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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Loiza la Vakako se echó a reír, una gran y resonante risa rom.

—¡Que todas tus ropas se desgarren y estropeen así! ¡Pero que tú vivas sano hasta lo más profundo de tu vejez!

Me di cuenta de que me estaba hablando en romani. Era una de sus costumbres lowara, ese desgarrar ceremonial de mi nuevo atuendo. Me dio una palmada en la espalda y me condujo fuera. Por aquel entonces había comprendido ya que él era el baro rom de aquel lugar, el gran hombre de aquel planeta, y que yo iba a vivir con él. No se me permitió ir a mi choza en busca de mis cosas; pero cuando llegamos a su palacio, después de un vuelo de tres horas por encima de las deslumbrantes maravillas de aquel magnífico continente, mis pocas y miserables posesiones me estaban aguardando en mi suite de habitaciones, junto con una enorme cantidad de nuevas y lujosas pertenencias cuyo uso apenas era capaz de comprender.

Entonces empecé a saber lo que significaba realmente la palabra esplendor. El palacio de Loiza la Vakako se erguía en la orilla de un mar casi tan extraño como el que había estado a punto de reclamar mi vida en Megalo Kastro, porque su agua era roja como la sangre, y un pulsante calor brotaba de él, casi a la temperatura de ebullición. Una playa de arena color lavanda pálido se alzaba empinada desde su orilla hasta una amplia plataforma donde, en medio de un denso jardín de arbustos y árboles procedentes de un centenar de mundos, se alzaba el palacio en atrevidos arcos y arabescos. Nunca llegué a saber cuántas habitaciones tenía, y era muy probable que su número cambiara de un día al siguiente, porque el palacio era una construcción de un material transformable sobre vigas y puntales movibles, todo ello ligero como una telaraña, que cambiaba constantemente a formas cada vez más bellas a medida que el cálido sol azul lo iluminaba a lo largo del día. Allí iba a vivir como un joven príncipe rom, vestido con las más espléndidas ropas, nuevas y distintas cada día, y comiendo exquisiteces como jamás había imaginado antes que existieran y no he vuelto a probar después; allá iba a descubrir el significado de la riqueza y el poder y las responsabilidades que tales cosas comportan; comprendería por primera vez los misterios de espectrar; allá también aprendería una o dos cosas sobre la naturaleza del amor. Pero la mayor lección que iba a aprender en Nabomba Zom tenía que ver con lo efímero de la grandeza y el placer y la comodidad: porque, después de haber vivido en el mayor de los lujos, hasta el punto de dar todas aquellas cosas absolutamente por sentadas, iba a ver cómo me eran arrebatadas en un instante. Y arrebatadas a Loiza la Vakako también; pero eso, por entonces, estaba aún muy lejos en el futuro.

9

Loiza la Vakako tenía ocho hijas pero ningún hijo. Las hijas son una delicia —he tenido muchas luego, y hubiera tenido alegremente más—, pero un hombre siente hacia sus hijos varones algo completamente distinto de lo que siente hacia sus hijas, y es algo que tiene que ver con el hecho de que algún día vamos a morir. Cuando un hombre ve a su hijo, ve la imagen de sí mismo: su yo renacido, su yo regenerado, su reemplazo, su derecho al futuro. Avanza a través de sus hijos hacia los siglos venideros. Llevan su rostro; tienen sus ojos, su barbilla, su bigote, su corazón y sus testículos. Amo a mis hijas con todo mi corazón, pero ellas no pueden proporcionarme eso tan especial que puede proporcionarme un hijo, y hay una diferencia en ello, y cualquier hombre que diga que no es así les miente a ustedes o se miente a sí mismo o ambas cosas. Al menos, así es como son las cosas entre los roms, y lo han sido desde el principio de los tiempos. Puede que con los gaje sea de otro modo: no tengo forma alguna de saberlo, y ningún interés especial en averiguarlo.

No querría aventurar mucho en este asunto. Pero cuando un hombre es tan poderoso como Loiza la Vakako, y no tiene hijos, y toma a un pequeño paleamierda desconocido para que viva en su casa, hay todo un significado en ello. Seis de sus hijas estaban casadas y vivían en sitios alejados de Nabomba Zom o de sus lunas mayores. Trataba a sus yernos como príncipes, pero no, creo, como hijos. La séptima hija —Malilini— vivía con él en el palacio. Nunca se hablaba de la octava, aunque su retrato colgaba al lado de los otros siete en el gran salón; se había peleado con su padre hacía mucho tiempo, acerca de algo que nunca llegaré a saber, y se había marchado a algún lejano rincón de la galaxia.

Loiza la Vakako tenía también un hermano, que gobernaba dos de los mundos más exteriores y menos favorecidos de aquel sistema solar. Se llamaba Pulika Boshengro, y Loiza la Vakako raras veces hablaba de él, aunque él también estaba en la galería de retratos de la familia, un hombre muy moreno con una frente estrecha y un rostro largo y austero. En el retrato se parecía tan poco a Loiza la Vakako que me resultaba difícil creer que habían nacido del mismo seno; pero cuando finalmente le conocí, muchos años más tarde, pude ver al instante el parecido: en los huesos debajo de la piel, en el alma detrás de los ojos.

Pese a lo grande que era su palacio, Loiza la Vakako se permitía sorprendentemente muy poco tiempo para disfrutar de él. Incluso él, que era un hombre sedentario y contemplativo, se sentía dominado por la inquietud rom. Se movía constantemente, siempre en viajes de inspección por sus enormes dominios. Tenía que saber lo que ocurría en todas partes. Aunque todos los capataces de sus plantaciones eran capaces y leales, Loiza la Vakako no podía permitirse el ser un mero amo ausente. Y también era un baro rom aquí, pues era el jefe de la kumpania gitana de Nabomba Zom, lo cual significaba que tenía todo tipo de responsabilidades jurídicas y rituales entre su gente.

Desde el principio fui a menudo con él cuando efectuaba esos viajes. Y aprendí más del arte de gobernar en una sola tarde a su lado que lo que hubieran podido proporcionarme seis años de universidad.

Nabomba Zom es uno de los nueve mundos reales de la galaxia. Es decir, se trata de uno de los planetas especialmente elegidos por los roms como propios, cuando se produjeron los primeros asentamientos entre las estrellas hace novecientos o mil años. Los gobernantes de los planetas reales —los otros son Galgala, Zimbalou, Xamur, Marajo, Iriarte, Darma Barma, Clard Msat y Estrilidis— obtenían su poder, técnicamente hablando, por concesión directa del Rey de los Roms, y cada uno tenía el privilegio de nombrar uno de los nueve krisatora, los jueces del más alto tribunal rom. Por supuesto, yo sabía muy poco de todo aquello cuando fui a vivir con Loiza la Vakako, pero gradualmente me educó en los intrincados detalles del sistema que mantenía la unidad de nuestro disperso reino.

Viajando con él llegué a comprender algo que nunca había sospechado como escolar en Vietoris o como esclavo en Megalo Kastro: que gobernar es una carga, no un privilegio. Hay ciertas recompensas, sí. Pero sólo un estúpido aceptaría esa carga a cambio de esas recompensas. Aquellos que tienen el poder lo aceptan porque no tienen otra elección: es un decreto de Dios que ha descendido sobre sus cabezas y que le deben obedecer. Aunque Syluise crea que no es así.

De este modo observé a Loiza la Vakako tomar decisiones acerca de la plantación de nuevas cosechas o la construcción de diques, acerca del precio del grano, acerca del comercio con otros planetas, acerca de los impuestos y las tasas de importación. Le observé presidir el tribunal y decidir sobre las sorprendentes disputas de la gente mezquina en las lejanas provincias. Y pensé en la lección que habían intentado impartirme en mi último día en la escuela, acerca del Décimo-tercer Emperador y lo duro que trabajaba para todos nosotros. Entonces me había preguntado por qué un emperador desearía trabajar tanto, cuando el poder supremo era suyo. ¿Por qué no pasaba todos sus días y sus noches disfrutando y cantando y hablen, do buenos vinos? Ahora comprendía que no había elección en el trabajo. Era el precio del supremo poder, Eso era el supremo poder: el privilegio de trabajar más allá de la comprensión de los seres normales. Me di cuenta de que no había habido nunca ningún gobernante —ni siquiera los odiosos tiranos más famosos, ni siquiera los monstruosos villanos asesinos— que no se hubiera visto unido al yugo en el momento en que había ascendido al trono o a su cargo.

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