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La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]

Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:

En el año 3159, la humanidad ha conquistado las estrellas, y los otrora despreciados gitanos son hoy mimados y respetados, porque solo ellos pueden llevar a buen puerto las astronaves en sus largos saltos estelares.
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
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Esa parte nunca me ha preocupado en absoluto. Cuando has sujetado con tus manos las palancas del salto tantas veces como yo lo he hecho, cuando has lanzado las astronaves a través del espacio, un poco de viaje por relé de tránsito no parece un desafío demasiado grande.

Además, los gitanos han nacido para viajar, y cualquier medio de transporte que nos lleve de un lugar a otro nos sirve. No es como si vieras las estrellas y los planetas pasar velozmente a tu lado todo el tiempo: no estás en el espacio real, sino en este o aquel espacio auxiliar adyacente, tomando atajos en zigzag a través de los túneles que perforan el continuo. Por cuyo motivo el viaje no requiere miles de años y no corres ningún peligro de ser atraído por una estrella o chocar contra un planeta que se interponga en tu camino. Así que no hay ningún riesgo serio en ello. O mejor dicho, quizás un viajero de cada cien mil quede atrapado por algún fallo del proceso y pase el resto de su vida ahí fuera en su esfera de tránsito, colgando suspendido en medio de la nada durante diez o veinte mil años de tiempo real. Ése es un miserable destino para cualquiera, pero las posibilidades contra que ocurra son más bien favorables a uno. Prácticamente cada viajero del relé de tránsito termina llegando al lugar donde desea ir. Más pronto o más tarde.

No, lo que me preocupaba no era el riesgo: como ya he dicho, era el aburrimiento. La estasis. La absoluta e inexorable e inescapable soledad. La mente haciendo cliquiticlac mientras el cuerpo descansa en suspensión metabólica. El clamor de tus pensamientos. Nadie con quien hablar excepto tú mismo, mientras la búsqueda al azar de la red en el espacio-tiempo te lleva de un lado para otro y tú aguardas el relé que te deposite en un mundo habitado razonablemente cerca del que esperas alcanzar. El salto de una astronave es rápido. El relé no. Cuelgas ahí afuera y esperas. Y esperas.

Dios sabe que estoy enormemente encariñado con mi propia compañía. Puedo divertirme a mí mismo profunda y concienzudamente. De todos modos, a veces, demasiado es demasiado, y quizá incluso un poco más que eso.

Qué infiernos. Nadie me había obligado a arrastrarme hasta mundos remotos que no disponían de servicio regular de espacio-naves. Elegí ir a Mulano por mi propia voluntad. Ahora, por mi propia voluntad también —más o menos—, había decidido regresar, y la única forma de hacerlo era por relé de tránsito, así que debía resignarme. Sería paciente hasta que se me agotara la paciencia, y luego buscaría en alguna parte algo más de paciencia.

En realidad, esta vez tuve suerte.

Me preparé para el fuerte tirón y murmuré para mí mismo un bathalo rom, y ahí fui. Inspiré profundamente cuando las estrellas parpadearon y desaparecieron a mi alrededor y caí en el espacio auxiliar. Y en aquella gris y deprimente nada canté y me expliqué chistes a mí mismo y reí lo bastante alto como para deformar las paredes de mi esfera. Recité todo el Swatura rom de principio a fin, la antigua crónica entera, empezando con la partida de la Estrella Romani y continuando con todo lo que siguió; y cuando acabé con ello soñé una continuación inventada que se extendía más allá de los siguientes diez mil años que aún tenían que transcurrir. Hice un poema a partir de los nombres de todos los reyes roms deletreados al revés. Tracé listas de todos los demás reyes y emperadores que pude recordar de la historia de la Tierra. Mes una lista de todas las mujeres cuyos pechos había tenido alguna vez entre mis manos. Oh, sí, pasé el tiempo.

Y seguí cayendo y cayendo, girando y girando por el espacio. No sé el tiempo que tomó el viaje. No importaba. Tampoco tienes realmente ninguna forma de averiguarlo. En una ocasión di un salto por relé que cubría unos simples cincuenta años luz y que me tomó todo un ano de tiempo subjetivo real. En otro salto crucé desde Trinigalee Chase hasta Duud Shabeel, que es casi toda la distancia que puedes recorrer sin salirte de la parte conocida de la galaxia, en menos de una hora. Nunca hay ninguna forma de saber cuánto durará.

Pero esta vez el tiempo pasó muy rápido para mí. Quizá mi cuerpo estaba en animación suspendida, pero mi mente estaba latiendo y pulsando con ansiosos planes. Había permanecido demasiado tiempo en congelación en Mulano; ahora estaba impaciente por regresar al Imperio y ponerme a trabajar en las duras tareas que me aguardaban. A veces la impaciencia puede hacer que un largo viaje parezca mil veces más largo de lo que es en realidad, pero esta vez tuvo sobre mí el efecto opuesto. Estaba conectado. Estaba cargado. ¿Ciento setenta y dos años, yo? ¡Ja! Me sentía de nuevo como un muchacho. Ni un día más de los cincuenta, yo.

Regresar, hacerme cargo de las cosas. Arreglar todo lo que se había deteriorado en mi ausencia. Hacer algo acerca del estado del Imperio, el estado del Reino, las pretensiones de los altos lores, las maniobras de mi terrible hijo Shandor…, ¡oh, sí, me estaban aguardando muchas cosas! Me encantaba. Nadé en todo ello durante todo el camino de regreso. Fue el más corto y rápido y agradable viaje por relé de tránsito que haya emprendido nunca.

¡Hey, ahí, vosotros, mundos del Imperio! ¿Me recordáis?

¡Eh! ¡Yakoub! ¡Yakoub! ¡Yakoub!

¡Al fin de vuelta!

2

Si las cosas hubieran ido de modo diferente me hubiera convertido en el yerno de Loiza la Vakako, y a su debido tiempo hubiera heredado probablemente la rica y abundante plenitud que era Nabomba Zom. Realmente, las cosas se encaminaban en esa dirección. Y entonces alguien distinto hubiera sido con toda seguridad el Rey de los Gitanos, porque yo no hubiera permitido que nadie me hablara de dejar mi real y glorioso dominio y mi espléndido palacio para ocuparme de todos los dolores de cabeza y luchas del Reino.

Pero las cosas no fueron así. Quizás en algún otro universo Yakoub se volvió rico y gordo y viejo y soñoliento y murió felizmente en los brazos de su hermosa Malilini hace años, junto alas orillas del mar escarlata. Y la corona de los rom fue a algún brillante líder cuya habilidad era muy superior a la mía y que ya ha reclamado la Estrella Romani para su pueblo y realizado otras muchas cosas maravillosas. Pero en el universo donde vivo todo ha ido de una manera muy distinta.

Supongo que lamento todos aquellos esplendores y toda la felicidad que hubiera podido tener y que perdí. Y supongo que debería lamentarme por todas las dificultades que pavimentaron mi camino después de la caída de Nabomba Zom. De todos modos, sin embargo, ¿tengo algo de qué quejarme realmente? He comido bien y he vivido bien y he amado bien. He realizado grandes tareas y, a menos que me esté engañando mucho a mí mismo, tengo la impresión de que la vida que he vivido no es algo de lo que deba lamentarme, pese a todos los golpes y arañazos recibidos. Necesitamos unos cuantos arañazos, y algo peor que algunos golpes, para enseñarnos el auténtico significado de la palabra felicidad. Y en cualquier caso ésta fue la vida que se suponía que estaba destinado a vivir: no la otra. Aquello fue sólo un sueño.

Sorprendentemente, soy incapaz de recordar cuándo Malilini y yo nos convertimos en amantes, yo que recuerdo tantas cosas en tan minuciosos detalles. Pero fue un proceso gradual, y quizá no hubo una primera vez. Quizá siempre fuimos amantes. Quizá nunca.

Íbamos a cabalgar juntos, e íbamos a nadar juntos a los cálidos arroyos que alimentaban el caliente mar escarlata, y a veces partíamos a espectrar juntos, ahora que había aprendido el truco. Nos deslizábamos a nuestra manera fantasmal hasta la mayoría de los demás mundos reales, Marajo y Galgala y Darma Barros, Iriarte y Xamur. Nunca había soñado que pudieran existir riquezas tales como las que vi en esos nobles planetas. El universo me parecía como un gran himno a la alegría, gritando su belleza desde un millar de gargantas a la vez.

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