Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
Georgia conducía. Él iba en el asiento del acompañante, con el equipo de primeros auxilios que era su obligada compañía desde Nueva York abierto sobre el regazo. Deshizo el vendaje húmedo y pegajoso y lo dejó caer sobre el suelo, a los pies. Las tiritas que había aplicado a la herida el día anterior se habían despegado, y el agujero estaba abierto otra vez, brillante, obsceno. El mismo se lo había vuelto a abrir con el esfuerzo hecho al apartarse del camino para esquivar la furgoneta de Craddock.
– ¿Qué vas a hacer con esa mano? -preguntó Georgia, lanzándole una mirada de preocupación antes de volver la vista hacia el camino.
– Lo mismo que tú estas haciendo con la tuya -respondió-. Nada.
Comenzó a colocarse torpemente nuevas tiritas sobre la herida. Sufrió como si se estuviera apagando un cigarrillo en la palma de la mano. Cuando hubo cerrado la herida lo mejor que pudo, envolvió la mano con gasa limpia.
– Te sangra la cabeza también -dijo ella-. ¿Te habías dado cuenta?
– Un pequeño rasguño. No te preocupes.
– ¿Qué va a ocurrir la próxima vez? ¿Qué pasará la siguiente ocasión que terminemos en algún lugar sin disponer de los perros para que nos cuiden?
– No lo sé.
– Era un lugar público. Deberíamos haber estado seguros en un lugar público. Con gente por todas partes. Y a plena luz del día. Pero él se ha presentado allí sin ningún problema y nos ha acosado. ¿Cómo se supone que vamos a luchar contra algo así?
– No lo sé -respondió él-. Si supiera qué hacer, ya estaría en ello, Florida. Tú y tus preguntas. Deja las preguntas al menos por un minuto, ¿crees que podrás?
Siguieron viaje. Sólo cuando escuchó el sonido entrecortado de un sollozo -luchaba por llorar en silencio- cayó en la cuenta de que la había llamado Florida, cuando había querido decir Georgia. Fueron sus preguntas las que habían provocado el lapsus. Una pregunta tras otra, sumadas a ese acento sureño, que se había ido deslizando poco a poco en su voz durante el último par de días.
El ruido que hacía Georgia tratando de no llorar era en cierto modo peor que si sollozase abiertamente. Ojalá se permitiera a sí misma llorar. Si lo hiciera, Jude podría decirle algo, pero de aquella manera se sentía impulsado a dejarla sufrir en privado, a fingir que no se había dado cuenta. Se hundió aún más en el asiento del acompañante y volvió la cara hacia la ventanilla.
El sol proyectaba una luminosidad intensa que entraba a través del parabrisas. Un poco al sur de Richmond, Jude se sumió en un desagradable trance, adormecido por el calor. Trató de pensar en lo que sabía sobre el muerto que los perseguía, en lo que Anna le había contado de su padrastro cuando estaban juntos.
Pero le resultaba difícil pensar, era demasiado esfuerzo. Estaba dolorido, todo aquel sol le daba en la cara y Georgia hacía aquellos ruidos suaves, desgraciados, detrás del volante. De todos modos estaba seguro de que Anna no le había dicho mucho. «Prefiero hacer preguntas -le aseguraba una y otra vez- más que responderlas».
Lo había vuelto loco con aquellas preguntas tontas, sin sentido, durante casi medio año: «¿Fuiste alguna vez boy scout? ¿Te lavas la barba con champú? ¿Qué prefieres, mi culo o mis tetas?
Lo poco que sabía debería haber excitado su curiosidad: la actividad familiar relacionada con el hipnotismo, el padre zahori que enseñaba a sus hijas a leer las palmas de las manos y a hablar con los espíritus; una infancia marcada por alucinaciones de esquizofrenia preadolescente. No se interesó. Anna (Florida) no quería hablar sobre lo que había sido antes de conocerlo, y, en cuanto a él, se contentaba con que el pasado de la chica fuera precisamente eso, pasado.
Fuera lo que fuese lo que ella no le contaba, Jude sabía que se trataba de algo malo. Ignoraba su naturaleza, pero estaba seguro de que no era nada bueno. Los detalles concretos no importaban…, eso era lo que él creía entonces. En aquel tiempo pensaba que su decisión y su capacidad de aceptarla tal como era, sin preguntas, sin juzgar, era uno de sus puntos fuertes. Qué error.
Ahora se daba cuenta de que en realidad no la había protegido. Los fantasmas, al final, siempre le alcanzan a uno, y no hay manera de cerrarles las puertas. Pueden atravesarlas. Lo que él consideraba que era un rasgo de fortaleza personal -conformarse con saber solamente lo que ella quería que él supiera- era más bien una señal de egoísmo. Tenía miedo a los secretos de ella o, más específicamente, a los enredos emocionales que podrían generarse al conocerlos.
Florida sólo se había arriesgado una vez a hacer algo cercano a una confesión, a enseñar algo de sí misma. Fue al final, poco antes de que Jude la enviara a su casa.
Llevaba deprimida unos cuantos meses. Primero, las relaciones sexuales decayeron, y luego desaparecieron por completo. Solía encontrarla en el baño, metida en agua helada, temblando, sin hacer nada, demasiado confundida y desdichada como para salir. Al pensar en ello, tanto tiempo después, le parecía que en aquellas ocasiones estaba ensayando para su primer día como cadáver, para la noche que iba a pasar enfriándose y arrugándose en una bañera llena de agua gélida turbia de sangre. Parloteaba consigo misma con una vocecita cantarína, de niña pequeña; pero enmudecía si él trataba de hablarle. Entonces le miraba perpleja y sorprendida, como si quien estaba hablando fuese uno de los muebles.
Una noche Jude salió, no recordaba por qué. Quizá fuera a alquilar una película o a comprar una hamburguesa. Acababa de oscurecer cuando emprendió el regreso a casa. Medio kilómetro antes de llegar, oyó que los conductores tocaban la bocina, vio que los automóviles hacían señales con los faros.
Entonces pasó junto a ella. Anna iba por el otro lado de la carretera, corriendo por el arcén, sin más ropa que una de las camisetas de él, que le quedaba muy grande. Su pelo rubio estaba enredado y despeinado por el viento. Ella le vio pasar en la otra dirección, y se lanzó sobre la carretera detrás de él, agitando desesperadamente la mano. Iba como loca, delante de un enorme camión que se acercaba.
Los neumáticos del camión chirriaron con estrépito. La parte trasera del remolque derrapó hacia la izquierda y la cabina se fue hacia la derecha. Finalmente se detuvo, medio metro antes de atropellarla. Ella no pareció darse cuenta. Para ese momento, Jude ya había parado su coche y ella abrió la puerta del lado del conductor para caer sobre él.
– ¿Adonde has ido? -gritó-. Te he buscado por todas partes. Corrí y corrí. Creía que te habías ido, de modo que corrí, corrí buscándote.
El conductor del camión había abierto la puerta y tenía un pie apoyado en el escalón de la cabina.
– ¿Qué diablos le pasa a esa loca?
– Yo me ocupo de ella -explicó Jude.
El camionero abrió la boca para hablar otra vez, pero se quedó mudo cuando Jude arrastró a Anna por encima de sus propias piernas, maniobra que le levantó la camiseta y dejó el culo de la mujer al aire.
Jude la dejó caer en el asiento del acompañante, y de inmediato ella se incorporó otra vez, dispuesta a echarse sobre él, apoyando la cara caliente y húmeda contra su pecho.
– Estaba asustada. Tan asustada… y corrí…
La empujó con el codo para apartarla de sí, con tanta fuerza que hizo que se golpeara contra la puerta del acompañante. Florida se sumió en un silencio aturdido.
– Basta. Estás desquiciada. Ya me he cansado. ¿Me escuchas? No eres la única que puede leer el futuro. ¿Quieres que te diga yo algo sobre tu futuro? Te veo con tus maletas, esperando un autobús -le dijo Jude con crueldad.
Su pecho estaba tenso. Lo suficiente como para recordarle que ya no tenía treinta y tres años, sino cincuenta y tres, casi treinta más que ella. Anna lo miraba sin pestañear. Sus ojos redondos y grandes parecían no comprender.
Puso el coche en marcha con la intención de volver a casa. Al entrar en la carretera, ella se inclinó y trató de bajarle la cremallera de los pantalones para practicar sexo oral, pero la simple idea de una felación revolvió el estómago a Jude. Le resultaba inimaginable, era algo que no podía consentir, de modo que la golpeó con el codo, empujándola otra vez.