El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Weber se despertó temprano, tras haber tenido un sueño agitado. Se duchó para sacudirse de encima la pereza y, mientras revivía bajo el chorro caliente, recordó con un remordimiento de conciencia que se había duchado pocas horas antes. Se preparó un café instantáneo en la cafetera que, por algún motivo, estaba situada junto al lavamanos del baño. Entonces se sentó ante el escritorio y pasó las páginas de una guía rústica, ilustrada a mano, cortesía del hotel.
El nombre «Nebraska» procede de una palabra de la lengua oto que significa «agua llana». También los franceses llamaron «Platte» al río que cruzaba el territorio.
Precisamente tal como él se había imaginado la zona: una depresión llana en el centro del mapa, tan plana que haría sonrojarse a Euclides. El auténtico y ondulante paisaje le sorprendía. Tomó el agrio café y examinó el mapa de la guía, que parecía de cómic. Las ciudades punteaban el espacio en blanco como otras tantas carretas en círculo. Encontró Kearney, que, con veinticinco mil habitantes, era el quinto núcleo de población más grande del estado, en el meandro más meridional del Platte, como si se refugiara de tanta extensión plana.
Al norte y el oeste, la Gangplank, una gran franja de sedimento erosionado, se adentra por lo que en otro tiempo, hace cien millones de años, fue el fondo de un vasto océano…
En 1820, la expedición de ingenieros militares del comandante Stephen Long denominó a la zona el Gran Desierto Americano. En su informe a Washington, el comandante Long declaró que la tierra era «totalmente inadecuada para el cultivo y, desde luego, inhabitable para un pueblo dependiente de la agricultura». El botánico y el geólogo de la expedición estuvieron de acuerdo, y mencionaron la «absoluta e irremediable esterilidad» de un país que debería ser para siempre «el tranquilo territorio del cazador nativo, el bisonte y el chacal».
En el pasado manadas de bisontes recorrieron esta cuenca. Ríos marrones de carne fluían a través de la pradera, haciendo que los convoyes de carretas permanecieran detenidos durante días…
El libro decía que las manadas habían desaparecido. El chacal y el cazador nativo también: liquidados. Las ciudades de perros de la pradera, cuyas calles subterráneas se extendían a lo largo de kilómetros, se ahogaban en veneno. Las nutrias de río, prácticamente desaparecidas. Los berrendos, los lobos grises: todos abatidos. En la página 23 había una lámina a color de dos de estos, disecados y comidos por las polillas, en el museo estatal de Lincoln. Solo dos grandes especies sobrevivían ahora en la región con un considerable número de individuos:
Todos los años, durante seis semanas, las grullas a lo largo del Platte superan varias veces en número a los seres humanos. Su ruta migratoria cubre la cuarta parte de la circunferencia terrestre, y hacen aquí una breve escala para aprovechar los restos de grano que puedan encontrar.
Weber apuró el café y enjuagó la taza. Se puso la corbata y la chaqueta, y entonces, al recordar la promesa que hiciera a Mark Schluter, se las quitó. En mangas de camisa se sentía desnudo. En la recepción cogió una manzana de apariencia perfecta pero insípida y se la tomó como desayuno. Siguió las indicaciones que le habían dado hasta el hospital del Buen Samaritano y fue al departamento de neurología. De inmediato la enfermera del doctor Hayes hizo pasar a Weber al consultorio, procurando no mirar al famoso personaje.
El neurólogo parecía lo bastante joven para ser el hijo de Weber. Era un desgarbado ectomorfo de piel granujienta que se movía como si su cuerpo fuese una delicada antigualla que era preciso manejar con cuidado.
– Permítame decirle que su visita es un gran honor. ¡No puedo creer que esté hablando con usted! Cuando iba a la facultad de medicina, leía sus libros como si fuesen cómics. -Weber le dio las gracias tan amablemente como pudo. El doctor Hayes hablaba despacio, como si estuviera dando un tardío premio de reconocimiento a toda una carrera a un actor del cine mudo-. Un caso increíble, ¿verdad? Como ver al Bigfoot salir de las montañas Rocosas y entrar en el supermercado del barrio. La verdad es que, mientras le estábamos tratando, tenía en mente los casos que ha descrito usted en sus libros.
Sobre la mesa de Hayes había ejemplares nuevos de los dos últimos libros de Weber. El joven neurólogo los tomó.
– Antes de que me olvide, si no le importa… -Tendió los libros a Weber, junto con una pesada pluma Waterman-. ¿Sería tan amable de poner: «A Chris Hayes, mi Watson en el extraño caso del hombre que creó un doble de su hermana»?
Weber miró el semblante del neurólogo en busca de ironía, pero solo vio en él seriedad.
– Yo… ¿Podría limitarme a…?
– O lo que le parezca bien escribir -dijo el doctor Hayes, cabizbajo.
Weber escribió: «Para Chris Hayes, con mi agradecimiento. Nebraska, junio de 2002». El hombre no era solo «el animal que conmemoraba»: era el animal que insistía en conmemorar por anticipado. Weber le devolvió los libros a Hayes, quien leyó la dedicatoria con una prieta sonrisa.
– Así que le vio usted ayer. Misterioso, ¿verdad? Todavía me desconcierta hablar con él, y han pasado meses. Por supuesto, nuestro grupo redactará un informe sobre el caso para las revistas especializadas.
El joven lanzó estas palabras como una bola endiablada. Weber alzó las manos.
– No pretendo hacer nada que…
– No, claro que no. Usted escribe para un público popular. -Tras alcanzar su objetivo, añadió-: No hay superposición.
Hayes le mostró el historial completo, incluidas las páginas que nadie le había mostrado a Karin Schluter. Le enseñó las notas de los enfermeros, tres líneas a bolígrafo verde en un impreso fechado el 20 de febrero de 2002: «Dodge Ram del 84, volcado junto a la cuneta sur de la carretera North Line, entre 3200 y 3400 dirección oeste. Conductor atrapado boca abajo en el interior del vehículo». Sin el cinturón de seguridad puesto, imposible llegar hasta él, inconsciente. La única portezuela accesible estaba tan deformada que no podía abrirse. Los enfermeros no pudieron entrar ni mover la camioneta, por temor a aplastar a la víctima. Solo pudieron esperar la llegada de los equipos de salvamento y observar a la policía que tomaba fotos. Weber examinó una de ellas.
– Al revés -le dijo Hayes.
Weber enderezó la foto. Un melenudo Mark Schluter estaba encorvado sobre sí mismo, la sangre que fluía a través del cuello abierto de la camisa deslizándose por su cara. La cabeza encorvada contra el techo del vehículo, en una actitud de plegaria invertida.
Cuando llegaron los bomberos, tuvieron que abrirse paso por el techo con un soplete de acetileno. Weber imaginó la escena: luces policiales iluminando los gélidos campos, luces de emergencia rodeando a la camioneta volcada junto a la cuneta. Personas uniformadas, exhalando vapor, moviéndose de un lado a otro como en un sueño, una actividad metódica. Cuando por fin los bomberos abrieron un boquete en el techo, fue posible cambiar la posición del vehículo y estabilizarlo. El cuerpo se desplomó. Los bomberos se introdujeron entre la chatarra y sacaron al herido. Mark Schluter recuperó brevemente el conocimiento en la ambulancia. Los sanitarios lo llevaron a Kearney, al único hospital de los seis condados que tenía alguna posibilidad de salvarle la vida.