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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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A nadie le importa una mierda —es una forma de hablar— su enorme monstruosidad, excepto por las materias fecales que deposita con irreprimible celo y en cantidades asombrosas mientras avanza pesadamente por sus pastos favoritos. Esta materia brillantemente coloreada contiene un alcaloide del que se destila un perfume que es desesperadamente buscado por las mujeres de cinco mil mundos. Sólo el macho salizonga segrega el valioso alcaloide y, a menos que los excrementos sean recogidos y refrigerados a los pocos minutos de ser expulsados, el alcaloide se descompone y pierde todo su valor. En consecuencia, es necesario que los trabajadores humanos sigan a los caracoles de uno a otro lado —los robots no parecen capaces de distinguir entre salizongas machos y hembras, puesto que la distinción es más bien sutil—, y paleen apresuradamente la recién excretada materia fecal a los tanques de refrigeración antes de que pierda todo su valor comercial. Éste era el trabajo que me fue asignado a mi segundo día en Nabomba Zom. No lo consideré una mejora espectacular respecto a agitar mi escudilla en los burdeles de Megalo Kastro.

Bien, es decreto de Dios que todo hombre nacido de mujer deba trabajar para conseguir su pan de cada día, lo mismo que cualquier mujer nacida de mujer; pero en ninguna parte especificó Dios que nadie tuviera derecho a un trabajo decente. En aquel momento de mi vida palear mierda parecía ser mi misión, y en aquel momento de mi vida no vi ninguna alternativa inmediata a mano. No pretenderé que llegara a gustarme el trabajo, pero a decir verdad era menos desagradable de lo que pueden imaginar, y sin el menor esfuerzo puedo pensar en ocho o diez profesiones menos placenteras, aunque prefiero no hacerlo. Al cabo de muy poco tiempo dejé de pensar enteramente en la naturaleza de la materia que estaba manejando y simplemente enfoqué mi mente en seguir con vida ahí fuera en los campos de excrementos. (Había un cierto riesgo en el trabajo, puesto que el bufar y el gruñir del caracol que estabas siguiendo podía ahogar el sonido de cualquier otro en las inmediaciones, y resultaba bastante fácil verte aplastado por una de aquellas enormes montañas ambulantes si una de ellas aparecía detrás de ti mientras te estabas concentrando intensamente en el caracol que tenías delante.)

Nabomba Zom es uno de esos mundos que no tiene estaciones. Noche y día duran exactamente lo mismo, y el clima es simplemente delicioso durante todo el año. Así que sólo estoy suponiendo cuando digo que pasé seis meses en aquella plantación. Durante ese tiempo, mi voz se hizo más profunda y empezó a salirme la barba. Y un día se produjo una gran excitación en el extremo más alejado de la plantación: coches, gritos, gente corriendo de un lado para otro. Me pregunté si alguna alma descuidada habría sido fatalmente convertida en oblea por un caracol. Luego el capataz zumbó en mi oído y me dijo que me encaminara al momento a la casa de la plantación.

Precisamente yo había sufrido un pequeño accidente hacía unos momentos. El caracol que estaba siguiendo había puesto bruscamente la directa y yo, en mi esfuerzo por mantener su marcha, había resbalado en el musgo de hojas rojas y había terminado de barriga sobre un montón de excrementos del tamaño de un pequeño asteroide.

—Primero necesito lavarme —le dije al capataz —. Estoy cubierto de la cabeza a los pies de…

—Ahora —dijo.

—Pero yo…

Ahora.

Me llevaron ante un hombre de sorprendente presencia y energía, que podía tener unos cincuenta años, u ochenta, o tal vez ciento cincuenta. Nunca lo supe, y él nunca pareció envejecer ni un solo día en todos los años que pasé con él. Era delgado para un rom, quizá incluso demasiado, con los hombros caídos y el pecho hundido, y no llevaba bigote. De su oreja izquierda pendían dos anillos de plata, un antiguo estilo que estaba empezando a ponerse de nuevo de moda entre nosotros. Había una sorprendente expresión de sagacidad en su rostro: una rápida y taimada sonrisa, en realidad apenas una ligera contracción de su mejilla, que advertía a los adversarios potenciales que fueran con cuidado. No era nadie ante el que pudieras esperar sacar la mejor tajada en un negocio. Sus ojos eran ferozmente penetrantes. Me sentí transparente ante aquellos ojos: veían mis entrañas y mis huesos. Me detuve de pie ante aquel formidable y regio hombre, todo sucio y manchado de excrementos de caracol, y él adelantó una mano hacia mí.

—Más cerca.

—Señor, yo…

—Más cerca, muchacho. ¿Cómo te llamas?

—Yakoub. Mi padre es Romano Nirano de Vietoris.

—Romano Nirano, ¿eh? —Pareció impresionado, o eso imaginé —. ¿Qué edad tienes?

—A punto de cumplir los trece, creo.

—Crees. Un esclavo huido, ¿eh?

—Un viajero, señor.

—Ah. Un viajero. Por supuesto. La gran gira del universo, empezando en las famosas granjas de miel de caracol de Nabomba Zom. ¿Qué eres, un rom kalderash?

—Sí, señor.

—¿Eres bueno con las máquinas, como se supone que son todos los kalderash?

—Mi padre es el mejor mecánico de los talleres espaciales de Vietorion.

—Tu padre, sí. —Asintió y meditó unos instantes. Luego se volvió e hizo un gesto a alguien que estaba en otra habitación —. ¿Malilini? ¿Es éste al que te refieres?

Apareció una mujer, o una muchacha; nunca estuve seguro de ello. Hubiera podido tener dieciséis, o veintiséis, o treinta y seis años. Su edad sería siempre su secreto. Era sorprendentemente hermosa, y sorprendentemente extraña. Su pelo era una nube de azur, sus ojos cálidos y oscuros y muy separados, sus labios llenos e invitadores. Había visto antes aquel rostro, pero, ¿dónde? ¿Una de las prostitutas de la ciudad minera? No, ninguna de ellas había sido tan hermosa como ésta. ¿Alguna pasajera de la astronave? No. No, recordé entonces: era el rostro del encantador espectro que había acudido a mí varias veces en Megalo Kastro, primero en la logia de los mendigos y luego cuando yacía derivando en el mar viviente. Nunca me había hablado, sólo me había mirado y sonreído. Ahora nos miramos mutuamente como si hiciera mucho que nos conocíamos.

—Yakoub —dijo —. Por fin.

Me sentí amargamente avergonzado, de pie delante de una tal belleza con mis ropas costrosas de excrementos.

—Mi hija Malilini —dijo el hombre de aspecto regio —. Yo soy Loiza la Vakako. —Hizo un gesto a sus robots —. Limpiadle. Vestidle. —Me desnudaron en un instante. Me sentí menos avergonzado de estar desnudo delante de ella, delante de él, de lo que me había sentido con mis asquerosas ropas. Me rociaron y me secaron y me cortaron el pelo y, ante mi asombro, incluso pasaron un rayo afeitador sobre el vello de mis mejillas, y luego me envolvieron en una túnica gris perla con un cinturón rojo y un cuello alto de un profundo azul oscuro. Uno de los robots conjuró un espejo de moléculas de aire frente a mí para que pudiera inspeccionarme. Mi apariencia era excelente. Sentí admiración hacia mí mismo. Todo aquello sólo había tomado unos minutos. Malilini irradiaba placer ante mi transformación. Loiza la Vakako se me acercó y me examinó. Apenas era un poco más alto que yo, Me estudió y asintió, evidentemente satisfecho.

Luego agarró mi elegante cuello con ambas manos y, con un rápido tirón, lo arrancó a medias del lado izquierdo de la túnica. Me sentí asombrado y abrumado.

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