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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Hayes le tendió el historial médico. Varón blanco, veintisiete años, metro setenta y siete, ochenta kilos. Había perdido una considerable cantidad de sangre, la mayor parte por una brecha entre la tercera y la cuarta costillas, causada al clavarse la punta de un casco prusiano en miniatura fijado a la palanca de cambios. Presentaba severas abrasiones en el cuero cabelludo y la cara. Tenía el brazo derecho dislocado y el fémur derecho fracturado. El resto de su cuerpo estaba lleno de rasguños y moratones, pero por lo demás asombrosamente intacto.

– Aquí, en los estados de las llanuras, empleamos mucho la palabra «milagro», doctor Weber. Pero en el centro de traumatismos severos no se oye con frecuencia.

Weber examinó las imágenes que Hayes había fijado al cuadro luminoso.

– Pues este presenta todas las condiciones de un milagro -convino Weber.

– Es lo más parecido a la resurrección de Lázaro que he visto jamás, incluso durante la época de mi internado en Chicago. Ciento treinta por hora, por una carretera rural cubierta de hielo y en la oscuridad. Ese hombre debería haber muerto al instante.

– ¿Tasa de alcoholemia?

– Es curioso que me pregunte eso. En el servicio de urgencias de Kearney, vemos muchos casos de alta concentración de alcohol en sangre. Pero él ingresó con cero siete. Bajo el límite legal, incluso en el estado de Nebraska. Unas pocas cervezas en las tres horas previas al vuelco del vehículo.

Weber asintió.

– ¿Había tomado alguna otra sustancia?

– No encontramos nada. En urgencias le pusieron una puntuación de diez en la escala de coma de Glasgow. Apertura ocular: tres. Respuesta verbaclass="underline" tres. Respuesta motora: cuatro. Abría los ojos al hablarle. Retracción al dolor. Cierta respuesta verbal, aunque en general inapropiada.

El ocho era el número mágico. Al cabo de seis horas, la mitad de los pacientes con cifras en la escala de Glasgow de ocho o inferiores abandonaban la lucha y morían. Diez se consideraba una lesión moderada.

– ¿Le ocurrió algo después de su ingreso?

Weber solo estaba jugando al detective profesional, pero Hayes se puso a la defensiva.

– Lo estabilizaron. Se siguieron todos los protocolos, incluso antes de averiguar si estaba asegurado. Aquí tenemos una de las tasas de indigencia más altas del país en lo que respecta a seguros médicos.

Weber las había visto superiores. La mitad del país no podía permitirse la seguridad sanitaria. Pero emitió un murmullo de aprobación.

– En administración tardaron una hora en localizar a su familiar más cercano.

Weber examinó los papeles. Los bolsillos de la víctima solo contenían trece dólares, una navaja del ejército suizo de imitación, un recibo de suministro de combustible en una estación de servicio de Minden, que databa de aquella misma tarde, y un único preservativo de color azul verdoso en un paquete transparente. Probablemente su amuleto de la buena suerte.

– Al parecer, el carnet de conducir se deslizó bajo el salpicadero cuando la camioneta volcó. La policía dio con él cuando registraban el vehículo en busca de drogas. Localizaron a la hermana en Sioux City, y ella les autorizó por teléfono a hacer lo necesario. En el servicio de traumatología le administraron mannitol, Dilantin… Puede leerlo todo ahí. Un tratamiento bastante convencional. La presión intracraneal se mantenía estable, alrededor de dieciséis mm Hg. Conseguimos cierta mejora de inmediato. La respuesta motora aumentó. Cierto aumento de la verbal. Establecieron en doce la puntuación de Glasgow. Cinco horas después del ingreso parecía que lo peor había pasado.

Tomó el dossier que sostenía Weber y lo examinó, como si aún tuviera una oportunidad de atajar lo que había ocurrido a continuación. Sacudió la cabeza.

– Aquí están los datos de la mañana siguiente. La presión intracraneal llegó a veinte, y luego subió incluso a más. Sufrió un pequeño ataque. También un poco de hemorragia retardada. Le aplicamos respiración asistida tan rápido como pudimos. Decidimos perforar. La traqueotomía estaba claramente indicada. Para entonces su hermana se había personado aquí. Lo aprobó todo. -El doctor Hayes revisó los papeles buscando alguna cosa que se negaba a aparecer-. Puedo asegurarle que nos ocupamos de todos los problemas a medida que se iban presentando.

– Eso parece -dijo Weber, solo que era preciso ocuparse de la presión intracraneal antes de que se presentara. El doctor Hayes le miraba, parpadeando, tal vez molesto porque la celebridad nacional había acudido en ayuda de los pobres lugareños. Weber se acarició la barba-. No puedo imaginar de qué otra manera se podría haber procedido.

Deslizó la mirada por el consultorio del doctor Hayes. Todas las publicaciones apropiadas en los estantes, al día y ordenadas. Título enmarcado expedido por la Junta de Certificación de Nebraska y la facultad de medicina de Rush. Sobre la mesa, una foto de Hayes y una esbelta modelo de cabello color de miel, hombro con hombro en un telesilla. Un mundo inconcebible para Mark Schluter, antes o después de su accidente.

– ¿Diría usted que Mark muestra una tendencia a la confabulación?

Hayes siguió la mirada de Weber, hasta la foto, la bella mujer del telesilla.

– No he observado tal cosa.

– Ayer le sometí a una batería de test básicos.

– ¿Ah, sí? Ya los había hecho todos. Mire. Aquí están las puntuaciones que pueda necesitar.

– Sí, claro. No quería insinuar… pero ha pasado ya un tiempo…

El doctor Hayes le miró de hito en hito.

– Aún está bajo observación. -Tendió de nuevo el expediente a Weber-. Todos los datos están aquí, si quiere echarles un vistazo.

– Me gustaría ver los escáneres -dijo Weber.

Hayes sacó una serie de imágenes y las fijó a la pantalla luminosa: el cerebro de Mark Schluter en sección transversal. El joven neurólogo solo veía estructura. Weber aún veía la más peculiar de las mariposas, la mente que aletea, sus pares de alas fijadas en la película con obsceno detalle. Hayes señaló la obra de arte surrealista. Cada tonalidad de gris revelaba una función o un fallo. Este subsistema aún comunicaba cosas; aquel había quedado en silencio.

– Aquí puede ver a qué nos enfrentamos. -Weber escuchó la descripción que el joven doctor hacía del desastre-. Algo que parece una posible lesión discreta cerca de la circunvolución fusiforme derecha anterior, así como en las circunvoluciones temporales media e inferior anteriores.

Weber se inclinó hacia el rectángulo luminoso y se aclaró la garganta. No acababa de verlo.

– Si eso es lo que estamos buscando -siguió diciendo Hayes-, encajaría con la interpretación predominante. Tanto la amígdala como la corteza inferotemporal están intactas, pero es posible que la conexión entre ellas se haya interrumpido.

Weber asintió. La hipótesis predominante en la actualidad: para completar un reconocimiento se requerían tres partes, y la más antigua prevalecía sobre las demás.

– Obtiene una correspondencia facial intacta -dijo Weber-, lo cual genera los recuerdos asociados correctos. Sabe que su hermana se parece exactamente a… su hermana.

– Pero no hay ratificación sentimental. Consigue todas las asociaciones de un rostro sin ese sentimiento visceral de familiaridad. Si se ve obligado a elegir, la corteza tiene que delegar en la amígdala.

Weber sonrió, a pesar de sí mismo.

– De modo que no prevalece lo que crees sentir, sino lo que sientes que crees. -Jugueteó con la montura metálica de sus gafas-. Llámeme arcaico, pero sigo viendo problemas. En primer lugar, Mark no ve un doble en todas las personas por las que sentía afecto antes del accidente. Aún debería ser capaz de basarse en pistas auditivas y pautas de conducta: toda clase de herramientas de identificación excepto la facial. ¿Puede una respuesta emocional subyacente derrotar de veras al reconocimiento cognitivo? He visto lesiones bilaterales de la amígdala… pacientes cuyas respuestas emocionales habían sido suprimidas. No informan de que sus seres queridos han sido sustituidos por impostores.

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