El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
Ella le miró con expresión desolada.
—¿Estás seguro de que es el único camino?
Había otro, pero no se atrevió a considerar la idea ni un instante, para que no arraigase en su mente.
—Estoy seguro —dijo.
Cyllan asintió con la cabeza.
—Está bien. Si tiene que ser, será como tú dices. —Con la mano libre se frotó con fuerza los ojos, y Tarod no supo si estaba o no llorando. Si era así, y conociendo a Cyllan, debían ser lágrimas de cólera más que de desesperación. Al fin pestañeó, sorbió y dijo, con resuelta convicción—: Me enseñaron a creer que Aeoris es justo y bueno. Sólo puedo rezar para que la ceguera de su Sumo Iniciado no se interponga en el camino de su justicia.
Tarod sonrió. Aflojó un poco la presión de sus dedos, se llevó la mano de ella a los labios y la besó.
— ¿Recuerdas mi ejemplo de los insectos en el prado? —dijo—. Si Aeoris es como creemos que es, los argumentos de Keridil no le convencerán.
A pesar de sus valientes palabras, tanto Tarod como Cyllan sufrieron aquella noche sueños espantosos. Cyllan era perseguida por atormentadoras imágenes de un futuro inconcebible, en las que veía a Tarod sacrificado en la piedra de un altar que se volvía negra con la sangre, mientras ella, estorbada por el hábito blanco de una Hermana de Aeoris, sólo podía sostenerse en pie y gritar una y otra vez su nombre, sabiendo que nada de lo que pudiese hacer impediría su destrucción. Se agitaba en su sueño, alargando las manos como garras para atrapar a invisibles atacantes; después, al fin, se tranquilizó un poco al sentir a Tarod a su lado y se sumió en una modorra, más profunda pero igualmente terrible.
Tarod yacía inmóvil y sin darse cuenta de la desesperación de ella, pero su sueño no era natural. Ni sus sueños eran sueños en el sentido usual de la palabra, o así lo creyó más tarde. Era más bien como si su mente, turbada por las ideas de cuando estaba despierto, se hubiese trasladado, más allá de las dimensiones mortales, a un lugar de atavismos y de antiguos recuerdos. Y allí, algo le estaba esperando.
La familiaridad del orgulloso y cruel pero hermoso semblante, con su sonrisa de bienvenida, estremecía dolorosa mente las raíces de su alma con un sentimiento que no podía definir. Yandros emergía de una columna de luz centelleante y, al moverse, la atmósfera que le rodeaba se transformaba sutilmente entre una miríada de dimensiones, cambiando de color y de forma en un movimiento incesante y sin orden. A su alrededor, algo palpitaba: un enorme corazón cuyos latidos eran tan profundos que parecían una lenta vibración que sacudía la Tierra; y tampoco seguía un orden, ya que el ritmo cambiaba a cada instante. Los sentidos de Tarod trataban de acompasarse con ellos. Y sentía más que veía otras presencias; sombras de formas que se abalanzaban hacia él saliendo de lo amorfo, entes a los que antaño había conocido y con quienes había compartido una afinidad destructora.
Tarod. La voz argentina de Yandros era llana, un sonido recordado más que oído, sin verdadera existencia más allá de la memoria y de la imaginación. Se encendió una luz en el corazón del Señor del Caos y enfocó la imagen de una estrella de siete puntas. Todavía tratas de olvidar.
No había reproche en su voz, solamente un interés indiferente que hizo que Tarod se diese cuenta de la debilidad de Yandros. Este, comprendió súbitamente, no era la verdadera manifestación del reino del Caos. Todavía con sus lazos con el mundo mortal y, en este mundo, él era el más fuerte de los dos.
Sonrió y vio el color verde de sus propios ojos reflejados momentáneamente en la mirada del Señor del Caos. No lo olvido, dijo serenamente. Pero he hecho mi elección.
Yandros reflexionó un momento y después inclinó la cabeza como reconociendo un punto de vista que, aunque fuese contrario a él, le interesaba. Elegiste un extraño camino, Tarod. Has visto injusticias, intolerancia, persecuciones, asesinatos, perpetrado todo ello en nombre del Orden, y sin embargo, a pesar de los elevados principios que profesas, todavía eres fiel a los sistemas del Orden. Sus ojos, que cambiaron ahora del azul a un inquietante carmesí, pasando por el púrpura, centellearon divertidos. Me intriga tu lógica.
Que yo sepa, la lógica nunca ha sido tu arma favorita, Yandros.
El ente se echó a reír.
Oh, yo elijo las armas que más me convienen en cada momento, ¡lo sabes muy bien!
Imágenes, viejas lealtades, satisfacciones, triunfos... Tarod las expulsó de su mente.
Entonces tal vez deberías escogerlas con más cuidado. Lo que he visto no es el verdadero reflejo del Orden. Es simplemente la reacción de pánico de los que no saben más. Y si yo supiese más, sospecharía que tu mano está detrás de esto.
Me halagas. Yandros sonrió maliciosamente.
No lo creas. Pues en este mundo, tengo una ventaja sobre ti, la ventaja de ser humano. Y ostento el poder más grande. Te desterré, Yandros; y mientras siga con vida, tu poder no podrá tener un asidero aquí.
Yandros no replicó, pero pareció estar considerando las palabras de Tarod. A lo lejos empezó a gritar una voz en un tono que nunca había sido mortal; Yandros miró en su dirección y el sonido cesó de pronto.
Por fin, el Señor del Caos asintió con la cabeza. Sus ojos parecían extrañamente tranquilos y reflexivos, y dijo: Sí. Tú me desterraste. Y por tu fidelidad a los Señores del Orden fuiste desterrado por sus siervos. Sin embargo, todavía te aferras a aquella lealtad y crees que aunque los títeres pueden condenarte, el amo de los títeres te ensalzará. Sus ojos brillaron encendidos. Es un sentimiento muy humano. Habría esperado algo mejor de ti.
¿Mejor? Tarod sonrió cínicamente. ¿Mejor según el patrón de quién, Yandros?
De nuevo se echó a reír el Señor del Caos, pero esta vez había una ironía espantosa en su risa, como si fuese víctima de una broma celestial. Tarod, que le conocía de antiguo, permaneció impávido, y por último se extinguió la risa, dejando solamente ecos que parecieron tomar vida propia antes de desvanecerse en la nada.
¿Según el patrón de quién?, repitió Yandros. ¡Ahì, Tarod cuántas cosas has olvidado! Se volvió súbitamente para enfrentarse de lleno a Tarod y, a pesar del abismo que le separaba de él, Tarod sintió una fuerte sacudida psíquica cuando el Señor del Caos le apuntó con un dedo acusador. Entonces, sigue tu camino, dijo Yandros. Inclínate ante la corrupción del Orden y aprende la lección a la que te ha condenado tu vida mortal. Yo no puedo dominarte, debo confesarlo, pues lo sabes tan bien como yo y en los viejos tiempos no había secretos entre nosotros. Ve, pues. Habla al demonio Aeoris. Confíate a su misericordia, ¿y donde había siete habrá seis! Encogió los hombros, y la columna de luz en la que se hallaba se contrajo, oscureciéndose, de manera que al fin la cara marfileña de Yandros miró con frío desdén desde una niebla negra y sólo sus cabellos dorados y brillantes dieron algún color a la turbadora escena. Su voz sonó suavemente, sibilante, insinuante, en la mente de Tarod, al empezar a fragmentarse el sueño y arrastrarle de vuelta al mundo físico.
Lloraremos tu muerte.
Se despertó en medio de un silencio que se clavó en lo más hondo de su ser. Ningún grito, ninguna sudorosa explosión fuera del reino de la pesadilla; ningún espasmo muscular que le sacase de las profundidades del sueño, sino simplemente la tranquila oscuridad de la habitación en la posada de Shu-Nhadek y la luz de la luna que trazaba dibujos sin sentido en el techo. Desde abajo, llegaban murmullos apagados y ocasionales chasquidos de metal; parecía que la taberna estaba todavía abierta y que permanecería así toda la noche.