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La Sombra De La Guillotina

Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:

París, 1789. Frente a las panaderías se forman largas colas de gente hambrienta, las calles están atestadas de vagabundos armados y prácticamente todos los días estalla una pequeña revuelta.
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
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– Bien, pues…

– No sé -dijo la muchacha-. Tengo la impresión de que los marqueses se han vuelto un poco tacaños. Y yo ya no concedo mis favores tan a la ligera. Creo que me iré a Génova. Tengo varios contactos allí.

A Camille le gustaba su voz, su acento extranjero.

– ¿De dónde es usted? -le preguntó.

– De una población cercana a Lieja. He viajado bastante. Me llamo Anne Théroigne. Qué cansada estoy -dijo la joven, cerrando los ojos y reclinándose en la butaca.

Claude estaba en su casa de la rue Condé.

– Me sorprende verlo a usted -dijo, aunque no parecía sorprendido-. Ya tiene mi respuesta. Decididamente no. Jamás.

– ¿Acaso se cree inmortal? -preguntó Camille. Tenía ganas de pelearse con Claude.

– Se diría que me está usted amenazando -respondió éste.

– Escúcheme -dijo Camille-. Dentro de cinco años todo esto habrá desaparecido. No habrá funcionarios del Tesoro, ni aristócratas, y la gente se casará con quien le dé la gana; no habrá monarquía, ni parlamentos, y usted no podrá impedirme nada.

Jamás había hablado a nadie en ese tono. Se sentía como si se hubiera quitado un peso de encima. Quizás elija la carrera de matón, pensó Camille.

Annette se hallaba sentada en una habitación contigua. Era la primera vez desde hacía seis meses que Claude llegaba temprano a casa, por lo que Camille no estaba preparado para enfrentarse a él. Está empeñado en casarse con mi hija, pensó Annette, porque alguien se lo impide. Durante mucho tiempo, la propia Annette había alimentado ese feroz ego, como si se tratara de una extraña planta de interior, a base de café moca y pequeñas confidencias.

– No te muevas de aquí, Lucile -ordenó Annette a su hija-. No permitiré que te burles de la autoridad de tu padre.

– ¿Llamas a eso autoridad? -inquirió Lucile. Asustada, se dirigió apresuradamente hacia la puerta de la habitación.

Camille estaba pálido de ira y sus ojos parecían dos manchas oscuras. Lucile se detuvo ante él.

– Quiero que sepas -dijo-, que estoy decidida a vivir como me apetezca. Me aterra llevar una vida vulgar, aburrida.

Camille le rozó la mano con la punta de los dedos, que estaban helados. Luego dio media vuelta y salió. Lucile oyó un portazo. Lo único que le quedaba de él era el frío tacto de su mano. Al cabo de unos segundos oyó sollozar a su madre.

– Jamás, en veinte años, se había pronunciado una palabra fuera de lugar en esta casa -dijo su padre-, ni mis hijas habían oído alzar la voz a nadie.

En aquel momento apareció Adèle.

– De modo que ahora vivimos en el mundo real -observó.

Claude la miró apenado.

El hijo de los D’Anton era un niño robusto, con la piel ligeramente tostada, el pelo oscuro y los ojos azul claro, como su padre. Los Charpentier lo miraban embelesados, tratando de descubrir a quién se parecía. Gabrielle se sentía satisfecha de sí misma. Había decidido amamantar a su hijo en lugar de ponerlo en manos de una nodriza.

– Hace diez años habría sido impensable que una mujer de tu posición, la esposa de un abogado, amamantara a su hijo -dijo su madre, a quien chocaban ciertas costumbres modernas.

Corre el mes de mayo de 1788. El Rey ha anunciado que suprimirá los parlamentos. Algunos de sus miembros han sido arrestados. Los ingresos ascienden a 503 millones, los gastos a 629 millones. Gabrielle, asomada a la ventana, ve a un cerdo persiguiendo a un niño. El incidente la preocupa. Desde que ha dado a luz está muy sensible y no quiere llevarse sobresaltos.

Así pues, al cabo del tiempo se mudaron a una vivienda situada en un primer piso, en la esquina de la rue des Cordeliers y la Cour du Commerce. Al principio, Gabrielle pensó que no podían permitírselo. Era una vivienda muy lujosa y tendrían que comprar más muebles.

– Georges-Jacques tiene gustos caros -observó la madre de Gabrielle.

– Trabaja mucho -respondió ésta.

– ¿De veras? Querida, me parece admirable que seas una esposa obediente, pero no imbécil.

Más tarde, Gabrielle preguntó a su marido:

– ¿Estamos endeudados?

– No te preocupes por eso -contestó Georges-Jacques.

Al día siguiente, frente a la puerta de su nueva casa, D’Anton se detuvo para dejar paso a una mujer que llevaba de la mano a una niña de unos nueve o diez años. Se trataba de la señora Gély, cuyo marido, Antoine, era funcionario en el tribunal del Châtelet. La señora Gély preguntó a D’Anton si lo conocía, y éste respondió afirmativamente. La niña se llamaba Louise. Tras cambiar algunas frases corteses, la señora Gély se despidió diciendo:

– Si la señora D’Anton me necesita, no tiene más que comunicármelo. La semana que viene, cuando ya estén instalados, tienen que venir a cenar a casa.

Luego subió la escalera, seguida de Louise.

Georges-Jacques encontró a Gabrielle sentada en una caja, tratando de pegar las dos mitades de un plato.

– Es lo único que se nos ha roto -dijo, dándole un beso-. Nuestra nueva cocinera está preparando la comida. Esta mañana he contratado a una doncella. Se llama Catherine Motin, es joven y barata.

– He conocido a nuestra nueva vecina. Es muy amable. Tiene una niña de unos diez años. Me pareció que me miraba con recelo.

Gabrielle lo abrazó.

– No tienes un aspecto muy tranquilizador -dijo-. ¿Ha concluido el caso?

– Sí. He ganado.

– Siempre ganas.

– No siempre.

– Yo creo que sí.

– Como quieras.

– ¿No te importa que te adore?

– Lo importante, según me han dicho, es no verse obligado a satisfacer todas las expectativas de una mujer.

– ¿Quién te ha dicho eso?

– Camille.

El niño rompió a llorar y Gabrielle corrió a atenderlo. Años más tarde, Georges-Jacques recordaría ese momento, esa pequeña conversación, los lloros de su hijito, los opulentos pechos de su mujer y su dulce aire de inocencia, el olor a pintura, el montón de facturas sobre su mesa, los árboles frente a la ventana y el ambiente estival.

Índice de inflación 1785-1789:

Trigo 66%

Centeno 71%

Carne 67%

Leña 91%

Stanislas Fréron era periodista, un viejo compañero de escuela de Camille. Vivía a pocos pasos de los D’Anton y editaba una revista literaria. Era sarcástico y presumido, pero Gabrielle toleraba su presencia porque era ahijado de un miembro de la realeza.

– Supongo que éste es su salón, señora D’Anton -dijo Fréron, sentándose en un flamante sillón púrpura-. No me mire de ese modo. ¿Por qué no puede la esposa de un prominente abogado abrir un salón?

– No me veo en ese papel.

– Así que ése es el problema, ¿eh? Pensaba que el problema éramos nosotros. Que nos consideraba ciudadanos de segunda clase. Algunos, lo somos, desde luego. Fabre, por ejemplo, no es que sea de segunda clase sino que es de tercera -dijo Fréron, inclinándose hacia adelante y juntando las manos-. Todos esos hombres, a quienes admirábamos de jóvenes, han muerto, están seniles o se han retirado con unas pensiones que apenas les permiten mantener encendidas las brasas de su ira, aunque sospecho que se trataba de una ira fingida. Sin duda recordará la que se organizó cuando el señor Beauharnais se empeñó en que representaran sus obras, y nuestro obeso e ignorante Rey hizo que las prohibieran porque las consideraba subversivas. Lo cual demostró que la aspiración del señor Beauharnais era poseer la más lujosa mansión de París, que ha construido a pocos metros de la Bastilla y de uno de los barrios más míseros de la ciudad. Por otra parte…, en fin, podría citar miles de ejemplos. Las ideas que hace veinte años se consideraban peligrosas son ahora moneda corriente. Sin embargo, la gente se sigue muriendo de frío y de hambre en invierno, mientras que nosotros protestamos contra el orden establecido sólo porque no hemos conseguido trepar por la sórdida escala social. Si Fabre, por ejemplo, fuera elegido mañana miembro de la Academia, sus ansias de revolución social se convertirían de la noche a la mañana en la más dulce y apacible conformidad.

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