra como un maestro en la comprensión de la psicología de las personas y nos ofrece, como ya hiciera en El Juego de Ender, un interesante retrato del ser humano y de sus motivaciones. La lucha por el dominio de un pequeño grupo, los puntos de los diversos sexos, el difícil paso del matriarcado de Basílica a un patriarcado justificado por la dureza de la vida nómada son, en manos de Orson Scott Card, elementos más que suficientes para hacer de libro una narración que se recuerda con satisfacción y agradecimiento
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—Volemak no vivirá para siempre. Y no confío mi secreto a quienes no son capaces de guardarlo.

—¿Tan seguro estás de mí?

—He puesto mi vida en tus manos. Pero no, no estoy tan seguro de ti. Nos guste o no, sin embargo, nos han puesto juntos. Así que corrí un riesgo calculado. Contártelo, para tener una persona a quien no deba mentirle. Una persona que sepa que lo que aparento ser es sólo una farsa.

—Haré que dejen de tratarte con… con tanta desconsideración.

—¡No! —exclamó Zdorab—. No hagas eso. Las cosas andarán mejor cuando estemos casados, para ambos… en eso tenías razón. Pero debes permitir que permanezca invisible. Sé cómo manejar mi situación, créeme. Tú misma has dicho que ni siquiera te imaginabas esas cosas, así que no te inmiscuyas con mi estrategia de supervivencia y no trates de arreglar las cosas porque terminarías matándome. ¿Comprendes eso? Eres brillante, una de las mentes más penetrantes de nuestros tiempos, pero no sabes nada sobre esta situación. Eres irremediablemente ignorante, destruirás todo lo que toques, así que aparta las manos.

Hablaba con increíble vehemencia y energía. Shedemei no lo había creído capaz de hablar así. Odiaba que la pusieran en cintura sin el menor rodeo. Pero cuando pensó en ello, en vez de reaccionar visceralmente, comprendió que él tenía razón. Que por ahora, al menos, ella era ignorante y lo mejor que podía hacer era permitir que él manejara las cosas como creyera más conveniente.

—De acuerdo —dijo—. No diré nada, no haré nada.

—Nadie espera que te enorgullezcas de estar casada conmigo. Más aún, lo considerarán un noble sacrificio de tu parte. Así que al ser mi esposa no perderás prestigio. Serás una heroína para ellos.

Shedemei rió amargamente.

—Zdorab, eso es precisamente lo que yo pensaba.

—Lo sé. Pero no es lo que yo pensaba. Incluso abrigaba ciertas esperanzas… imagínate, tener el derecho a estar a solas en la misma tienda con la mente científica más aguda de todo Armonía, todas las noches, sin nada que hacer salvo conversar.

Era muy halagüeño, pero también, por razones que ella aún no alcanzaba a entender, vagamente trágico.

—Eso es el matrimonio, en cierto modo, ¿no crees? No tendremos hijos como los demás, pero tendremos pensamientos. Tú puedes enseñarme, hablarme de tu trabajo, y si no entiendo te prometo que me educaré por medio del índice hasta comprender. Y tal vez yo pueda contarte algunas cosas que descubrí.

—Me encantaría.

—Podemos ser amigos, pues —dijo Zdorab—. En ese sentido, nuestro matrimonio será mejor que muchos. ¿Te puedes imaginar de qué hablan Obring y Kokor?

Shedemei se echó a reír.

—¿Crees que hablan siquiera?

—Y Mebbekew y Dol, siempre actuando y odiándose en secreto.

—No, no creo que Dol odie a Mebbekew, creo que ella se cree el papel que está interpretando.

—Quizá tengas razón. Pero son bastante siniestros, ¿no crees? Y ellos van a tener hijos.

—Aterrador.

Rieron a más no poder, hasta que ambos lagrimearon.

Abrieron la puerta. Era Nafai.

—Batí las palmas, pero no me oísteis —dijo—. Al oír las carcajadas pensé que podía entrar. Ambos se pusieron serios de inmediato.

—Por cierto —dijo Zdorab.

—Sólo hablábamos de nuestro matrimonio —dijo Shedemei.

Shedemei notó el alivio en la cara de Nafai, como si acabara de pasar la sombra de una nube.

—Conque al fin decidisteis hacerlo.

—Sólo tuvimos la obstinación de esperar hasta que fuera nuestra propia idea —dijo Zdorab.

—Me lo creo —dijo Nafai.

—De hecho —dijo Zdorab—, debemos ir a hablar con Rasa y Volemak, y además tú quieres usar el índice.

—Sí, pero sólo si habéis terminado con él.

—Todavía estará aquí cuando decidamos consultarlo de nuevo —dijo Shedemei. Y al instante salieron de la tienda, dirigiéndose… ¿adonde?

Zdorab le cogió la mano y la llevó hacia la fogata.

—Dol debe montar guardia aquí —dijo—, pero habitualmente se escabulle… necesita su pequeña siesta. No importa. Una vez dejé que Yobar tocara la marmita, y debe haber corrido la voz sobre lo que se siente, pues los mandriles no se acercan, aunque huela tan bien como ahora.

Y olía muy bien.

—¿Cómo aprendiste a cocinar?

—Mi padre era cocinero. Era el negocio de la familia. Él tenía tanto talento que pudo costearme mis estudios en Basílica, y aprendí mucho de lo que él sabía. Creo que estaría orgulloso de lo que he podido hacer en estas míseras condiciones.

—Excepto el queso de camello.

—Creo que he hallado una hierba que lo mejorará —dijo Zdorab. Alzó la tapa de la marmita—. La probaré esta noche… he puesto el doble de queso que de costumbre, pero creo que a nadie le molestará. —Alzó el cucharón y Shedemei vio que derramaba un líquido viscoso.

—Vaya, no veo el momento de probarlo. Él detectó la ironía.

—Bien, tienes buenas razones para recelar de cualquier cosa que pueda saber como ese queso, pero opino que todos hemos pasado años amando el queso y sólo un par de meses odiándolo, así que podré convertirlos a todos de nuevo si lo hago bien. Y necesitaremos el queso… es una buena fuente de proteínas para todas las madres lactantes que tendremos.

—Has pensado en todo.

—Tengo mucho tiempo para pensar —dijo Zdorab.

—En cierto modo, eres el verdadero líder de este grupo.

—En cierto modo, será mejor que no digas eso frente a los demás o creerán que te has vuelto loca.

—Eres el que decide qué y cuándo comeremos, dónde haremos nuestras necesidades, qué plantaremos en el huerto, y nos guías en la exploración del índice…

—Pero si hago las cosas bien, nadie se da cuenta.

—Te responsabilizas por todos nosotros. Sin esperar a que te lo digan.

—Así lo hacen las buenas gentes. Eso significa ser buena persona. Y yo soy buena persona, Shedya.

—Ahora lo sé —dijo ella—. Y debí saberlo antes.

Interpretaba todos tus actos como debilidad… pero debía saber que había fuerza y sabiduría, afán de compartir, aun con quienes no lo merecen.

Y esta vez fue Zdorab quien lagrimeó. Apenas una pátina brillante, pero Shedemei la vio, y supo que él sabía que ella había visto. Pensó que ese matrimonio sería mucho más que la farsa en que había pensado. Sería una genuina amistad entre dos personas que no habían esperado encontrar amigos ni compañeros en este viaje.

El revolvió la sopa y la tapó, dejando el cucharón enganchado en el costado.

—Supongo que éste es el sitio más seguro para hablar, si no queremos que nos molesten ni fisgoneen —dijo Shedemei—. Nadie se acerca a la fogata si puede evitarlo, por temor a que lo hagan trabajar.

Zdorab rió entre dientes.

—Siempre me agradará tu compañía mientras esté trabajando aquí, y mientras comprendas que la cocina es un arte, y que me concentro en ello cuando lo hago.

—Espero poder decirte cosas tan interesantes y estimulantes como para que arruines la sopa de cuando en cuando.

—Si los haces con frecuencia, nos obligarán a divorciarnos.

Rieron, y callaron nuevamente.

—¿Quieres que hable con la tía Rasa? —dijo Shedemei—. Sin duda ella querrá preparar la boda para esta noche. Sentirá más alivio del que sentía Nafai.

—Y queremos que sea lo más público posible. Shedemei comprendió.

—Nos cercioraremos de que todos vean que somos marido y mujer. —Y la tácita promesa: «Jamás contaré a nadie que no somos marido y mujer.» Shedemei iba a ir en busca de Rasa, pero Zdorab la detuvo.

—¿Sí?

—Por favor, llámame Zodya.

—Desde luego —dijo ella, aunque en realidad nunca había oído su apodo familiar. Nadie lo usaba.

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