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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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– Me pregunto qué clase de par de viejos llegaremos a ser -dijo Georgia.

– Lo tengo claro. Yo todavía tendré pelo. Sólo pelo blanco. Mechones que crecerán de manera desordenada, por todas parles, probablemente. Las orejas. La nariz. Pelos grandes e hirsutos saliendo de mis cejas. En resumen, seré como un Santa Claus terriblemente mal hecho.

Ella se puso una mano debajo de los pechos.

– La grasa que tienen éstos se escurrirá directamente hacia mi culo. Me gustan los dulces, de modo que, muy probablemente, me faltarán dientes. Por otra parte, y eso será lo mejor, podré sacarme la dentadura para practicar sexo oral sin dientes. Lo propio de una señora mayor.

Jude le tocó la barbilla y le levantó la cara para enfrentarla a la suya. Estudió sus pómulos y los ojos dentro de las profundas cuencas, con ojeras, ojos que miraban divertidos e irónicos, sin llegar a ocultar del todo el deseo de contar con su aprobación.

– Tienes una buena cara -dijo él-. Tienes buenos ojos. Estarás bien. En las ancianas lo importante son los ojos. Serás una viejecita con ojos vivaces, y parecerá que siempre estás pensando en algo divertido. Siempre dispuesta a meterte en problemas.

Retiró la mano. Ella fijó la mirada en el café, sonriendo, halagada y sumergida en una timidez poco habitual.

– Parece que estuvieras hablando de mi abuela Bammy -dijo-. Te va a encantar cuando la veas. Podríamos estar allí a la hora del almuerzo.

– Sí.

– Mi abuela tiene el aspecto de una encantadora ancianita, adorable e inofensiva. Pero, ay, le gusta atormentar a la gente. Yo vivía con ella cuando estaba en octavo. Invitaba a mi amigo Jimmy Elliott a casa, supuestamente para jugar a los dados, pero en realidad robábamos vino. Bammy dejaba casi todos los días en el frigorífico media botella de tinto que había sobrado de la comida de la noche anterior. Y ella sabía lo que estábamos haciendo. Un día cambió el vino por tinta morada y la dejó allí para que nosotros la robáramos. Jimmy me dejó beber primero. Eché un trago y me atraganté, tosiendo como nunca lo había hecho. Cuando volví a casa, todavía tenía un enorme anillo morado alrededor de la boca, manchas del mismo color por toda la mandíbula y la lengua de color púrpura. La tinta no salió hasta una semana después. Yo esperaba que Bammy me diera unos azotes, pero a ella le pareció suficiente castigo y consideró que además era un asunto gracioso.

La camarera se acercó para tomar nota. Cuando se fue, Georgia sacó un tema inesperado:

– ¿Cómo era eso de estar casado, Jude?

– Tranquilo.

– ¿Por qué te divorciaste de ella?

– Yo no me divorcié. Fue ella quien se divorció de mí.

– ¿Te sorprendió en la cama con todo el estado de Alaska o algo por el estilo?

– No. No la engañé… Bueno, no demasiado a menudo. Y a ella no parecía molestarle.

– ¿No le molestaba? ¿Lo dices en serio? Si nosotros estuviéramos casados y tú hicieras de las tuyas, te arrojaría a la cara lo primero que tuviera a mano. Y lo segundo. Y luego no te llevaría al hospital. Dejaría que te desangraras. -Hizo una pausa y se inclinó sobre su taza de café-. ¿Y por qué fue entonces? ¿Por qué te dejó?

– Sería difícil de explicar.

– ¿Porque soy demasiado estúpida?

– No -replicó él-. Más bien porque yo no soy lo suficientemente listo como para explicármelo a mí mismo, y mucho menos a otra persona. Durante mucho tiempo, quise hacer el papel de marido. Pero luego dejé de hacerlo. Y cuando eso ocurrió… ella se dio cuenta. Sencillamente. Tal vez yo procuré que lo supiera. -Mientras decía eso, Jude estaba pensando en cómo había empezado a acostarse cada vez más tarde, esperando a que ella se cansara y se fuera a dormir sin él. Procuraba meterse en la cama después de que ella se durmiera para no tener que hacer el amor. También pensaba en cómo a veces comenzaba a tocar la guitarra, ensayando una melodía, precisamente cuando ella estaba diciendole algo. Tapaba con los acordes lo que su mujer decía. Recordaba igualmente que había conservado la película pornográfica con el asesinato, en lugar de deshacerse de ella. Recordaba que la había dejado donde ella pudiera descubrirla, donde él suponía que ella la encontraría.

– Eso no tiene sentido. Así, de repente. ¿No sentiste que debías hacer un esfuerzo? No es propio de ti. No eres el tipo de persona capaz de abandonar las cosas importantes sin ninguna razón.

No había sido sin ninguna razón, pero la razón que había desafiaba toda explicación racional, no podía ser traducida en palabras de manera que tuviera sentido. Había adquirido la granja para su esposa, para ellos dos. Le compró a Shannon un Mercedes, luego otro, un sedán grande y un descapotable. Viajaban los fines de semana, a veces incluso a Cannes, y volaban en un jet particular en el que comían langostinos gigantes y langosta. Y luego Dizzy murió, se fue de la manera más terrible y dolorosa que se pueda imaginar, y Jerome se mató. A pesar de ello, Shannon solía aparecer en el estudio para decirle a Jude: «Estoy preocupada por ti. Vamos a Hawai» o «Te he comprado una americana de cuero…, pruébatela», y él empezaba a tocar las cuerdas de su guitarra. Detestaba la voz de Shannon y tocaba para que la música la borrara. Odiaba la sola idea de gastar más dinero, de poseer otra chaqueta, de hacer otro viaje. Pero sobre todo odiaba la expresión de satisfacción de su mujer, aquel aspecto complacido de su cara. Y detestaba sus dedos regordetes, llenos de anillos, e incluso el frío aire de preocupación que a veces aparecía en su mirada.

Cuando Dizzy estaba ciego, ya muy cerca del final, con fiebre altísima y sin poder controlar sus esfínteres, el delirio se apoderó de su mente y creía que Jude era su padre. El enfermo lloraba y decía que no quería ser gay.

– No me odies más, papá, no me odies -suplicaba, gimiendo.

Y Jude respondía, por pura piedad:

– No te odio. Nunca te he odiado.

Luego Dizzy murió y Shannon seguía comprando ropa para su marido y pensando a qué restaurante irían a comer.

– ¿Por qué no tuviste hijos con ella? -quiso saber Georgia.

– Tenía mucho miedo de parecerme demasiado a mi padre.

– Dudo que te parezcas a él -sentenció ella.

Pensó en eso mientras observaba el bocado que tenía pinchado en el tenedor.

– Te equivocas. Tenemos un temperamento muy parecido.

– A mí lo que me asusta -dijo la chica- es tener hijos y que luego ellos se enteren de toda la verdad sobre mí. Los hijos siempre se enteran. Yo acabé sabiendo todo lo referente a mis padres.

– ¿Qué descubrirían tus hijos sobre ti?

– Que abandoné el instituto. Que tenía trece años cuando dejé que un tipo me convirtiera en prostituta. El único trabajo que siempre he sabido hacer bien ha sido quitarme la ropa al ritmo de la música de Mótley Crüe, en una sala llena de borrachos. Traté de suicidarme. Me arrestaron tres veces. Le robé dinero a mi abuela y la hice llorar. No me cepillé los dientes durante casi dos años. ¿Me olvido algo?

– Pues lo que tu hijo descubrirá es que, por malas que sean las cosas que haga, siempre podrá hablar con su madre, porque ella ya lo ha pasado todo. No importa qué mierda le caiga encima. Puede sobrevivir, porque su madre soportó cosas peores y logró salir adelante.

Georgia levantó la cabeza, sonriendo otra vez, con los ojos brillantes de placer y picardía. En ese momento eran la clase de ojos de los que Jude había estado hablando apenas unos minutos antes.

– ¿Sabes una cosa, Jude? -dijo ella, tratando de coger su taza de café con la mano vendada. La camarera, que estaba detrás de la chica, se inclinó con la cafetera para volver a llenar la taza de Georgia, sin fijarse en lo que estaba haciendo porque estaba mirando su talonario de facturas. Jude presintió lo que estaba a punto de ocurrir, pero no pudo soltar la advertencia a tiempo. Georgia seguía hablando-: A veces eres un tipo tan bueno, puedo olvidar que eres un est…

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