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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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Los labios de Karin se movían al compás de los suyos mientras él hablaba, esforzándose por entender lo que le decía. Extendió una palma sobre el montón de informes.

– ¿Amnesia? Pero su memoria está bien. Sabe quién es todo el mundo. Lo recuerda todo acerca de… su hermana.

Se mordió los labios e inclinó la cabeza. La cascada pelirroja cayó sobre los papeles. Él no podía ni imaginar en qué situación la dejaba semejante rechazo.

– Dice usted que él está hablando de nuevo sin problemas. ¿Le parece que ha cambiado en algo?

La mirada de la mujer se perdió en el vacío.

– Ahora habla más lento. Mark siempre hablaba más deprisa.

– ¿Busca algunas palabras? ¿Ha observado alguna diferencia en su vocabulario?

En los labios de Karin apareció de nuevo la sonrisa sesgada.

– ¿Se refiere a afasia?

Su pronunciación de la palabra fue incorrecta, pero Weber asintió.

– Nunca se ha distinguido por tener un gran vocabulario.

Él intentó profundizar.

– ¿Estaba muy unida a su hermano? -Un requisito previo del síndrome de Capgras-. ¿Siempre lo ha estado?

Ella echó bruscamente la cabeza atrás, poniéndose a la defensiva.

– Los dos somos toda la familia que le queda al otro. Durante años he intentado cuidar de él. Soy un poco mayor que mi hermano, pero… siempre he procurado estar con él, a menos que tuviera absoluta necesidad de marcharme, por mi propia cordura. Mark no está hecho para vivir solo. Siempre ha dependido un poco de mí. Los dos hemos vivido juntos una época familiar bastante extraña. -Nerviosa, volvió a ocuparse de los papeles. Separó dos hojas. Volvió la cabeza y leyó las líneas, moviendo los labios de nuevo-. Mire. Esto es lo que no deja de inquietarme. Cuando lo llevaron a urgencias después del accidente, estaba consciente. Ni siquiera estaba… Aquí lo tiene: escala de coma Glasgow. Ni siquiera estaba en la zona de peligro. Esa noche me dejaron verle, solo durante un minuto, y entonces me reconoció. Trataba de hablarme, lo sé. Pero, mire, por la mañana se produce este pico. La presión intracraneal sube mucho.

Era como si hubiera estudiado para ser enfermera de quirófano. Él se tocaba la parte inferior de la barba. En el transcurso de los años, aquel gesto había conseguido calmar casi a cualquiera.

– Sí, eso puede suceder. El cráneo tiene un volumen fijo. Si una hinchazón posterior hace que el cerebro se expanda, puede resultar peor que el impacto original.

– Claro, me he informado de ello. Pero ¿no deberían haberlo controlado los médicos? Si no lo he entendido mal, en las primeras horas deberían…

Weber abarcó con la mirada el vestíbulo del MotoRest. Era absurdo que estuvieran hablando allí. Ella se había mostrado tan comedida por teléfono… En persona, presentaba todas las complicaciones de quien necesita ayuda, algo que Weber tenía intención de dejar. Pero un auténtico Capgras inducido por un accidente… un fenómeno que podría coronar o echar por tierra cualquier teoría de la conciencia. Algo digno de verse.

– Mire, Karin, ya hemos hablado de esto. Le dije que no soy abogado, sino científico. Aprecio la invitación que me ha hecho de venir y hablar con su hermano, pero no estoy aquí para cuestionar a posteriori las decisiones de otros.

Ella contuvo el aliento. Le ardían las mejillas. Se tiró del cuello de la camisa. Cogió un mechón de cabello y lo entrelazó como si fuese una cuerda.

– Sí, claro. Lo siento. Creía que usted… Probablemente será mejor que le lleve a ver a Mark.

El Centro de Atención y Rehabilitación de Dedham Glen le pareció a Weber un instituto de élite en un barrio residencial. Modular, de una sola planta, las paredes de color melocotón… algo en lo que nunca te fijarías, a menos que un ser querido estuviera encerrado en su interior.

– No van a tenerlo aquí mucho más tiempo -dijo Karin-. La terapia ha ido muy bien, pero la cobertura del seguro está tocando techo y él está deseando volver a casa. Ha recuperado casi del todo la fuerza muscular. Se viste y se baña él mismo, se relaciona bien con la gente, y casi todo lo que dice tiene sentido. En comparación con cómo estaba hace unas pocas semanas, su estado de ánimo es prácticamente normal. Salvo por sus ideas sobre mí.

Dirigió el coche al aparcamiento para visitantes cerca del paseo delantero.

– Aquí estuvo ingresada nuestra madre cuando enfermó. Falleció al cabo de casi un mes y medio. Pensaba que preferiría morirme antes que traer a Mark aquí, pero era la única alternativa.

– ¿Cree usted que él se lo recrimina?

Un viejo hábito: sondear en busca del mecanismo psicológico.

Ella enrojeció de nuevo. Su piel era como una prueba de tornasol instantánea. Señaló un ventanal en un ángulo del edificio. Un hombre de veintisiete años, delgado, de estatura mediana, con una sudadera negra y un gorro de lana azul celeste, estaba allí de pie, la mano con la que había empezado a saludar posada sobre el vidrio.

– Usted mismo podrá preguntárselo enseguida.

Mark Schluter recibió a su visitante en el centro del pasillo de la planta. Caminaba como si usara muletas, apretándose con una mano el muslo derecho. Aún tenía la cara cubierta de heridas medio curadas. Llevaba al cuello el revelador pañuelo que disimulaba una traqueotomía. Los tejanos negros se le bajaban y las largas mangas de la sudadera, demasiado gruesa para el mes de junio, le llegaban hasta los dedos. La prenda llevaba un dibujo de un perro que jugaba a las cartas, tomaba cerveza y decía: «¿Qué diablos sé yo?». Mechones de cabello nuevo le sobresalían bajo el borde del gorro. Avanzó oscilando por el pasillo, como si jugase a que era un péndulo, y se detuvo ante Karin.

– ¿Es este el señor que va a sacarme de este horrible antro?

La mujer alzó los brazos. El cabello que se había estado enredando le cayó, suelto.

– Te dije que hoy vendría el doctor Weber, Mark. ¿No podías haberte puesto una camisa como es debido?

– Esta es mi favorita.

– No es apropiada para hablar con un médico.

Él alzó un rígido brazo y la señaló.

– No eres mi jefa. Ni siquiera sé de dónde vienes. Que yo sepa, los malditos terroristas árabes podrían haberte lanzado aquí en paracaídas, fuerzas especiales. -La tormenta cesó con tanta rapidez como se había desencadenado. La firme indignación se deshizo en suspiros. Extendió las palmas, sonriendo a Weber-. ¿Es del FBI o algo así? -Tendió un dedo y dio un capirotazo a la corbata granate-. Ya he hablado con ustedes.

Karin se sentía avergonzada.

– No es más que un traje, Mark. Actúas como si no hubieras visto nunca un traje.

– Lo siento. Parece de la «bofia». -Sus dedos trazaron comillas en el aire.

– Es neurocirujano. Y un famoso escritor.

– Neurólogo cognitivo -la corrigió Weber.

Mark Schluter osciló sobre sus talones. Soltó una risa pastosa.

– ¿Qué es eso? ¿Una especie de psiquiatra? -Weber sacudió la cabeza-. ¡Un psiquiatra! Bueno, dígame, ¿quién es usted?

Weber ladeó la cabeza.

– Dime a qué te refieres.

– Quiero decir que ya sé quién cree ser esta señora. Ahora dígame quién es usted.

Karin exhaló.

– Ya hablamos ayer de esto, Mark. Solo quiere hablar contigo. Sentémonos en tu habitación.

Mark se encaró con ella.

– Te lo advertí una vez. Tampoco eres mi puñetera madre. -Se volvió hacia Weber-. Lo siento. Es doloroso para mí. Ella tiene esas ideas. Es difícil de explicar.

Pero cuando Karin avanzó por el pasillo, él renqueó a su lado, como un cachorro sujeto de una traílla.

La habitación era una versión modesta de la que tenía Weber en el MotoRest, aunque muchísimo más cara. Cama, cómoda, televisor, mesita baja, dos butacas. Sobre la cómoda, erguidas, había un par de postales de vivos colores que deseaban al paciente un pronto restablecimiento. A su lado había un viejo mono de peluche George Curioso, al que le faltaba un ojo. Una minicadena musical ocupaba parte del escritorio, rodeada por rimeros de cajas de discos compactos. Una revista de camiones, que lucía demasiado cromo en la cubierta, yacía a su lado, todavía envuelta en papel de celofán. Weber encendió discretamente su grabadora digital de bolsillo. Luego podría pedir permiso.

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