El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
—No —le interrumpió él, sacudiendo ligeramente la cabeza— Debo estar alerta, eso es todo. Keridil no será ninguna amenaza contra nosotros si tenemos cuidado. Pero su llegada significa que el tiempo apremia: debemos llegar a la Isla Blanca antes de que llegue el barco que ha de llevarse al Cónclave.
Con el disfraz que habían adoptado, pasaron la mañana entre los pescadores locales y otros dueños de barcas, buscando una embarcación que pudiesen alquilar. Los años que Cyllan había pasado en las Grandes Llanuras del Este le habían dado un buen conocimiento de la navegación, y las corrientes del sur eran mucho menos traidoras que las del Cabo Kennet, de manera que podía manejar una nave de dimensiones razonables sin necesidad de tripulantes. Pero no encontraban ninguna. Todas las embarcaciones, por poco capaces que fuesen de hacerse a la mar, habían sido alquiladas o encargadas por personas ansiosas de seguir a la fabulosa Barca Blanca cuando zarpase, y ni el dinero ni la condición eran bastantes para adquirir un pasaje.
Tarod se había abstenido de emplear sus poderes para conseguir una barca, al menos hasta entonces; estaba cansado de provocar discusiones o levantar sospechas, y prefería resolver su problema en términos más mundanos. Pero empezaba a parecer que no tendría más remedio que hacerlo, y el tiempo, como había dicho, no estaba de su parte.
—Buscaremos de nuevo mañana temprano —dijo—, cuando la ciudad esté más tranquila. El séquito de Keridil se habrá instalado en el Margraviato, y nada sabrán de nosotros hasta que hayamos partido.
—¿Y si no podemos encontrar una embarcación? —preguntó Cy
llan.
El rió por lo bajo en la tranquila estancia.
—La encontraremos —dijo.
El grupo de la Península de la Estrella llegó mediada la tarde. En total, eran ocho los que cabalgaban: Keridil y Sashka, seguidos de Gant Ambaril Rannak y tres de sus servidores, más dos Adeptos de alto rango que el Sumo Iniciado había elegido para que le acompañasen.
Habían hecho de prisa el largo viaje, ayudados por el buen estado del tiempo que, con cierto alivio, consideró Keridil como de buen augurio. La decisión del Margrave de cabalgar con el convoy le desconcertó al principio, pero Gant había argüido que, con la tierra en plena agitación, su principal deber era con su Margraviato, y, además, era inconcebible que no estuviese presente para hacer de anfitrión a los triunviros cuando se alojasen en su mansión por primera vez en la historia. La señora Margravina, que todavía estaba transida de dolor por la muerte de Drachea, permanecería en el Castillo hasta que se encontrase mejor; pero él dijo que saldría hacia el sur con el grupo del Círculo. Keridil había reconocido de mala gana la sensatez de sus argumentos y, tal como se desarrollaron las cosas, el Margrave resultó, durante el viaje, mucho menos molesto de lo que había temido; durante el viaje el viejo pareció tener una buena reserva de energía física y mental, y no fue ningún obstáculo en el camino.
Había previsto una calurosa bienvenida en Shu-Nhadek, pero no obstante le asombró el grado de alivio y de gozo con que fue recibido. El aprecio que todos profesaban al Margrave alcanzó el punto culminante después del asesinato de su hijo, y su llegada en compañía del Sumo Iniciado aumentó el fuego hasta casi llegar a la adulación. Avanzaron lo más deprisa posible a través de la ciudad, sin ofender a los centenares de personas que habían salido a la calle para recibirle, pero Keridil sólo empezó a tranquilizarse cuando las puertas de la residencia del Margrave se cerraron a su espalda y el ruido de la muchedumbre se extinguió en el imperturbable silencio de la mansión oficial.
Gant refrenó su caballo, tratando de que no se le cayese una bella guirnalda de flores que había puesto en su mano un entusiasta ciudadano, y contempló la casa señorial que se elevaba al final del largo paseo. Volviéndose sobre la silla, Keridil pudo percibir el súbito y agudo dolor que se pintaba en los ojos del Margrave y se imaginó lo que debía estar pensando. Durante todos los años que viviese, aquel lugar tendría amargos recuerdos para Gant.
—Vamos, Margrave —dijo, en tono amable pero firme—. Tenías que enfrentarte con esto alguna vez. Es mejor que lo hagas pronto.
Gant le miró; después sus labios se torcieron en una irónica sonrisa.
—Los fantasmas tardan mucho en morir, Sumo Iniciado —dijo, y espoleó su caballo.
—¡No puedo expresar lo feliz que me siento de no tener que depender de la Hermandad!
Sashka se estiró como una gata y sacudió los largos cabellos castaños, de manera que se extendieron como una onda sobre sus hombros y su espalda. El sol, que entraba bajo por la alta ventana de la habitación de Keridil, parecía prender fuego a los árboles.
A pesar de su triste humor, Keridil sonrió.
—Deberías honrar a la Matriarca, amor mío. ¿No fue esto lo primero que te enseñaron en el noviciado?
Ella se volvió de la ventana y le miró entrecerrando los ojos —Es senil, y tú lo sabes. Quejas y rabietas; es peor que la señora Kael de la Tierra Alta del Oeste, cosa que me parecía difícil de creer hasta hoy. En cuanto a esa espantosa mujer de la vieja Residencia de Shu..., ¿cómo se llama?
—La señora Silve Bradow.
—Sí, ésa. Ceceando y tartamudeando como una niña asustada, y ni siquiera sabe cuándo es de día y cuándo es de noche; es tan inepta... ¡Oh!
Sashka se estremeció con exquisito énfasis y Keridil se echó a reír, aunque en seguida reprimió su risa. La irreverencia de Sashka era un tónico, aliviaba la sensación de carga que había sentido pesar cada vez más encima de él a medida que se acercaban al fin de su viaje, y una vez más se alegró de tenerla ahora a su lado. Abajo, en el salón del Margrave, mientras los tres dignatarios intercambiaban tontas salutaciones, ella se había mostrado perfectamente acorde con el papel oficial de él; besando la mano imperiosamente extendida de la Matriarca, inclinándose como era de rigor en las Hermanas ante el Alto Margrave, aceptando sus felicitaciones por su noviazgo, con la sobriedad propia de la ocasión. Solamente ahora, a solas con Keridil, se permitió mostrar sus verdaderos sentimientos, y él envidió su capacidad de adaptación. Todavía estaba impresionado, más aún, contaminado, por la rígida severidad que había presidido el primer y breve encuentro. Sabía que vendría algo mucho peor, y la frivolidad de Sashka le daba un alivio que bien necesitaba.
—Bueno —dijo—, tendremos que aguantarlos de nuevo a todos cuando cenemos esta noche.
—Lo sé. Y seré una consorte modelo, Keridil. —Se acercó a la cama, donde él estaba desempaquetando sus cosas. (había despedido a los criados que había enviado Gant para que le ayudasen, deseoso de estar solo con ella durante un rato) y le detuvo pasando los brazos alrededor de su cuello—. Espero serlo siempre.
—Sé que lo serás. —Sus labios probaron débilmente el perfume que ella usaba porque sabía que le gustaba—. Y cuando esto haya terminado, serás realmente mi consorte, de nombre y en cuerpo y alma.
—Cuando esto haya terminado... —repitió ella, lenta y reflexivamente—. ¡Pobre Keridil! ¿Verdad que es una carga que preferirías no tener que llevar? Pero ahora no será por mucho tiempo. Cuando el Cónclave haya decidido...
El la interrumpió, pero amablemente.
—No quiero que hablemos de eso, amor mío, y menos ahora. El momento está tan próximo que prefiero olvidarlo hasta que tenga que recordarlo.
La Barca Blanca vendría cuando los Guardianes juzgasen que era el momento adecuado; ellos tenían sus propias maneras de saberlo. Y cuando apareciese saliendo de la niebla del sur sonaría un cuerno en Shu-Nhadek y un jinete cabalgaría al galope hacia el Margraviato para llevar la noticia... Se estremeció, alejando la idea de su mente. Más tarde habría tiempo sobrado para pensar en ello... Faltaba más de una hora para que les llamasen a todos a cenar, y entonces empezaría de nuevo la liturgia del protocolo.