La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]
- Автор: Силверберг Роберт
- Год: 1988
- Язык: испанский
- Год: J
- ISBN: 84-334-4024-1
- Переводчик: Domingo Santos
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La estrella de los gitanos [Star of Gypsies - es]». Краткое содержание книги:
Pero los gitanos tienen también otros talentos,. Arrastrados por su tradición errante, siguen vagando, pero hoy no solo a través del espacio, sino también del tiempo: su facultad de espectrar les permite trasladarse a las más remotas épocas, y volver al viejo y ya desaparecido planeta Tierra para contemplar su vida pasada, desde el esplendor de la antigua ciudad de Atlantis hasta el horror de los campos de exterminio nazis.
Y los gitanos mantienen un antiguo sueño: volver a su mundo de origen. Porque ellos nunca fueron nativos de la Tierra. Y así, contemplan desde el cielo de los mil mundos por los que se hallan ahora dispersos la Estrella Romani, de la que tuvieron que huir precipitadamente para salvar sus vidas, y anhelan el día en que podrán regresar a su hogar. Y quien mas lo anhela es Yakoub, el Rey de los Gitanos, un personaje mezcla de Falstaff y Ricardo Corazón de León, que abdicó de su trono para poner las cosas en su sitio y ahora tiene que volver a él para cumplir con el último destino de la raza rom.
El censor cogió mi amuleto y me lo arrancó del cuello de un tirón.
—Ya no necesitarás esto, pequeño rom.
Entonces comprendí lo que estaba a punto de ocurrir, e intenté liberarme. Pero él era demasiado rápido para mí. Me cogió por la cintura y me alzó por encima de su cabeza en un rápido movimiento, y me lanzó con todas sus fuerzas hacia aquel repugnante mar.
6
Ya estaba muerto. No tenía la menor duda al respecto. Si no me rompía el cuello al golpear la superficie del mar, sería devorado en un instante por él. Mientras flotaba y giraba sobre mí mismo en mi caída me sentí enfermo de miedo, sabiendo que aquél era mi fin. Durante años había oído historias acerca de aquel extraño mar, acerca de cómo era un gigantesco organismo vivo de miles de kilómetros de profundidad y anchura, de cómo se alimentaba de las criaturas terrestres que caían a él, de cómo a veces incluso extendía un pegajoso zarcillo hacia la orilla para atrapar a alguien que pasara lo bastante cerca.
Fue una caída larga. Pareció tomar una hora. Duró tanto tiempo que el miedo me abandonó y empecé a sentirme impaciente por saber qué iba a ocurrir a continuación. Noté el calor del mar alzarse hacia mí, y su extraño olor, dulce y no desagradable, golpeó mi olfato. Cálidas corrientes de aire jugueteaban sobre su superficie. Pensé en mi padre y en mi hermana Tereina y en la regordeta y pequeña prostituta Salathastra. Luego choqué contra la superficie.
Pese a la altura de la que había caído, mi amerizaje fue blando y suave. El mar pareció tenderse hacia arriba para atraparme y me atrajo hacia sí. Yací suavemente bajo su superficie, sin moverme, sin siquiera molestarme en respirar, apresado por la densidad de aquel extraño fluido caliente.
¿Era así como se sentía uno estando muerto? ¡Qué descansado!
Flotaba. Derivaba. El mar me tomó y me arrastró. Sentí que mis ropas se disolvían. Quizá mi piel y mi carne hubieran desaparecido también, y yo ya no fuera más que unos cuantos huesos reluciendo en el humeante lodo rosa. Mantuve los ojos cerrados. Sentí los dedos del mar acariciarme por todas partes, mis muslos, mi vientre, mis riñones, invisibles y viscosas serpientes deslizándose por todo mi cuerpo. Había una especie de éxtasis en ello. El mar emitía suaves sonidos sorbentes. Burbujeaba y chillaba y silbaba. Extendí los brazos, y pude tocar con las puntas de los dedos de una mano la orilla y con las de la otra la orilla del distante y desconocido continente occidental a diez mil kilómetros de distancia. Los dedos de mis pies descendieron hasta las raíces del planeta, donde ocultos volcanes derramaban fiera lava.
Está digiriéndome, pensé.
Está haciéndome parte de él.
No me importaba. Estaba muerto. Amé el mar y amé ser devorado por él. Ser absorbido por él. Pasar a formar parte de él.
Luego, una voz profunda dijo:
—Nada, Yakoub.
—¿Nadar hacia dónde?
—Hacia la orilla. Esta masa no puede retenerte.
—Me está devorando.
—Lo hará si tú le dejas. ¿Pero por qué dejar que lo haga?
—¿Quién eres?
—Abre los ojos, Yakoub.
No lo hice. Seguí derivando. Cálido, seguro, soñoliento.
—Yakoub —de nuevo la voz profunda. Más insistente —. Despierta. ¡Despierta, cobarde!
Aquello me dolió.
—¿Cobarde? ¿Yo?
—Me has oído.
—¿Por qué cobarde?
—Porque estás vendiéndole toda tu vida a esta cosa, y por un precio estúpido. ¿Tienes miedo de vivir? ¿Tienes miedo de hacer todas las grandes cosas que el destino reserva para ti?
Abrí los ojos. Había una bruma púrpura a todo mi alrededor. Vi un espectro encima de mí, envuelto en una resplandeciente aura dorada. Ojos llameantes, bigote negro. El rostro de mi padre, casi. Casi. No mi padre, pero muy cercano a él de todos modos, alguien al que conocía muy bien. Lo conocía incluso mejor que a mi padre. Parecía furioso, pero también estaba sonriendo.
—Yakoub —murmuró, ahora suavemente —. Nada, Yakoub. Debes hacerlo. Esta muerte no es para ti.
—¿Qué es la muerte, padre?
—No soy tu padre.
—¿Qué es lo que quieres que haga?
—Nada.
—¿Cómo?
—Alza tu brazo. Bien. Ahora el otro. Patea. Patea. Patea. Bien, Yakoub. Patea. Patea.
Los agigantes dedos del mar danzaban a mi alrededor como gusanos erguidos sobre sus colas. El mar estaba en mi boca, en mis ojos, en mis oídos. Una especie de fibra se enrolló en torno a mi garganta. Otra apretó mis genitales, y sentí una erección, y agité las caderas, nadando contra el resistente y cálido lodo. De tanto en tanto abría los ojos. Los colores llameaban por todas partes. La orilla estaba muy lejos, una línea negra contra el cielo. El espectro seguía flotando encima de mí, los ojos brillantes, dándome ánimos. No decía nada. Pero podía oír su resonante risa cada vez que daba otra brazada. Ahora vi otros espectros también, cinco, seis, una docena. La hermosa mujer de nuevo. Haciéndome señas, animándome a seguir adelante. En el aire parpadeaban imágenes, multitudes, grandes ropajes ceremoniales, resplandecientes tocados, extraños planetas, maravillosas ceremonias. ¿Era el mar quien arrojaba aquellas escenas, o mis espectros guardianes? Nada, Yakoub. Nada. ¡Nada! ¡Qué esfuerzo representaba! Anhelaba dejarlo correr, relajarme, abandonarme al mar, permitir que mi cuerpo se deslizara de nuevo al interior de aquel enorme, cálido y acariciante cuerpo. Aquella gran madre. Pero los espectros eran incansables. Nada, insistían. Nada. Nada. ¡Nada!
Y nadé.
Descubrí cómo extraer energía del mar, como robársela en vez de permitir que él me la robara a mí, y ahora nadé hacia la orilla con fuertes y regulares brazadas. Sin ninguna pausa. Sin ceder ni un momento. Ganaba fuerzas a cada nueva brazada. ¿Cómo podía permitirme morir allí? ¡Todavía me quedaba tanto por hacer! La vida me estaba llamando. ¡Nada, Yakoub! ¡Vive, Yakoub!
Vi un árbol colosal que crecía justo al borde del mar. Sus raíces se hundían profundamente en el lecho marino y su tronco, un enorme poste blanco con estrías de un color púrpura pálido, se alzaba recto y majestuoso uno o dos centenares de metros, sin ninguna rama excepto en su copa. Creo que el árbol estaba hecho también de la misma sustancia que el mar, porque su enorme copa, que se extendía como una gigantesca sombrilla y arrojaba una descomunal sombra azul, estaba en constante metamorfosis. Ojos, rostros, serpientes enroscadas, largas y agitantes hojas, alas que batían poderosamente, frías y parpadeantes llamas, todo ello hormigueando, agitándose, cambiando, nada igual en dos segundos consecutivos. Creí que uno de los rostros que veía era el de Focale, pero apareció y desapareció demasiado rápidamente para poder estar seguro.
Ese árbol era la vida para mí. Pulsaba y se agitaba con el vigor de la constante transformación que es la vida. Nadé hacia él. Sabía que era mi refugio. Podía oírle cantar hacia mí, y a medida que me acercaba yo también canté.
Vi las retorcidas raíces que se alzaban por encima de la superficie del mar, y me aferré a una, y tiré de mi cuerpo mano sobre mano, sujetándome a su suave y resbaladiza superficie, hasta que estuve completamente fuera del mar. Permanecí tendido un rato allí, jadeando. Luego me levanté y caminé por la estrecha cornisa de la parte superior de sus raíces hasta llegar al tronco en sí, y lo abracé, extendiendo los brazos tanto como me fue posible, lo cual era apenas suficiente para abarcar una quinta parte de la circunferencia del tronco.
Y entonces salté a la orilla. Estaba desnudo, y mi piel brillaba con el calor del mar. Nada podía asustarme ahora. Era como si acabara de nacer, salido de aquel mar. Eché a andar hacia el este bajo un brillante sol, sin preocuparme si tenía que caminar a través de medio mundo. Lo conseguiría.