El Orden Y El Caos
- Автор: Купер Луиза
- Язык: испанский
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Orden Y El Caos». Краткое содержание книги:
—Que los estrechos nos lleven a todos, ¡es una mujer!
Retrocedieron confusos y ella aprovechó la única oportunidad que se le ofrecía. Contrayendo violentamente los músculos, se levantó de un salto y echó a correr, pasando entre sus capturadores antes de que éstos pudiesen recobrarse de su sorpresa y corriendo desesperadamente hacia el negro refugio del callejón.
Y a punto estaba de conseguirlo cuando alguien salió de la oscuridad para cerrarle el paso, y ella, incapaz de esquivarle, chocó contra él. Unas manos se cerraron sobre sus brazos y ella maldijo en voz alta, pero la blasfemia se extinguió en sus labios cuando levantó la mirada y vio los ojos coléricos y triunfantes de Keridil Toln.
— ¡No!
Cyllan se retorció y tal vez habría podido escapar, pero al volverse, una silueta se irguió delante de ella. Algo (parecía una jarra de cerveza vacía) lanzó un destello metálico bajo la luz de la luna, pero antes de que su mente presa de vértigo pudiese identificarlo, golpeó su frente con terrible violencia, y ella se hundió en una nada silenciosa y oscura.
Keridil miró fijamente la despatarrada figura y, al ver que el dueño de la Bailarina Azul se disponía a dar otra patada a Cyllan, levantó una mano autoritaria.
—No. No le hagas más daño.
El hombre le miró echando chispas por los ojos y uno de sus compañeros escupió con puntería sobre la muchacha inconsciente.
—Arrojadla al agua. Es el mejor sitio para los vagabundos; nadie echará en falta a esa zorra.
—He dicho no.
Keridil no había querido revelar su autoridad, pero los marineros estaban sedientos de sangre y por eso echó atrás su capa de manera que fuese claramente visible sobre su hombro la insignia de oro del Sumo Iniciado. Los marineros tardaron unos momentos en captar el significado de la insignia, pero, cuando lo hicieron, el que llevaba la voz cantante lanzó un juramento, se disculpó e hizo la señal de Aeoris delante de su cara.
—Esa muchacha —dijo Keridil, mirando friamente a Cyllan— ha sido reclamada por el Círculo. Es una criminal y una fugitiva. — Levantó la mirada—. Creo que con eso basta.
Los hombres comprendieron y dieron, temerosos, un paso atrás, y uno de ellos murmuró algo que le sonó a Keridil como un ensalmo contra el mal. Sonrió débilmente.
—Lamento haberos engañado, pero no tenía tiempo para dar explicaciones. Desde luego, os recompensaré por vuestro trabajo. — Tocó la bolsa colgada del cinto y las monedas sonaron agradablemente—. La muchacha no os hará ningún daño; por tanto, no debéis temerle. Quiero que la llevéis a la residencia del Margrave antes de que recobre el conocimiento. De esta manera...
Se interrumpió al oír un sonido, procedente del Oeste, grave y estremecedor, lejano pero persistente en el aire tranquilo; el etéreo sonido de un cuerno dando un toque de aviso.
Todos los marineros volvieron la cabeza al oír aquella llamada misteriosa y sus rojos semblantes palidecieron. Keridil, que no había oído nunca un sonido como aquél, sintió un escalofrío de alarma en la espina dorsal, y entonces se dio cuenta de que todos los hombres le estaban mirando con pasmado respeto.
—La Barca Blanca... —dijo el dueño de la Bailarina en un tenso murmullo, en el mismo instante en que el significado de aquel cuerno se hacía claro en la mente de Keridil.
Hubiese debido preverlo: los Guardianes, que evitaban todo contacto que no fuese absolutamente necesario con el continente, difícilmente habrían traído de la Isla Blanca su extraña embarcación para que la viesen todos los hombres, mujeres y niños de Shu-Nhadek. La plena noche era más adecuada a su manera de actuar, y les importaba poco la conveniencia de sus pasajeros, por muy distinguidos que fueren estos.
El cuerno sonó de nuevo, lúgubremente, y Keridil se estremeció. No quería mirar hacia el océano, pero su fascinación era demasiado grande, y si aguzaba la vista hasta el límite, pensó ( simplemente se lo imaginó) que podía ver un brillo nacarado a lo lejos, en alta mar; un fantasma amorfo que engañaba a sus ojos, apareciendo un instante para desvanecerse en seguida en la oscuridad.
No habrán oído el cuerno en la residencia del Margrave; había que avisarles sin pérdida de tiempo. El sentido común fue en ayuda de Keridil, librándole del vago temor que le infundió el cuerno y el barco lejano. Se volvió al dueño de la Bailarina Azul.
—Debo enviar un mensaje al Margraviato...
—Cuidaremos de esto, señor.
El marinero parecía inquieto.
Keridil había informado a un criado; el hombre era lo bastante inteligente para decir a sus compañeros dónde podían encontrarle... Asintió.
—¿Llegará la Barca al muelle? —preguntó.
El hombre sacudió la cabeza.
—Creo que no, señor. —Encogió los hombros y se metió las manos en los bolsillos de la chaqueta—. Hace casi cinco años que no se ha acercado a tierra firme; desde la última vez que nos devolvieron las mujeres... Anclará a una milla de la costa. —Se pasó la lengua por los labios—. Sería un honor para mí llevarte allí en la Bailarina, si no te importa el olor a pescado de la barca.
Keridil tuvo la impresión de que el hombre se ofrecía de mala gana, pero no estaba dispuesto a rehusar la propuesta y además, diez gravines aliviarían sin duda la carga del marinero.
—Gracias —dijo, mirando una vez más hacia el mar y desviando después rápidamente la vista—. Aprecio tu generosidad.
El marinero miró al suelo y señaló con la cabeza el cuerpo encogido e inmóvil de Cyllan.
— ¿Qué hay que hacer con ella, señor?
Se había olvidado de Cyllan... Ahora la contempló Keridil, y reflexionó. Si la dejaba en el Margraviato, al cuidado de los servidores, o les engañaría para conseguir la libertad o establecería contacto telepático con Tarod, pidiéndole que viniese en su ayuda. Era posible que él la estuviese ya buscando, y la idea de la indefensa casa del Margrave dejada a su merced no era agradable. No tenía tiempo de aislarla mágicamente, y esto sólo le dejaba una alternativa.
El Sumo Iniciado sonrió. La Barca que se acercaba les llevaría al único lugar del mundo donde el Caos no podía tener influencia alguna. Si Tarod les seguía hasta allí, se vería despojado de su poder, impotente ante la justicia final. Y el único señuelo que podía obligarle a seguirles estaba en manos de Keridil.
—Llevadla a bordo de la Bailarina Azul —dijo—. Navegará con nosotros hacia la Isla Blanca.
CAPÍTULO 10
Esta vez no había multitudes que les aclamasen y deseasen buen viaje. Cruzaron la insegura tabla entre el malecón y la cubierta de la Bailarina Azul en un tenso silencio interrumpido solamente por los chasquidos del agua contra el muelle y los gruñidos sofocados de la tripulación que se preparaba para zarpar. Ahora Keridil estaba de pie junto a la borda de la barca de pesca, escuchando los crujidos de la vela y los botalones al virar la embarcación para salir a alta mar, y observando la encogida e infeliz figura de Fenar Alacar a poca distancia de él. La cara del joven Alto Margrave estaba pálida y tensa en la oscuridad, endurecido su perfil por el débil resplandor de una linterna en la caseta del timón, donde el patrón marcaba con seguridad el nuevo rumbo. Aunque los otros eran lo bastante viejos y experimentados para disimular su inquietud, todos compartían los temores no confesados del muchacho; incluso la Matriarca había dejado de quejarse y permanecía sentada en silencio y rumiando en el camarote de debajo de la cubierta.
El viento arreció de pronto, hinchando las velas, y Keridil sintió que el casco saltaba bajo sus pies y se lanzaba hacia delante con un nuevo ritmo, al salir del refugio del puerto y alcanzarle toda la fuerza del oleaje. Ahora no había nada entre ellos y el fantasma que esperaba en la oscuridad; nada, salvo las negras olas y los profundos estrechos...