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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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– Hola, soy yo.

– ¡Cariño! Confiaba en que fueras tú.

– ¿En vez de vendedores de telemarketing?

– No grites, cariño. Te oigo bien.

– ¿Sabes? Detesto de veras hablar por este ridículo trasto. Es como sostener una galleta salada ante tu cara.

– Tienen que ser pequeños, amor. Eso es lo que permite que sean móviles. ¿Debo entender que este caso no está yendo como esperabas?

– Al contrario, cariño. Es asombroso.

– Estupendo. Es estupendo que sea asombroso, ¿no? Me alegro por ti. Anda, háblame de él. Me iría bien escuchar una buena historia en estos momentos.

– ¿Un día duro?

– Ese chico de Poquott que estaba en libertad vigilada y al que estábamos buscando empleo confundió al repartidor de UPS con un equipo de SWAT.

Todavía se le quebraba la voz, pese a los años que llevaba presenciando tales desastres. Él buscó algo útil que decirle, o al menos amable.

– ¿Algún herido?

– Todos sobrevivirán, yo incluida. Así que háblame de tu caso de Capgras. ¿Problemas de reconocimiento?

– La verdad es que parece tratarse de lo contrario. Demasiado atento a las pequeñas diferencias.

De no ser por aquella absurda polvera que se hacía pasar por teléfono, podrían haber estado de nuevo en la universidad, intercambiando confidencias hasta altas horas de la noche, mucho después de que el toque de queda confinara a cada uno en su respectiva residencia estudiantil. Él se había enamorado de Sylvie por teléfono. Cada vez que viajaba, volvía a recordarlo. Retomaron la cadencia y hablaron como lo habían hecho casi cada noche de sus vidas durante un tercio de siglo.

Weber le describió al hombre desconcertado, a su aterrada hermana, el antiséptico centro de recuperación, la asistente que causaba una curiosa sensación de familiaridad, la desolada ciudad de veinticinco mil habitantes, el seco mes de junio, el territorio vacío flotando en el mismo centro de ninguna parte. No estaba violando la ética profesionaclass="underline" su esposa era su colega en esas cuestiones, en todo excepto en la paga. Le habló de lo insondable que le parecía aquel caso, en el que la capacidad de reconocimiento se atomizaba en unas piezas cada vez más exigentes e inequívocas. Aquella mujer se reía; esta se siente asustada. Las expresiones faciales de esta son erróneas. Dobles, extraños: personalidad dividida en cien partes, preservando distinciones demasiado sutiles para que las vea la mirada normal.

– Créeme, cariño. Por muy a menudo que vea estas cosas, aún me estremezco.

– Creía que nunca habías visto un caso así hasta ahora.

– No me refiero al síndrome de Capgras, sino al cerebro en general. Esa lucha por encajarlo todo. La incapacidad de reconocer que está sufriendo un trastorno.

– Eso es lógico. No puede permitirse admitir lo que ha sucedido. A muchos de mis clientes les sucede. Incluso a mí, en ciertas ocasiones.

Él no se había percatado de cuánto necesitaba hablar. La entrevista de la tarde le había excitado de una manera que nadie, salvo Sylvie, entendería. Ella le pidió más detalles sobre Mark Schluter, y él le leyó unas notas. Ella le preguntó:

– ¿La mira a los ojos cuando le habla?

– La verdad es que no me he fijado en eso.

– Hmmm… Eso es lo primero que miramos nosotras, las de Venus.

Entonces hablaron de los últimos acontecimientos: los incendios devastadores en el oeste, el veredicto de culpabilidad contra la gigantesca y corrupta firma contable y por último el hortelano de color añil que ella había visto aquella mañana en el comedero de aves.

– No olvides que has de renovarte el pasaporte -le dijo él-. Enseguida llegará septiembre.

– Viva Italia. La dolce vita! Ah, por cierto. ¿A qué hora tienes el vuelo de regreso? Lo había anotado y pegado en el frigorífico. Parece ser que he extraviado el frigorífico.

– Espera un momento. Lo tengo en la cartera.

Cuando regresó y tomó el teléfono, ella se estaba riendo.

– ¿Has dejado el móvil para cruzar la habitación?

– ¿Qué tiene eso de raro?

– Mi sabio. Mi sabio en la plenitud de sus facultades.

– Me resulta difícil usar estos calzadores. Me niego en redondo a ir por ahí con uno de ellos pegado a la cara. Resulta esquizofrénico.

Ella no podía dejar de reír.

– ¿Ni siquiera en privado?

– ¿Privado? ¿Qué es eso?

Él le dio la información del vuelo. Alargaron un poco más la conversación, reacios a despedirse. Después de colgar, él siguió hablando mentalmente con ella durante un rato. Se duchó y colgó la toalla de la barra: «Ayudad a salvar la tierra». Sacó de la cartera la grabadora digital y se deslizó entre las sábanas rígidas y frías, donde reprodujo la conversación grabada aquel día. Volvió a escuchar al muchacho de veintisiete años, perdido para sí mismo, empeñado en desenmascarar a unos impostores a los que el mundo era incapaz de detectar.

* * *

Años atrás, en Stony Brook, Weber se había ocupado de un paciente de negligencia espacial unilateraclass="underline" el conocido «Neil» del primer libro de Weber, Más vasto que el cielo. Una apoplejía a los cincuenta y cinco años, la edad a la que Weber había llegado ahora indemne, había dejado al reparador de máquinas de oficina con una lesión en el hemisferio derecho que, de la noche a la mañana, le borró la mitad de su mundo. Todo cuanto se encontraba a la izquierda del campo de visión de Neil se diluía en la nada. Al afeitarse, no se tocaba el lado izquierdo de la cara. Cuando se sentaba a desayunar, no se comía el lado izquierdo de la tortilla. Nunca reconocía a las personas que se le aproximaban desde el lado izquierdo. Weber le pidió a Neil que dibujara un estadio de béisbol. La tercera base desaparecía justo después del montículo del lanzador. Incluso en la memoria de Neil, al contar los acontecimientos de la jornada, la mitad izquierda del mundo se desmoronaba. Si cerraba los ojos y se imaginaba delante de su casa, Neil podía ver el garaje a la derecha, pero no la galería a la izquierda. Cuando indicaba una dirección, lo hacía exclusivamente con una serie de giros a la derecha.

Este déficit iba más allá de la visión. Neil no podía ver que no veía. La mitad del mapa donde almacenaba el espacio había desaparecido. Weber probó con un sencillo experimento, una escena que dramatizó en Más vasto que el cielo. Sostuvo un espejo perpendicular al hombro derecho de Neil y pidió a este que mirase en ángulo al espejo. La zona situada a la izquierda de Neil aparecía ahora a su derecha. Weber sostuvo un amuleto de plata sobre el hombro izquierdo del enfermo y le pidió a este que lo cogiera. Fue como si le hubiese pedido que zarpara con un rumbo que no aparecía en la brújula. Neil titubeó, y entonces extendió bruscamente el brazo. La mano chocó con el espejo. Se puso a manosear el vidrio, incluso palpó por detrás de él. Weber le preguntó qué estaba haciendo. Neil insistió en que el amuleto se encontraba «dentro del espejo». Sabía qué eran los espejos, pues la apoplejía no había afectado esa capacidad. Sabía que era absurdo pensar que el amuleto pudiera estar dentro del vidrio. Pero en su nuevo mundo, el espacio solo se extendía a la derecha. Dentro del espejo era el más probable de dos lugares inalcanzables.

Los casos como el de Neil, millares de ellos al año, sugerían dos verdades acerca de todo cerebro normal, ambas demoledoras. En primer lugar, lo que tomamos por una aprehensión a priori y absoluta del espacio real depende en realidad de una frágil cadena de procesos de percepción. «Izquierda» era tanto aquí dentro como ahí fuera. En segundo lugar, incluso un cerebro convencido de que medía, se orientaba y habitaba en el viejo y plano espacio convencional, podía, sin percatarse lo más mínimo, haber perdido tanto como la mitad de su mundo.

Por supuesto, ningún cerebro se creería del todo semejante situación. A Weber le había gustado Neil. El hombre absorbía un golpe terrible sin amargura ni autocompasión. Realizaba los ajustes necesarios y seguía adelante… o, si no adelante, hacia el nordeste. Pero después del último examen, Weber no volvió a verle. No tenía ni idea de qué había sido de aquel paciente. Alguna otra negligencia lo eliminó, lo redujo a un relato. El hombre al que Weber había conocido y entrevistado largo y tendido pasó a ser el hombre descrito en las páginas de su libro. Había dejado a «Neil» detrás, dentro del espejo de la prosa, perdido en alguna parte, encaminado en una dirección imperceptible, un lugar inalcanzable situado a gran profundidad en el interior del espejo narrativo…

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