El eco de la memoria
- Автор: Powers Richard
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
Se lavaba, vestía y comía como en una serie de fotografías tomadas a intervalos prefijados. Un giro de la cabeza desencadenaba una serie de imágenes, como esas diapositivas de carrusel que van pasando con un chasquido. No podía verter café, pues el líquido colgaba del pitorro de la cafetera como carámbanos, y de un momento en suspenso al siguiente la mesa se llenaba de charcos de café helado. Su gato la aterraba, porque desaparecía en un abrir y cerrar de ojos y aparecía en otro lugar. La televisión le hería los ojos. El vuelo de un pájaro era como orificios de bala en el cielo enmarcado por la ventana.
Por supuesto, Sarah M. no podía conducir, no podía caminar entre la multitud, ni siquiera podía cruzar las calles de su tranquilo pueblo. Permanecía en el bordillo, paralizada, la película atascada. Un camión a considerable distancia podría atropellarla en el instante en que pusiera el pie en la calzada. Las imágenes inmóviles se amontonaban una tras otra, balas trazadoras cubistas, incoherentes, bisecantes. Los vehículos, la gente y los objetos reaparecían al azar.
Incluso su propio cuerpo en movimiento no era más que una serie de rígidas posturas secuenciales, como las estatuas del juego infantil de pica pared. Y lo más extraño de todo: Sarah M. era tal vez la única persona del mundo que percibía una especie de verdad acerca de la visión, oculta a los ojos normales. Si la visión se basa en el destello independiente de las neuronas, entonces no existe el movimiento continuo, por muy rápidos que sean los cambios, salvo por algún truco de conexión mental.
Su cerebro era como el de todo el mundo, salvo que había perdido ese último truco. No se llamaba Sarah. Podría haber sido cualquiera. Ella estaba allí, en la mente estroboscópica de Weber, cuando avanzaba por la pasarela de acceso al avión en el aeropuerto de La Guardia, y ya había desaparecido cuando se encontró, esa misma tarde, en el mismo centro de la desolada pradera, sin más transición que un corte elíptico en el montaje.
Se alojó en un motel junto a la autopista interestatal. Eligió el MotoRest por su letrero: «BIENVENIDOS, OBSERVADORES DE GRULLAS». Por la absoluta extrañeza que le produjo aquello: Tengo la sensación de que ya no estamos en Nueva York. Sylvie y él habían abandonado el Medio Oeste en 1970 y nunca habían mirado atrás. Ahora, el vasto y ondulante espacio de su tierra natal le resultaba tan ajeno como las fotos del Sojourner enviadas desde Marte. A las puertas de la agencia de alquiler de automóviles del aeropuerto de Lincoln, sufrió un instante de pánico al embargarle la sensación de que ni tenía pasaporte ni moneda local.
Una vez en el vestíbulo del MotoRest, podría haberse encontrado en cualquier parte. Pittsburgh, Santa Fe, Addis Abeba: los reconfortantes y consoladores colores pastel de los alojamientos para viajeros en todo el mundo. En innumerables ocasiones anteriores había aguardado sobre la misma alfombra leonada ante el mismo mostrador de recepción de color verde azulado. Sobre este había un cesto con una docena de relucientes manzanas, todas de forma y tamaño idénticos. No pudo saber si eran reales o decorativas hasta que clavó una uña en una de ellas.
Mientras la recepcionista tramitaba su tarjeta de crédito, Weber echó un vistazo a los rimeros de folletos turísticos. Todos presentaban una gran abundancia de aves con cresta roja. Enormes cantidades de aves, como él no había visto jamás.
– ¿Adónde puedo ir para verlas? -le preguntó a la recepcionista.
La muchacha pareció azorada, como si la tarjeta de crédito hubiera sido rechazada.
– Se marcharon hace dos meses, señor. Ahora todas están en el norte. Pero si quiere verlas, solo tiene que esperar a que vuelvan.
Le tendió la Visa, junto con la llave en forma de tarjeta. Weber entró en una habitación que simulaba no haber sido habitada nunca por nadie, que prometía desaparecer sin dejar rastro en el instante en que él se marchara.
En todas las superficies de la habitación había tarjetitas con mensajes. El personal le daba la bienvenida. Le ofrecían toda una gama de productos y servicios. Un aviso en el baño le decía que, si quería salvar la tierra, debía dejar la toalla en la barra de la ducha, y, si no, podía tirarla al suelo. Habían colocado los mensajes nuevos aquella mañana, y los sustituirían cuando se marchara. Millares idénticos, desde Seattle a Saint Petersburg. Podría hallarse en cualquier habitación de cualquier hotel en cualquier parte, salvo por las imágenes enmarcadas de grullas encima de la cama.
Había hablado con Karin Schluter antes de partir de Nueva York, y la mujer se había mostrado notablemente serena e informada. Pero cuando ella le telefoneó desde el vestíbulo, media hora después de que él hubiera llegado al hotel, era una persona diferente. Parecía tímida, nerviosa ante la perspectiva de subir a la habitación. Estaba claro que era hora de que actualizara su foto publicitaria. Una anécdota perfecta para bromear con Sylvie cuando la llamara aquella noche.
Weber bajó al vestíbulo y se reunió con el único familiar de la víctima. La mujer tendría poco más de treinta años, y vestía unos pantalones de algodón marrones y una blusa de algodón rosa, lo que Sylvie llamaba ropa de presentación universal. El traje oscuro de Weber, su indumentaria habitual de viaje, sorprendió a la joven, cuyos ojos le pidieron disculpas antes incluso de poder saludarle. El cabello completamente liso y cobrizo, su único rasgo destacado, le llegaba por debajo de los omóplatos. La espectacular cascada eclipsaba las facciones de un rostro que, con cierta generosidad, podría considerarse lozano. Su cuerpo, alimentado sobre todo a base de cereales, se encaminaba prematuramente hacia la rotundez. Una saludable mujer del Medio Oeste que podría haber saltado vallas en la universidad. Pero cuando se puso en pie y avanzó hacia él, con la mano tendida, le obsequió con una sonrisa valiente, aunque sesgada, que valía la pena alentar.
Se estrecharon la mano, y Karin Schluter le mostró efusivamente su agradecimiento, como si él ya hubiese curado a su hermano. La mera presencia del investigador parecía levantarle el ánimo. Cuando él insistió en que no era necesario que le diera las gracias, ella le dijo:
– He traído unos documentos.
Se sentó en un sofá ante la chimenea falsa del vestíbulo y abrió una carpeta sobre la mesita baja: tres meses de notas manuscritas combinadas con todo lo que le habían dado en el hospital y en el centro de rehabilitación. Gesticulando con las manos, se embarcó en la explicación de lo que le había sucedido a su hermano.
Weber se había sentado junto a ella. Al cabo de un rato le tocó la muñeca.
– Probablemente lo primero que deberíamos hacer es hablar con el doctor Hayes. ¿Recibió este mi carta?
– He hablado con él esta mañana. Sabe que está usted aquí. Dice que, si le parece, esta tarde puede ver a Mark. Tengo sus notas en alguna parte.
El papeleo se extendía delante de Weber, una guía hacia un nuevo planeta. Se obligó a hacer caso omiso de los informes y escuchar la versión de Karin Schluter. En tres libros sucesivos, se había mostrado partidario de esta idea: los datos solo son una pequeña parte de cualquier caso clínico. Lo que cuenta es el relato.
– Mark acepta que fue un accidente -dijo Karin-. Pero no recuerda nada de él. Tiene una laguna mental. Nada durante horas antes de que su camioneta volcara.
Weber se rastrilló con los dedos la barba entrecana.
– Sí, eso puede ocurrir. -En veinte años, casi lo había dominado: cómo decirle a la gente que otros habían sufrido el mismo trance antes que ellos, sin negar por eso su desastre particular-. Parece ser lo que se llama amnesia retrógrada. La ley de Ribot: los recuerdos más antiguos son más persistentes que los más nuevos. Lo nuevo perece ante lo viejo.