El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
– La cuidadora de mi hermano.
– Ojalá me cuidara librándome de ti -le espetó Mark-. ¿Te importaría que hablara un momento con el doctor en privado, por favor? ¿Los dos solos?
Karin unió las manos ante su cara y abandonó de nuevo la habitación. Weber se puso en pie, sujetando con una mano la cartera mientras con la otra se acariciaba la entrecana barba. Había llegado el momento del interrogatorio. Mark se volvió hacia él.
– Dígame. ¿No estará trabajando para esa mujer? ¿Tiene alguna clase de relación con ella? Quiero decir, físicamente. Entonces, ¿no le importaría ponerse en contacto con mi verdadera hermana? Puedo darle toda la información que tengo para ella. Empiezo a estar preocupado de veras. Es posible que no tenga idea de lo que me está ocurriendo. Tal vez le hayan contado un montón de mentiras. Si pudiera ponerse en contacto con ella, sería de gran ayuda.
– Háblame un poco más de tu hermana, de su carácter.
¿Cómo veía el carácter un paciente de Capgras? ¿Era posible que la lógica, privada de sentimiento, viese algo más que la actuación de la personalidad? ¿Estaba esa posibilidad al alcance de cualquiera?
Mark le despidió, apretándose la cabeza.
– ¿Qué le parece mañana? El cerebro me va a estallar. Vuelva mañana, si le apetece. Pero olvídese del traje y de la cartera, ¿de acuerdo? Aquí todos somos buena gente.
– Así lo haré -respondió Weber.
– Es usted mi tipo de loquero.
Mark le tendió la mano, y Weber se la estrechó.
Weber encontró a Karin en la recepción, sentada en un duro sofá de vinilo verde, de esos que pueden limpiarse rápidamente en una emergencia. Los ojos de la joven parecían alérgicos al aire. Dos mujeres de piel apergaminada pasaron ante ella empujando andadores, una carrera en animación suspendida. Una de ellas saludó a Weber como si fuese su hijo. Karin le dio explicaciones antes de que él pudiera sentarse.
– Lo siento. Me mata verle en ese estado. Cuanto más dice que no me conoce, menos sé de qué manera comportarme con él.
– ¿Qué diferencias ve en usted?
Ella se serenó.
– Es extraño. Ahora me alaba. Es decir, la alaba a ella. De hecho, él y yo, quiero decir mi yo de ahora, nos relacionamos con la misma dificultad de siempre. De niños lo pasamos bastante mal. He tratado de evitar que él hiciera las mismas estupideces que he cometido a lo largo de los años. Necesita que sea para él la voz de la razón; nunca ha tenido a nadie que desempeñara ese papel. Cuanto más intentaba que fuese por el camino recto, más se indignaba. Pero ahora se indigna conmigo y cree que ella era una especie de santa.
Se interrumpió, disculpándose con una sonrisa y moviendo la boca como una trucha. Weber le ofreció el brazo, un gesto torpe, arcaico, algo que jamás hacía. Culpó a Nebraska, al árido zumbido del mes de junio. El acento monótono, las caras anchas, impasibles, rústicas, tan blanquecinas e inescrutables, le desorientaban, tras haberse pasado décadas en la ruidosa y pardusca agitación de Nueva York. Aquí las caras compartían un conocimiento furtivo -de la tierra, el tiempo, la crisis inminente- que las mantenía al abrigo de los intrusos. Llevaba media jornada en aquel lugar, y ya notaba lo reticente que podía ser una persona rodeada de tal cantidad de grano.
Ella le tomó del brazo y se levantó. Cruzaron la puerta principal y avanzaron por la acera hacia el aparcamiento. Él estaba nervioso, experimentaba la frustración que le había perseguido durante toda su etapa de internado en neurología. Años atrás había reducido la práctica médica para dedicarse a la investigación y a escribir, tal vez, en parte, para protegerse a sí mismo. En el último año y medio había empeorado. Pronto la mera visión de alguien que implantaba electrodos a un macaco le resultaría insoportable.
Karin Schluter iba cogida de su brazo camino del coche.
– Sabe usted tratarlo -concedió-. Creo que le gusta.
Miraba al frente mientras hablaba. Había esperado más de aquel hombre. Ni siquiera habían terminado con los preliminares y Weber ya la había decepcionado.
– Su hermano tiene una personalidad muy vital. Me gusta mucho.
Ella se detuvo en la acera. Su expresión se volvió adusta.
– ¿Qué significa «vital»? No va a quedarse así, ¿verdad? Usted puede ayudarle, ¿no es cierto? Como esas cosas que intenta hacer en sus libros…
El verdadero trabajo nunca era el que se hacía con el paciente.
– Escuche, Karin. Piense de nuevo en la noche del accidente de Mark. ¿Recuerda haber imaginado lo que podría haberle sucedido?
Ella estaba de pie, rodeándose con los brazos, el rostro encendido. Ahora él se mantenía a cierta distancia. El viento de junio formó con su cabello una docena de cables de remolque. Se apretó los ojos.
– Él no es así. Era rápido, agudo, un poco basto. Pero considerado con todo el mundo…
Tenía las manos juntas sobre el pecho, la cara enrojecida y desencajada, los ojos hinchados. Él la tomó del codo y la hizo avanzar con rapidez hacia el coche. Un observador fortuito podría haber tomado aquello por una pelea de amantes. Weber miró atrás y vio a Mark de pie junto a la ventana. ¿Tiene alguna clase de relación con ella? Se volvió hacia la hermana.
– No, él no era así -le dijo-. Y dentro de un año será otro.
En cuanto lo hubo pronunciado, lamentó haber dicho ese inocuo lugar común, convertido con demasiada facilidad en una promesa.
La tonalidad rojiza del rostro de Karin se intensificó.
– Estoy segura de que lo que usted pueda hacer por él será de ayuda.
Más segura de lo que él estaba. Aún podía regresar a Lincoln a tiempo para tomar un vuelo nocturno. Weber se clavó la uña del pulgar en la palma y se dominó.
– Para hacer algo por él primero hemos de averiguar en qué se ha convertido. Y para ello tenemos que ganarnos su confianza.
– ¿Que confíe en mí? Odia mi estampa. Cree que he raptado a su verdadera hermana. Cree que soy un robot espía del gobierno.
Llegaron al coche de Karin. Esta permaneció quieta, con las llaves en la mano, esperando que él hiciera un milagro.
– Dígame una cosa -le dijo Weber-. ¿Se ha adelgazado usted recientemente?
Ella le miró confusa.
– ¿Qué…?
El doctor trató de sonreír.
– Perdóneme. Mark me ha dicho que su verdadera hermana era mucho más robusta.
– No mucho más. -Karin se apretó el cinturón-. He perdido unos pocos kilos. Desde que murió nuestra madre. He hecho ejercicio… He empezado de nuevo.
– ¿Sabe usted mucho de vehículos?
Ella se lo quedó mirando como si la lesión cerebral fuese endémica. Entonces comprendió y en sus ojos apareció un atisbo de culpabilidad.
– Es increíble. Un verano, hace unos años, intenté que me enseñara. Trataba de impresionar… a alguien. Lo único que me dejaba hacer Mark era pasarle las llaves inglesas. Solo fueron unos pocos días. Pero desde entonces está convencido de que tengo un amor secreto con los árboles de levas o lo que sea.
Apretó el mando electrónico de la llave y el coche se abrió. Weber rodeó el vehículo y se acomodó en el asiento del pasajero.
– Y la manera de relacionarse con la enfermera, la señora…
Recordaba el nombre, pero dejó que ella lo pronunciara.
– Barbara. Sabe tratarle, ¿no es cierto?
– ¿Diría usted que el modo de hablar con ella es diferente del que habría tenido antes?
Ella contempló los campos abiertos a través de la ventanilla. La tonalidad verde lima de la pradera en junio. Meneó la cabeza.
– No sabría decírselo. Antes no la conocía.
Aquella noche Weber llamó a Sylvie desde el MotoRest. Mientras pulsaba los botones se sentía nervioso.