La Sombra De La Guillotina
- Автор: Мантел Хилари
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Sombra De La Guillotina». Краткое содержание книги:
En la orilla izquierda del Sena, un joven y desconocido abogado llamado Georges-Jaques Danton intenta labrarse un porvenir. Es un hombre enérgico y se ha propuesto dejar su impronta en la historia cueste lo que cueste. Maximilien Robespierre, tambien abogado, es un hombre tímido que detesta la violencia pero está dispuesto a dar la vida por ayudar a los demas. Camille Desmoulins es un joven sin domicilio fijo y aparentemente sin porvenir.
¿Qué es la revolución francesa? ¿Un desastre, un sueño, una oportunidad? Para estos tres hombres representa la única carrera posible a la que consagrar su vida.
En el despacho de D’Anton estaban todos muy ocupados. El abogado de la Corona había contratado a dos secretarios. Uno de ellos era un hombre llamado Jules Paré, con el que había ido al colegio, aunque D’Anton era bastante más joven. El otro se llamaba Deforgues, y también lo conocía desde hacía tiempo. Luego había otro individuo llamado Billaud-Varennes, que acudía cuando lo necesitaban. Era un hombre bajito, enjuto, que jamás hablaba bien de nadie. Cuando entró Camille, estaba recogiendo unos documentos que había sobre la mesa de Paré y quejándose de que su esposa se había engordado. Camille advirtió que aquella mañana estaba de un humor de perros. Envidiaba a Georges-Jacques, sus elegantes trajes, su aire de prosperidad y la aplastante seguridad en sí mismo.
– ¿Por qué se mete con Anna cuando en realidad es de maître D’Anton de quien le gustaría quejarse? -inquirió Camille.
– No tengo queja de nadie -replicó Billaud.
– Es usted muy afortunado. Debe de ser la única persona en Francia que no se queja. ¿Por qué miente?
– Vete, Camille -terció D’Anton, examinando los documentos que le había entregado Billaud-. Tengo mucho trabajo.
– ¿Cuando ingresaste en el colegio de abogados no tuviste que pedirle al cura de la parroquia un certificado en el que constara que eras un buen católico? ¿No se te atragantó?
– París bien vale una misa -contestó D’Anton.
– Por supuesto, ése es el motivo de que maître Billaud-Varennes no haya prosperado. Le gustaría ser abogado de la Corona, pero odia a los sacerdotes. ¿No es cierto?
– Sí -respondió Billaud-. Y ya que estamos en ello, le diré que mi último y más ferviente deseo sería que estrangularan al último rey con las tripas del último sacerdote.
Una breve pausa. Camille mira fijamente a Billaud. Le inspira tal repugnancia que no soporta su presencia. Pero en estos momentos tiene que aguantarse. Por desgracia se ve obligado a tratar con gente que no soporta. En ocasiones, al mirar a ciertas personas, tiene la sensación de que las conoce de toda la vida, como si fueran parientes suyos.
– ¿Cómo va lo de su panfleto subversivo? -le preguntó a Billaud-. ¿Ha encontrado a alguien que se lo quiera imprimir?
D’Anton alzó la cabeza y preguntó:
– ¿Por qué se molesta en escribir cosas que nadie las va a publicar, Billaud?
Billaud se puso colorado como un tomate.
– Porque me niego a hacer concesiones.
– Vamos, hombre -dijo D’Anton-. ¿No sería preferible que…? Es inútil, ya hemos hablado sobre eso. Quizá tú también deberías dedicarte a escribir panfletos, Camille. Puede que la prosa sea más rentable que la poesía.
– Su panfleto se titula «El último golpe contra los prejuicios y la superstición» -respondió Camille-. Pero no parece que vaya a ser el último golpe, ¿verdad? Supongo que correrá la misma suerte que sus abominables obras.
– El día que usted… -empezó a decir Billaud.
D’Anton lo interrumpió.
– Basta. ¿Qué son estos documentos que me ha traído, Billaud? Son ilegibles.
– ¿Pretende enseñarme mi trabajo, maître D’Anton?
– Si no sabe hacerlo, sí. -Luego se dirigió a Camille y le preguntó-: ¿Cómo está tu prima Rose-Fleur? No, no me lo cuentes ahora. Estoy demasiado ocupado.
– ¿Resulta muy difícil ser respetable? -le preguntó Camille-. Me refiero a si cuesta un gran esfuerzo.
– Esa pose suya resulta grotesca, maître Desmoulins -dijo Billaud-. Me da asco.
– No menos del que me inspira usted a mí, fantasma -replicó Camille-. Si no consigue ejercer de abogado, siempre puede utilizar su talento para gemir en los sótanos de un castillo o danzar sobre las tumbas de sus antepasados.
Cuando Camille se marchó, Jules Paré dijo:
– No me atrevo a decir lo que pienso sobre ese cretino.
Al llegar al Théâtre des Variétés, el portero dijo a Camille:
– Llegas tarde, amor.
Camille no comprendió sus palabras. En la taquilla había dos hombres discutiendo sobre política. Uno de ellos atacaba duramente a la aristocracia. Era un individuo bajito y rollizo, que parecía no tener un solo hueso en el cuerpo, el tipo de hombre que -en circunstancias normales- suele defender con vehemencia el statu quo.
– Ten cuidado, Hébert -le advirtió el otro sin perder la calma-, van a colgarte.
Se masca la sedición, pensó Camille.
– Apresúrese -le dijo el portero-. Está de pésimo humor. Se pondrá furioso con usted por llegar tarde.
En el interior del teatro, sumido en la penumbra, reinaba un ambiente hostil. Unos actores, visiblemente nerviosos, saltaban y brincaban sobre las tablas del escenario para entrar en calor. Philippe Fabre d’Églantine estaba de pie ante el escenario y la cantante que acababa de actuar.
– Creo que necesitas unas vacaciones, Anne -dijo éste-. Lo siento, querida, no me ha gustado la prueba. ¿Qué te ha pasado en la garganta? ¿Acaso te dedicas a turnar en pipa?
La chica cruzó los brazos. Parecía a punto de romper a llorar.
– Dame un puesto en el coro, Fabre. Te lo suplico.
– Lo siento, no puedo. Parece como si estuvieras cantando dentro de un edificio en llamas.
– Qué vas a sentirlo, cabrón -dijo la muchacha.
Camille se acercó a Fabre y le preguntó al oído:
– ¿Está casado?
– ¿Qué? -contestó Fabre, girándose sobresaltado-. No.
– ¿No? -insistió Camille.
– Bueno, sí, en cierta forma…
– No pretendo hacerle chantaje.
– De acuerdo, sí, estoy casado. Mi mujer está… de gira. ¿Puede esperarme media hora? Enseguida le atenderé. ¿Qué he hecho para merecer esto? -se quejó, señalando el escenario, las bailarinas y el gerente del teatro, que estaba sentado en un palco.
– Todos estamos de mal humor esta mañana. En la taquilla están discutiendo sobre la composición de los Estados Generales.
– El taquillero, René Hébert, es muy impulsivo. Le fastidia que su destino sea vender entradas de teatro.
– Esta mañana he visto a Billaud -dijo Camille-. También está de un humor de perros.
– No mencione el nombre de ese hijo de puta -contestó Fabre-. ¿Por qué no se dedica a su profesión en lugar de intentar quitarles el pan de la boca a los escritores? Usted es distinto -añadió amablemente-. No me importaría que usted escribiera una obra, puesto que como abogado es una nulidad. Creo, querido Camille, que usted y yo deberíamos colaborar en algún proyecto.
– Me gustaría colaborar en una violenta y sangrienta revolución. Algo que ofendiera a mi padre.
– Yo me refería más bien a algo a corto plazo, que nos diera mucho dinero -contestó Fabre.
Camille se retiró a un rincón y observó a Fabre mientras dirigía el ensayo.
La cantante bajó del escenario, se dejó caer en una butaca y se echó sobre los hombros un chal de seda que había visto mejores tiempos, como su belleza. Luego miró a Camille con cara de pocos amigos y preguntó:
– ¿Le conozco?
Era una muchacha de unos veintisiete años, delgada, con el pelo castaño oscuro y la nariz respingona. Era bastante atractiva, pero tenía las facciones ligeramente desdibujadas, como si le hubieran propinado una paliza y aún no se hubiera recuperado del todo. Al cabo de unos momentos, repitió la pregunta.
– Me gusta su estilo -contestó Camille.
La muchacha sonrió y se frotó el cuello.
– Creí que nos conocíamos.
– A mí también me pasa con frecuencia. Últimamente tengo la sensación de que conozco a todo el mundo en París. Es como si sufriera alucinaciones.
– ¿Es amigo de Fabre? ¿No podría convencerlo para que me contratara? Bueno, da lo mismo. Tiene razón, he perdido la voz. Estudié en Inglaterra. Tenía la ilusión de convertirme en una gran cantante. No sé lo que voy a hacer ahora.
– ¿Qué suele hacer cuando no canta?
– Solía acostarme con un marqués.