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El traje del muerto

Электронная книга - «El traje del muerto». Краткое содержание книги:

«El traje del muerto es, sencillamente, la mejor opera prima de terror desde que Clive Barker escribió su Damnation Game hace veinte años. Es el tipo del libro para el que los exagerados adjetivos que se utilizan en las contraportadas de los libros -sobrecogedor, absorbente, impactante, imposible de soltar- encajan a la perfección, ya que es todas esas cosas además de enormemente inteligente. Una auténtica y terrorífica novela llena de personas con las que uno se identifica; la clase de libro que permanece en la memoria después de haber finalizado su lectura. Tiene toda mi admiración». Neil Gaiman, The New York Times.
«La primera y apasionante novela de Joe Hill está repleta de momentos tan espeluznantes que te hielan la sangre o tan escalofriantes como una llamada telefónica de un viejo amigo muerto».Entertainment Weekly.
«Inquietante… con tantos giros y sustos que los lectores al llegar al final se quedarán pálidos agarrando con fuerza los brazos de su sillón». Denver Post.
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El muerto se encontraba en el pasillo, cerca del baño. Jude no lo vio hasta que ya había pasado junto a él, y entonces un estremecimiento le recorrió el cuerpo, dejándolo con un incesante temblor de piernas. Craddock se había quitado su sombrero negro, saludándolos al pasar.

Georgia apenas podía mantenerse erguida. Jude movió la mano para sujetarla por la parte de arriba del brazo, sosteniéndola a la vez que la empujaba hacia el comedor. La mujer gorda y el anciano tenían las cabezas juntas.

– No ha sido ninguna emisora de radio.

– Chiflados. Chiflados que hacen bromas.

– Cállate…, ahí vuelven.

Los demás seguían mirando y pegaron un bote para abrirles paso. La camarera que hacía apenas un minuto había acusado a Jude de ser un vendedor de drogas y a Georgia de ser su puta estaba apoyada en el mostrador de la entrada hablando con el gerente, un hombrecito con lapiceros en el bolsillo de la camisa y los ojos tristes de un sabueso. Ella los señaló con el dedo cuando cruzaron la habitación.

Jude se detuvo un momento al pasar junto a la mesa a la que habían estado sentados para arrojar un par de billetes de veinte dólares. Al cruzarse con el gerente, el hombrecito levantó la cabeza para observarlos con su mirada trágica, pero no dijo nada. La camarera continuó hablándole al oído.

– Jude -dijo Georgia cuando atravesaron las primeras puertas-. Me estás haciendo daño.

El aflojó los dedos en el brazo de ella y vio que le había dejado marcas muy blancas en la piel, muy pálida. Atravesaron ruidosamente las últimas puertas y pronto estuvieron fuera.

– ¿Estamos a salvo? -preguntó ella.

– No -respondió Jude-. Pero pronto lo estaremos. El fantasma tiene un saludable miedo a los perros.

Pasaron rápidamente junto a la camioneta de Craddock, que seguía con el motor en marcha. La ventanilla del asiento del acompañante estaba medio abierta. Dentro sonaba la radio. Sonaba la voz de uno de los políticos de derechas de la AM, que estaba hablando con tono suave y confiado, casi arrogante.

«Es bueno aceptar esos valores esenciales estadounidenses, y es bueno ver que las personas adecuadas ganan unas elecciones, aun cuando la otra parte diga que no han sido unas elecciones limpias; y es muy bueno ver cómo más y más personas regresan a la política del buen sentido común cristiano. Pero ¿sabes qué es todavía mejor? Asfixiar a esa bruja que está a tu lado. Asfixia a esa bruja y luego llévala a la carretera y arrójala delante de un camión de gran tonelaje. Hazlo, hazlo y…».

Luego se alejaron y ya no se oía la voz.

– Vamos a librarnos de esa cosa -dijo Georgia.

– No. No nos libraremos de él. Vamos. Faltan menos de cien metros para llegar al hotel.

– Si no nos atrapa ahora, lo conseguirá después. Tarde o temprano. Me lo ha dicho. Me ha dicho que era mejor que me suicidara y terminara con todo. Iba a hacerlo. No podía evitarlo.

– Lo sé. Así es como lo hace.

Caminaron a lo largo de la carretera, sobre una de las cunetas de la calzada, con los largos tallos de hierba azotando los vaqueros de Jude.

– Me duele la mano -se quejó Georgia.

Se detuvieron. Levantó el brazo para mirarle la herida. No estaba sangrando, ni por el golpe al espejo ni por empuñar la hoja curva de vidrio. El grueso almohadillado de la venda le había protegido la piel. De todas maneras, a pesar del vendaje pudo sentir que emitía un calor enfermizo y se preguntó si no se habría roto un hueso.

– Seguro que te duele. Has golpeado el espejo con mucha fuerza. Has tenido suerte de no sufrir una lesión mucho mayor. -La empujó suavemente y volvieron a ponerse en marcha.

– Me late como un corazón. Hace «pum-pum-pum». -Escupió, y luego escupió otra vez.

Entre ellos y el motel había un paso subterráneo, un pasaje pétreo en un túnel angosto y oscuro, sin ninguna acera, sin ningún espacio a los lados, ni siquiera el arcén lateral para emergencias. El agua goteaba del techo de piedra.

– Vamos -dijo.

El túnel era una estructura negra, encajada alrededor de una imagen del hotel Days Inn. Jude tenía la mirada fija en el motel. Podía ver el Mustang. Podía ver su habitación.

No disminuyeron la velocidad al entrar en el túnel, que apestaba a agua estancada, malas hierbas y orina.

– Espera -dijo Georgia.

Se volvió y se agachó. Vomitó cuanto acababa de comer: los huevos, los trozos de tostadas a medio digerir y el zumo de naranja.

Jude le sostuvo el brazo izquierdo con una mano y le recogió con la otra el pelo para que no le cayera sobre la cara. Se puso nervioso por verse obligados a pararse allí, en la maloliente oscuridad, esperando a que ella terminara.

– Jude -dijo la chica.

– Vamos -la apremió a modo de réplica, mientras tiraba de su brazo.

– Espera…

– Vamos.

Ella se limpió la boca con la parte inferior de la camisa. Permaneció inclinada.

– Creo…

Oyó el vehículo antes de verlo, escuchó el motor acelerando detrás de él. Era como un gruñido furioso que se fue convirtiendo en un rugido atronador. Los faros recorrieron las paredes de toscos bloques de piedra. Jude tuvo tiempo de mirar hacia atrás y vio la camioneta del muerto que se lanzaba sobre ellos. Craddock sonreía detrás del volante y de los reflectores, que eran dos círculos de luz cegadora, agujeros ardientes, lanzallamas orientados directamente hacia el mundo. El humo salía, caliente, de los neumáticos.

Jude abrazó a Georgia y se lanzó hacia delante, llevándosela con él para salir por el lejano extremo del túnel.

El Chevy de color azul ahumado chocó contra la pared, detrás de ellos, con un estrepitoso ruido de acero contra rocas. El estruendo aturdió los tímpanos de Jude, que siguieron resonando un rato. Él y Georgia cayeron sobre la grava mojada, ya fuera del túnel. Rodaron, alejándose del camino, sobre los arbustos, para terminar tumbados entre los heléchos mojados de rocío. Georgia gritó, le golpeó en el ojo izquierdo con su codo huesudo. Él apoyó una mano sobre algo esponjoso y sintió el desagradable fresco del barro del pantano.

Se levantó, respirando agitado. Miró hacia atrás. No había sido, en realidad, el viejo Chevy del muerto lo que había chocado contra la pared, sino un Jeep de color verde aceitunado, un viejo vehículo sin techo, con una barra metálica en la parte de atrás. Un hombre negro, con el pelo corto, duro, estaba sentado detrás del volante, con una mano sobre la frente. El parabrisas aparecía roto, formando una red de anillos concéntricos que crecían desde el punto en el que su cabeza había golpeado. Toda la parte delantera del Jeep había sido arrancada de cuajo. Sólo se veían hierros retorcidos por todos lados, dispersos en pedazos humeantes.

– ¿Qué ha ocurrido? -preguntó Georgia, con voz débil y metálica, difícil de distinguir por encima del zumbido que aún le sonaba en los oídos.

– El fantasma. Ha fallado.

– ¿Estás seguro?

– ¿Seguro de que ha sido el fantasma?

– De que ha fallado.

Jude se puso de pie con las piernas inestables, las rodillas a punto de ceder. La cogió por la muñeca y la ayudó a ponerse en marcha. Los ruidos de sus tímpanos comenzaban a debilitarse. A lo lejos, podía oír a los perros ladrando histéricamente, furiosos sin duda.

Capítulo 26

A1 apilar sus maletas en la parte posterior del Mustang, Jude se dio cuenta de que sufría un latido lento y profundo en la mano izquierda, una sensación diferente del dolor constante y opaco que persistía desde que se había herido a sí mismo en ese lugar el día anterior. Cuando miró, vio que el vendaje se estaba deshaciendo y se empapaba de sangre nueva.

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