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El Orden Y El Caos

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El Orden Y El Caos
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Besó a Sashka una vez más, esta vez dejando que sus labios se demorasen sobre los de ella, ya que la sensación de urgencia había cedido un poco, y murmuró:

— ¿Tengo tiempo para cambiarte de ropa para la noche?

Ella le acarició los cabellos.

—No.

—Bien. —La soltó y se levantó—. Entonces deja que cierre la puerta durante un rato...

Había pasado con mucho la medianoche y el puerto estaba desierto y silencioso cuando Keridil salió de la oscuridad, desde un estrecho callejón al laberinto de muelles y malecones.

No había podido dormir, a pesar de la cálida presencia de Sashka a su lado; la cena formal solamente sirvió para aumentar su conciencia de lo que le esperaba, y había estado dando vueltas en el lecho extraño, agitado por pensamientos y preocupaciones suscitados por su subconsciente, y que le mantenían en un limbo desesperante entre la vigilia y el sueño. Al fin, sabiendo que no podía aguantar más el febril e informe tormento, se levantó, se puso su sucio traje de viaje y salió después de la casa a oscuras para bajar a pie a la ciudad. Esperaba que el aire del mar le aclararía el cerebro y que el paseo le ayudaría a relajar los músculos.

Sashka seguía durmiendo y, aunque al principio pensó en despertarla y pedirle que le acompañase, decidió no hacerlo. Sentía una abrumadora necesidad de estar a solas durante un rato, e incluso la compañía de Sashka daría una nota falsa. Aunque el incidente era pequeño e insignificante, todavía recordaba la avidez, no había una palabra mejor para expresarlo, con que ella había seguido sus esfuerzos por descubrir a Tarod y entregarle a la justicia. Su odio era tan fuerte que a Keridil le costaba creer que fuese simplemente fruto de su fidelidad hacia él y su aborrecimiento del Caos. Desde luego, era natural que sintiese la huella de su anterior compromiso con Tarod; pero su reacción había sido mucho más fuerte de lo que parecía normal; casi como si subsistiesen los antiguos compromisos, aunque en forma retorcida. Y aunque tratase de razonar, Keridil no podía dejar de sentir una punzada de celoso recelo. No era más que una intuición; pero no podía borrarla, y le provocaba un terrible torbellino de dudas y culpas e incertidumbre. Necesitaba verse libre por un rato de aquellos fantasmas, y la soledad era su único medio de evasión.

Sin embargo, su arraigado sentido del deber le obligó a informar a uno de los incansables servidores del Margrave que estaría ausente durante un rato. Hecho esto, y tranquilizada su conciencia, había emprendido su camino por las tranquilas calles de Shu-Nhadek, satisfecho de no encontrar a nadie que pudiese reconocerle y entretenerle en el camino. Ahora, sentado en un gran noray de piedra, contempló el mar que crecía lentamente y cuyas olas reflejaban la luz de la primera luna naciente, y trató de encontrar el sentimiento de paz que la escena hubiese debido infundirle.

El hecho de que todavía tuviese dudas sobre la tarea que le esperaba turbaba a Keridil más que cualquier otra faceta del desgraciado asunto. Cuando el grupo del Castillo había viajado desde la Península de la Estrella hacia el sur, le habían horrorizado algunas de las escenas de que fue testigo en ciudades y pueblos a lo largo del camino; no se había imaginado que su decreto pudiese inflamar las mentes del populacho hasta el punto de que ahora era imposible dominar el terror. Tanto odio y tantas sospechas, ardiendo a fuego lento bajo la superficie de cada comunidad y esperando que una chispa lo inflamase... ¿Cómo no pudieron los largos siglos bajo el régimen del Orden erradicar tanta barbarie?

Desde luego, como Sumo Iniciado, podía anular la sentencia de los ancianos asustados o llenos de prejuicios y dar algún aspecto de cordura a aquella caza de brujas, y mientras viajaban hacia el sur, hizo todo lo posible donde había podido. Pero no era suficiente. Por cada falsa acusación, por cada juicio bufo en el que intervino, otros diez o veinte tenían lugar donde no alcanzaba su jurisdicción. Lo que vio había aumentado la resolución de Keridil de terminar la tarea que había emprendido, y de terminarla rápidamente... , pero también había sembrado la semilla de una duda que había asaltado su mente y no le dejaba en paz.

Había desencadenado, sin querer, una ola de miedo que estalló furiosamente, y estaba a punto de dar otro paso que podía (podía, se recordó) disparar el terror que atenazaba al país más allá de lo concebible por la imaginación humana. Llamar a los propios dioses para que volviesen al mundo... ¿Habría ido demasiado lejos, demasiado aprisa? El ayuno, la plegaria y la contemplación le habían convencido de que estaba en lo cierto, pero todavía no podía sentirse lo bastante seguro para enfrentarse a los próximos días con la conciencia tranquila.

Sería mucho más fácil si no hubiese cometido el error fatal de menospreciar a Tarod. Una lección debería ser bastante: fue testigo ocular del poder que podía ejercer su adversario, y cuando éste y la joven que era su cómplice habían sido capturados, habría debido negarse a someterse a las exigencias de la tradición y del ritual aceptado, y ejecutarles a los dos antes de que nadie pudiese protestar. Ahora, después de la confusión que se había extendido por todo el mundo como una plaga, el Caos debía estar satisfecho de la victoria que había alcanzado sobre su antiguo enemigo.

Esta idea hizo resurgir, de pronto e inesperadamente, la cólera que había sostenido a Keridil durante sus horas más negras de duda y vacilación. Y fue para él como una fría y limpia ráfaga de aire: cólera contra Tarod y todo lo que éste defendía; contra la ceguera de la muchacha que, enamorada hasta la locura, sólo sabían los dioses en qué grado juró fidelidad a los poderes de las tinieblas; cólera, incluso, contra la nube que la relación de Sashka con Tarod arrojó sobre su amor por ella. Si aquel demonio hubiese sido aprehendido, no habría habido necesidad de todo aquello...

Se levantó de su improvisado asiento y empezó a pasear, taciturno, a lo largo del muelle. Desde un sombrío callejón llegó el débil ruido de un jolgorio; sin duda algunos juerguistas empedernidos que, en una de las muchas tabernas de la zona del puerto, querían compensar la inquietud que todos sentían después de la llegada del triunvirato. Keridil estuvo tentado de reunirse con ellos; en su actual estado de ánimo, los efectos de la bebida serían una bendición después de la mesa del abstemio Margrave, y solamente le contuvo el miedo a ser reconocido. En vez de entrar, se detuvo en la sombra cerca de la puerta, escuchando el ruido. La taberna rio era un lugar distinguido; una luz vacilante que se filtraba a través de la puerta y de las mugrientas ventanas mostraba un tosco rótulo gastado por los años y nunca repintado, y los olores que salían al callejón no eran del todo agradables; pero, a pesar de todo, el evidente buen humor de los parroquianos hacía que Keridil se sintiese débilmente melancólico. Una fuerte ráfaga de viento, cargado de sal, sopló a lo largo del callejón, y él se arrebujó en su abrigo, girando sobre sus talones y volviendo malhumorado hacia el puerto. Lejos de apaciguar su mente, este paseo solitario sólo había servido para acuciar los pensamientos inquietantes que había estado tratando de olvidar. Sin embargo, la paz de la noche era un alivio después de la atmósfera de la casa del Margrave... Tendría que pasear un poco más antes de volver a ella.

Al acercarse al final del callejón, más allá del cual brillaba débilmente el mar bajo la luz cada vez más intensa de la luna, se sobresaltó al ver salir súbitamente una sombra de la oscuridad más densa que tenía delante. La sombra vaciló, recortándose contra el mar que subía lentamente, y entonces se dio cuenta de que no era más que una mujer que cruzaba el muelle, sin duda una de las prostitutas que rondaban por el puerto ejerciendo su oficio.

Y sin embargo..., un instinto hizo que Keridil se inmovilizase en la oscuridad y contemplase con más atención la vaga figura. Algo en la manera en que la mujer volvió la cabeza despertó un recuerdo y, con él, un reconocimiento, y creyó que veía unos cabellos pálidos cuando dio en ellos la luz de la luna.

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